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Ana García Julio: “Vivo en otro tiempo”

Serie “Nuevo país de las letras”. Banesco. Entrevista a Ana García Julio: “Vivo en otro tiempo”. Texto: Ana María Hernández / Fotos: Efrén Hernández

Ana García Julio

Nacida en Caracas, en 1981, es comunicadora social de la Universidad Católica Andrés Bello. Magíster en Literatura Venezolana por la Universidad Central de Venezuela. Docente de pregrado y posgrado de la UCV. En 2005 ganó el Premio de Narrativa para Jóvenes Autores Inéditos de Monte Ávila Editores con su libro Cancelado por lluvia. Es narradora, ensayista y bloguera.

Dibuja en el aire mientras habla. Doma sus manos. Mira un punto más allá de la realidad y prosigue su conversación. A la escritora, periodista e investigadora, Caracas le huele a opaco. Aunque no siempre. No es fácil definir esa categoría. Asegura que se lleva bien con los conceptos, las estructuras, los métodos de trabajo. “Nací en Caracas, en 1981, y tengo 35 años. Soy del signo Acuario. He pasado toda mi vida en esta ciudad”.

Su familia es de todo un poco: “papá de los Andes; mamá, enfermera”. Resalta que es hija de un padre viejo, que ya tenía 45 años cuando la tuvo. “Me crié en la jubilación de mi papá; así que no conocí su faceta de trabajo. Mamá tiene una tienda de recuerdos, regalos. Ella ha hecho de todo”.

Hay algo que ha heredado de sus padres: la disciplina, el amor por el trabajo. “Me gustan las cosas que surgen del esfuerzo y la dedicación. La vida me ha llevado a trabajar duro. Tal vez por eso soy un ser medio workaholic. Papá marcaba la hora de levantarse, el momento para limpiar la casa, el orden de las tareas, el horario del colegio. Nada permisivo con faltar. Pues esa disciplina te ayuda muchísimo, te estructura, te pone a pensar. Puedo trabajar manejando muchas cosas a la vez”.

Delgada, morena, menuda. Inteligente, aplicada. Es la hermana del medio. “Tengo una media hermana mayor, Marianely, que me lleva tres años, y un hermano menor, Santiago, cinco años menor que yo. Soy soltera; sin hijos. Vivo enfocada en lo que hago”.

Olores de la infancia

“Tuve una infancia caraqueña, rodeada de concreto, pero yo diría que muy bonita. En todo caso, lo que uno recuerda es una fantasía. De algún modo, sigo siendo muy niña. Durante muchísimo tiempo decidí prolongar la infancia como una manera de introducirme en la narrativa. Pensaba que las cosas podían ser de otra manera; quería habitar otros mundos. Esto fue posible por el cuidado de mis padres. De la ciudad guardo poco, pero sí tengo vagos recuerdos de mis colegios: primero, el Nuestra Señora del Pilar, y luego, el Santa Ana. Quería estudiar humanidades”.

“Hay algo muy curioso que no tiene que ver con hechos concretos, sino con el fenómeno de la sinestesia. Hay un olor muy particular en Caracas. No es un mal olor, pero sí muy particular. Mi hermano y yo tendemos a definirlo como ‘opaco’. En un momento de mi niñez, cuando yo aprendía a hablar, de pronto dije ‘huele a opaco’. Luego mi hermano me oyó y decía también ‘huele a opaco’. Él me seguía. Tenemos una memoria cómplice, y eso es divertido. No estoy versionando lo que pasó, porque esos son fenómenos que casi no suceden. Pero la sinestesia te dice que está allí, en lo profundo. Fuimos criados en el mismo corral, y eso se presta para mucho”.

Los recuerdos de infancia se comparten más con Santiago que con Marianely. Ana fue de esas niñas poco amigueras. Y no por desconfianza o temor, sino por prudencia. “Los pocos amigos que conservo no son de la infancia. Muchos de los que tenía en el colegio o la universidad se han ido. Y sin embargo, la relación es de mucho cariño, de experiencias compartidas. Hace poco me llamó una amiga que vive en Portugal con la que tenía años sin hablar, y fue como si hubiéramos estado conversando el día anterior. Lo que intento decir es que las relaciones cotidianas cambian, sin desmedro de las circunstancias. Para mí es fundamental que mis amigos sepan que estoy allí, que pueden contar conmigo, que soy leal y honesta. Si no, las relaciones de amistad no tienen sentido”.

