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70 años de Letras, habla Álvaro Mata

La Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela celebra siete décadas de su fundación. Este especial reúne una serie de entrevistas a los profesores que han sido formados en sus salones y continúan con ese proceso de enseñanza 

Álvaro Mata

Carlos J. González

La Escuela de Letras nos ayuda a perfilar una vocación

Álvaro Mata es uno de los profesores jóvenes del pasillo de Letras. En su paso por carrera asistió a las clases de Alejandro Oliveros y María Fernanda Palacios, quien sigue siendo su “entrañable maestra”. Nació en Porlamar, en 1983, pero se radicó en la capital para estudiar Literatura. Entró al pregrado en 2001 y diez años después comenzó su carrera docente en la UCV. Pertenece al Departamento de Literaturas Occidentales, donde se especializa en literatura española.

— ¿La Escuela como una novela de formación?

La Escuela de Letras nos ayuda a perfilar una vocación, y a aprender la responsabilidad que implica tomar el camino de la palabra bien dicha y escrita. En tiempos en los que las palabras ya no dicen, no significan, porque su significado se ha ido borrando, es tarea nuestra, la comunidad de Letras, vigilar y alertar sobre estos desatinos que pueden costarnos aún más caro de lo que ya nos está costando.

A través de la lectura, vivimos no pocos encuentros con la belleza, y también los desencuentros que ella acarrea, lo que nos enseña una manera de leer el mundo, desde una postura más reflexiva y crítica. Leyendo mucha literatura, se desengaña uno de los vistosos oropeles que abundan en nuestros días, y recentra la mirada hacia lo más importante, que es la vida misma, porque, como dijo Rafael Cadenas, “la vida es la protagonista”.

— ¿Quiénes fueron los profesores que tuvieron más impacto en su paso por la carrera?

Es evidente que en nuestra alma mater la docencia se ejerce por amor, y no por un interés crematístico, vistas las condiciones de planta física, presupuesto y sueldos con que nos manejamos. En un contexto así, muchos son los genuinos pedagogos que acogen nuestras aulas. Por tanto me limitaré a nombrar solo a tres profesores que para mí han sido fundamentales.

María Fernanda Palacios, mi entrañable maestra. Ella es un ejemplo moral y ético que se prodiga a quien sabe recibirlo. Sus clases de literatura permanecen imborrables para sus alumnos, quienes tuvimos el privilegio de asistir a ellas.

El poeta Alejandro Oliveros, un lord caribeño, quien nos enseñó a amar a la literatura desde la erudición y el refinamiento, todo ello aderezado con sus humoradas de alto vuelo que mantienen embelesado al auditorio.

Y Paul Roche, nuestro profe de Francés; un auténtico galo apasionado de la literatura, voraz lector, gran melómano y aventurero. Un hombre generoso en la enseñanza de su idioma.

— ¿Qué pasa dentro de un salón de la Escuela de Letras?

Primero es el trabajo previo a la clase: organizar las lecturas, seleccionar el material, ordenar los apuntes, para luego lanzarse a ese lugar casi sagrado que es el aula. Ahí puede pasar de todo, porque se trabaja con imágenes muy bellas, y a la vez terribles, que hacen contacto con los complejos de los estudiantes, y también con los de uno. No poco de Eros se suele sentir revoloteando en el ambiente cuando las lecturas hacen lo suyo. El salón de clase es un ámbito al que siempre se entra con algo de nervios, por más que lo frecuentemos, y del que siempre se sale reconfortado y agradecido.

— Un episodio que siempre recuerda de sus años como profesor o como estudiante

Como estudiante, y también como profesor, siempre recordaré las clases de la profesora Palacios, una especie de oasis al que uno vuelve para abrevar y contrarrestar de alguna manera la barbarie que nos circunda. También recuerdo con emoción los años de lectura enfebrecida y voraz de poesía, y a los emocionados amigos de entonces con quienes compartía los dones de la palabra poética.

— ¿Qué diferencia la Escuela de Letras de la UCV de las demás escuelas de Letras del país?

La particularidad de nuestra Escuela tiene que ver con el pensum de estudios, que es bastante libre. El estudiante puede completarlo cursando un número de créditos en materias de carácter obligatorio, tomando el resto de créditos en materias electivas, siguiendo sus preferencias, para así ir devanando un hilo conductor propio.

De igual modo, algunos de los profesores de la Escuela son aventajados escritores de nuestra literatura, como Rafael Cadenas, Guillermo Sucre, Igor Barreto o Rafael Castillo Zapata, por solo mencionar a algunos a quienes aún se les ve caminar por el pasillo. Esa cercanía complementa la formación del estudiante en torno a la literatura al estar en contacto muy cercano con sus propios protagonistas, además de constituir un estímulo adicional y un ejemplo a seguir.

— Si pudiera hacer algún cambio en la Escuela, teniendo en cuenta los tiempos actuales, ¿cuál sería?

Sería oportuno realizar regularmente conversatorios, desde la literatura, que nos ayuden a ver mejor los días que vivimos. Hablar del poder desde la literatura, llamar las cosas por su nombre. Por ejemplo, decir tajantemente que vivimos en una dictadura. Si a ratos uno se siente desorientado, los estudiantes lo están aún más, por lo que juntos, acompañados por la experiencia de nuestros maestros, podríamos enfocar mejor la mirada, cuando no drenar nuestras inquietudes, lo que no es poca cosa.

— La Escuela de hoy y la Escuela de ayer, ¿cuál es la diferencia entre su generación y la actual?

Los alumnos van cambiando con el contexto en el que se mueven. Mis profesores participaron en la “Renovación de Letras” de finales de los 60, que irradió la “Renovación Universitaria” a través de sus manifiestos hermosamente escritos. Se habla de ellos casi como de una generación heroica, y algo de eso tienen, sin duda. Pero los alumnos de hoy, aunque muy distintos, no dejan de ser heroicos: en un contexto de inseguridad, desabastecimiento y autoritarismo como el que vivimos, estos jóvenes se dedican a estudiar Literatura. Eso es admirable, es heroico. Y no se equivocan nuestros muchachos con su opción: este vendaval lo sobrelleva mejor quien cultiva los valores del espíritu.

— Según su criterio, ¿cuáles son los libros que debe leer alguien que ha pasado por la Escuela de Letras?

Esta es una cuestión que se ha discutido mucho en nuestra Escuela. Y es muy difícil de zanjar, pues no toda persona lee de la misma manera un mismo libro. Así que un libro que fue fundamental para uno en aquellos años, puede que no lo sea para otro. Por eso hablo de las lecturas que para mí, individualmente, fueron reveladoras: el Quijote de Cervantes, la poesía y el teatro de Federico García Lorca, las obras de Thomas Mann y Albert Camus, los poemas y ensayos de Rafael Cadenas y Armando Rojas Guardia, y las reflexiones de Rafael López-Pedraza.

— ¿Cuál es la función del letrado en la sociedad venezolana?

Alertar acerca del trastrocamiento del lenguaje, pues al falsear el lenguaje, se falsea la realidad misma. Un hombre que desconoce el idioma se convierte en presa fácil para que le impongan una vacua neolengua, donde las palabras no significan, o significan lo que no son. Y también transmitir los valores de las obras literarias, como coordenadas que puedan reconducirnos hacia la mesura, los límites, las formas, y el respeto a la vida y a lo sagrado que hay en ella.