“Tengo mucho que ver con las imágenes, y creo que eso es muy característico de los narradores. Por ejemplo: saco del baúl de los recuerdos mi camisa de promoción. Y empiezo a enumerar: este se fue, este también se fue, esta también… y así hasta llegar a la conclusión de que todos se han ido. Hay pequeñas comunidades en Chile, España, Estados Unidos, Australia… y también hay gente que ha regresado”.

“Soy muy individualista, en todos los sentidos. Soy un planeta aparte. No se si será por mi signo zodiacal. Lo intelectual priva en cualquiera de sus formas. O lo artístico. Me siento muy vinculada a esto de la escritura, a las bellas artes. Y eso no viene de mis padres, que son más bien gente sencilla. Mi padre es un gran lector, que si hubiese tenido oportunidades habría llegado lejos. Es típicamente andino, de La Grita, la pequeña Atenas de los Andes. Lo dice siempre con afecto. Tiene mucho amor por la cultura, aunque venga de un entorno sencillo. Siempre me decía: ‘Si eso es lo que quieres hacer’. Y luego repetía: ‘Allí está la biblioteca. Aquí están los libros. Ahí está el diccionario para que busques las palabras’. Son esos estímulos los que a la larga te crean una cierta personalidad. El saber no puede ser una cosa arrumada, sino algo central en tu vida. Admito tener una disposición que mis hermanos no tienen. A mi hermana, por ejemplo, le encanta la lectura, pero eso por sí solo no determina la inclinación a lo artístico”.

Cuando era niña, soñaba muchas cosas. En especial, identificarse con lo que veía: ceramista, arquitecto, odontóloga. “Me apasionaba con lo que descubría en el momento; me parecía fascinante”. Un test vocacional no la ayudó mucho. Pero para entonces la escritura ya tenía un lugar central en su vida. “Me fui por Comunicación Social, porque de alguna manera debía ganarme la vida. La Escuela de Letras me parecía más para formar lectores críticos, pero no tanto para escritores. Yo creía que el único lugar que me iba a permitir escribir era Comunicación. Así que entré en la Universidad Católica Andrés Bello. Allí estuve hasta el día de mi graduación en 2003”.

Sabores de la adolescencia

En los pasillos de la universidad descubrió gente que tenía su misma visión. Pero los primeros semestres le parecieron muy fuertes. “Cuando entras, no tienes muy claro lo que quieres hacer, aunque la gente crea que sí. Yo entré a los diecisiete años, pero he debido hacerlo a los veintitantos. Es un choque fuerte. Y hay gente que no lo aguanta”.

Hubo un momento de duda entre el me quedo y el me voy. Pero prevaleció la escritura, la sensación de que allí la practicaría. “Fue un impulso de vida, porque nunca he estado enteramente segura de lo que quiero hacer. Tú me preguntas dónde te ves dentro de diez años y no sabría qué decir. Pero no porque no piense en el futuro, sino porque yo vivo en otro tiempo. Es como una actitud de supervivencia”.

“Estudié en el Instituto de Investigaciones Literarias de la Universidad Central de Venezuela. Pero no se trataba de una carrera lineal. Iba avanzando con el tiempo necesario. Y también colaborando en las actividades. Hoy en día dejo que las cosas fluyan; no opongo resistencia. Cuando tú aceptas que las cosas son como son, y que tienes eso para trabajar, te haces como una meta de trabajo”. De la cual forma parte la escritura, siempre presente. En 2005 publicó su primer libro de cuentos, Cancelado por lluvia, que ganó el Premio de Narrativa para Escritores Inéditos de Monte Ávila Editores. Otros galardones han sido una mención honorífica en el IV Premio de Cuento Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores y el Premio de Microrrelatos Por Favor Sea Breve.

Sus inicios como buena narradora comenzaron en bachillerato, cuando presentó “una pieza antológica de terror, muy emotiva e intensa. Hoy en día no la tengo, pero sí la recuerdo con frecuencia. A mis amigos les encantaba. Disfrutaba mucho cuando me ponían asignaciones para escribir. Como era buena estudiante, me gustaban las cosas que no le gustan a nadie: estudiar, trabajar, hacer los deberes. Como soy muy de pensar, todo lo puedo trabajar con mi mente. Y si es algo creativo, mucho más”.

“Ese cuento que hoy no existe en físico me lo hicieron reproducir. Era muy divertido: ¡todo el mundo quería copias! Para una niña de quince años, ver a la gente reaccionando de esa manera era muy gratificante. A lo mejor no era la más bonita del salón, ni la más divertida, pero sí tenía un lugar en el mundo. La escritura muchas veces tiene que ver con terapia, con autoanálisis”.

Ana escribe en cuadernos de ejercicios; también lleva diarios, apuntes. La escritura de diarios le parece fascinante: le da la posibilidad de separarse de quien es todos los días, de indagar más sobre sí misma. A veces ha mostrado esas páginas a algunas personas: “son impulsos voyeuristas”. Como bloguera, también tuvo su etapa. Colaboró en portales como Derrelictos, Pájaros Obsesivos o Moderna Salvaje. “Escribía todos los días, con un ímpetu que ya no tengo. Era un ritmo que llegaba a ser estresante. Llegaba un momento en que no es que no tuviera nada que decir, sino que sencillamente estaba agotada. Pero no podía parar, porque de eso vivía. En esos blogs sabía mostrarme en otras facetas”.

“Siempre he estado tentada a hacer textos no exactamente narrativos. Serían más bien fragmentos reflexivos, porque me gustan los géneros híbridos. Y ahora me inclino más por el ensayo. Amo el fragmento, el apunte, la nota. Me parece que son herramientas fantásticas de las que uno se puede servir. Nada que ver con el texto redondo, completo, sino más bien con una textura porosa, que le da el lugar al otro para que participe y elabore. Hoy en día me cuesta mucho organizar un texto canónico. Tengo como muchas disgresiones. No soy muy lineal, y eso se refleja tanto en mi manera de hablar como en mi escritura”.

Texturas de la palabra

Tampoco tiene linealidad en sus lecturas. Ni en las de antes, ni en las de ahora. Hay mucho material que pasa por su vista, porque hay trabajo pendiente. En sus lecturas de juventud, no hubo grandes autores, ni libros de lomo espeso, ni tapas con letras doradas refulgentes. Más bien leyó de todo. Todo lo que pudiera llegar a sus manos. Enciclopedias, recetas de cocina, récipes farmacéuticos. “Siempre lee todo”, le aconsejaba el papá. Y así hizo. Al punto de que ese mismo consejo se los da a sus estudiantes en la Escuela de Comunicación Social de la UCV.

“Mis lecturas mezclaban arbitrariamente lo paraliterario con lo literario. En el colegio leía lo que me pedían. Y era muy feliz. Esas lecturas a su vez alimentaban la escritura. Luego vendrían los fetiches: el olor de los libros, por ejemplo, o del papel. Yo sé qué libro es por su olor. ¿El olor de Rayuela? Es como el de la colonia”.

No se detiene en títulos concretos, sino en el hecho lector, tan abarcante. También fue lectora de periódicos, y llegaba a distinguir sus respectivos géneros, tan bien como distinguía los literarios. “Desde muy pequeña, mi mente sabía qué cosa era un género; lo intuía. Una escena de casa: mientras papá leía el periódico, yo leía la revista dominical. Parecía una Tenenbaum”.

Y sobreviene algo aún más extraño: disfrutar las cosas que no leía por el simple hecho de tenerlas cerca. Porque en la receta de cocina o en el récipe de farmacia aparecían datos indescifrables, que la imaginación se encargaba de completar. Y ella lo explica con palabras de Borges sobre la ficción: “fantasear con todo lo que leo, urdir un mundo donde una receta pasa a ser un conjuro. No me formé con una biblioteca exquisita. Por eso digo que uno tiene que leer de todo. Las peores cosas y las mejores, para definir y arrepentirse de lo terrible, para saber distinguir. No todo lo que tienes que leer es excelente. A veces un catador vale más que un crítico”.

Ana García Julio pudo haber sido el nombre de una periodista. Cuando empezó a estudiar la carrera, en 1998, tenía la vaga idea de especializarse en la fuente cultural: aspiraba a trabajar en El Universal o en El Nacional. Pero cuando egresó, ya no quería saber nada del reporterismo. Tuvo sus buenos años en las redacciones de Nuevo Mundo Israelita y de Se Mueve, pero se siente en deuda con un gremio que le ha dado mucho.

Visión de los oficios

Si aparece una oportunidad de trabajo, Ana acepta el reto. De su tránsito periodístico le queda la experticia en manejo de redes sociales. Pero más recientemente ha sido docente, sobre todo al egresar como Magíster en Literatura Venezolana, que también le abrió la puerta como investigadora.

“Todavía estoy descubriendo qué hago en el Instituto: escribo artículos para revistas académicas, trabajo en un equipo que investiga la producción literaria en diversos géneros y me mantengo como docente de la misma maestría”.

“He estado muy dedicada a la supervivencia; no tengo mentalidad para huir o irme de vacaciones. Me he esforzado para establecerme bien, pero a veces me gustaría viajar a España o Alemania. Sigo siendo muy consciente de mi oficio escritural, aunque los cambios de vida marcan los estilos. No es simplemente escribir, porque también he sido muy autocrítica. Mis comienzos fueron un poco ingenuos: cumplí con un primer libro del cual no me arrepiento. Está allí y ganó un premio importante, pero como escritora me siento otra: ya no podría hacer literatura como esa. Lo leo y hay pasajes que me parecen ingenuos. Ahora tengo una consciencia más plena. Sigo escribiendo, pero procuro no publicar hasta estar plenamente segura. Y no necesariamente tiene que ser una escritura creativa; podría ser académica. Si publico, quiero sentirme cómoda, segura. Mi voz está cambiando, y no es bueno publicar en medio de cambios: se podrían notar las costuras. Creo que es mejor esperar”.

Ana siente que puede mejorar. Se maravilla cuando lee algo suyo y se sorprende de ser la autora. “Es maravilloso leerte como si fueras un extraño, y encima disfrutar”. Sus textos se desgranan como torrentes bajo títulos singulares: “Cancelado por lluvia”, “Pájaros que evocan pájaros”, “Testarudez”, “Búmeran”, “Pusilánime”, “Lucía”, “Astilla”, “Pollito”, “Habitar nuestras palabras”, “Un caso siniestro”, “El incidente”, “Domingo” o “Un cabello rojo”.

No cree en temas específicos, “pero sí hay algunos elementos recurrentes: la disección del instante o de la anécdota, que hace que buena parte de los textos tenga un talante más reflexivo que narrativo, o la suspensión del carácter o las manías de un personaje. También cultivo el extrañamiento, cierto candor, el humor, las posibilidades imprevistas (sin que esto conduzca al efectismo). Algunos textos acusan cierta languidez, lo que se traduce en una atmósfera de belleza sombría. Aunque tengo unos pocos relatos de extensión media, prefiero los textos breves (en Cancelado por lluvia abunda el fragmento, los apuntes narrativos). En la brevedad puedo cincelar una situación con pocos golpes, no necesariamente rápidos, pero sí preservando los detalles esenciales. A veces, la situación es solo una excusa para ahondar, para excavar en lo cotidiano. En lo que aparentemente no depararía nada especial está lo desconocido”.

Sonidos de la diversidad

Muchos discos y muchos libros. Una colección interesante. Si Ana tuviera que mudarse, no sabría qué hacer con todo aquello. Se oye jazz al fondo. Las escalas suben y bajan. Una trompeta ensaya un solo difícil, quebrado.

Para definir su oficio en pocas palabras, Ana también ensaya unas palabras: “Soy la madre de los circunloquios; no podría definirlo de otra manera. Siento una constante transformación, y a veces me gusta no saber. Es una visión muy personal, pero necesito percibir que todo va cambiando. Si algo no comunica, pues entonces no hay conexión. Uno no escribe para que otro entienda o te quiera; uno escribe porque tienes la necesidad imperiosa de decir algo. Pero a veces las palabras no terminan de encajar con las ideas, y entonces allí debes esforzarte al máximo para alcanzar un mínimo de satisfacción. La escritura a veces no te lleva al lugar donde querías llegar, pese a todo el esfuerzo que haces. A veces no encuentro lo que estoy buscando. Siento que el texto no es fiel a lo que quiero expresar”.

“A mí siempre me ha gustado una definición de Borges sobre los géneros literarios: decía que dependían de la expectativa del lector. De manera que hay que jugar con el concepto de género: pretender entenderlo de acuerdo a tu estado de ánimo, percibirlo como si fuera de otro. Leer la ficción como no ficción y viceversa. Hay géneros definidos que tienen sus fronteras, pero también los puedes solapar. Tengo piezas narrativas que parecen ensayos, o ensayos que parecen ficción. Hay que defender la condición transgenérica. ¿Qué son los textos de Ramos Sucre? Podrías pensar en un enjambre de posibilidades”.

“Le tengo mucho respeto a la crónica, pero hoy cualquiera es cronista, o hace crónicas. La crónica siempre está a medio camino… Tiene cabeza de algo y cuerpo de otra cosa. Es híbrida. Si bien mi formación tuvo más que ver con géneros opináticos, la he cultivado como de pasada, como un despecho. Hay toda una tradición de cronistas que es maravillosa. La crónica tiene como una sabrosura de la que no me siento capaz. Hay crónica periodística que es también literaria, que termina siendo ficción, pero no tengo ese pulso, ese tino, para hacerla”.

Intuiciones del sexto sentido

“Si algo me define es la curiosidad. Soy una buscadora, que no buscona. Y todo el tiempo estoy buscando respuestas, significados, preguntas. Independientemente de lo que esté haciendo dentro de unos años, siempre estaré buscando, haciéndome preguntas y más preguntas. Soy una investigadora en el sentido más amplio, pero sobre todo me interesa mi investigación personal”.

“Creo que me encuentro en un momento difícil de definir, que no sé si llamarlo de transición. Quizás es de mayor madurez, de saber quién soy. Después de que pasas los treinta años como que sí hay algo claro, y sin embargo... Ahora tengo mayor conciencia de lo que no quiero hacer. Voy hacia algo más estable, más concreto. Probablemente siga cambiando, pero cada vez menos. Soy ahora lo que se va quedando, y no la que era hace cinco o diez años. Es como asentarse; esa podría ser la palabra”.

“Nunca he pensado en irme de Venezuela, salvo algún arrebato que haya podido tener. Eso para mí no cuenta. En todo caso, si me hubiera decidido, tendría que haberlo hecho antes. Más bien me pregunto por qué mis amigos sí se fueron y yo no. Algo me ata a esto. Pensando en los mismos términos del poeta Cavafis, si me voy a llevar todo lo que soy como venezolana, como mujer criada en Caracas, a otra parte, prefiero estar en mi casa, con mi familia, con mi ciudad. ¿Para qué me voy a buscar una nostalgia afuera si acá tienes un duelo cotidiano por el país que fue? Cuando me pregunto por qué sigo aquí, la respuesta no es capricho, ni resistencia. Es como una postura ética, política. Lo que hago acá, aunque lo pudiera hacer en cualquier otra parte del mundo, lo seguiría haciendo acá”.

“¿Qué país habita en mí? ¿O en qué país habito? Tuvimos una ilusión que iba para algún lado, pero que al final no fue, no terminó de ir. Ana Teresa Torres y José Ignacio Cabrujas han dicho que no terminamos de creernos lo que somos, lo que nosotros mismos creemos de nosotros. Esa especie de inestabilidad, que hace que nunca lleguemos a ningún puerto, es terrible. Todos los países han ido a alguna parte, pero nosotros no. Es una especie de naufragio. Hemos tenido momentos sublimes, como la noche de la inauguración del Titanic, que fue espectacular. Y sin embargo, el Titanic naufragó”.

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*La entrevista forma parte del libro Nuevo país de las letras, publicado por Banesco Banco Universal, Caracas, 2016. Compilación: Antonio López Ortega.