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Adiós, Sofía

Durante tres años Diego Arroyo Gil conversó con Sofía Ímber. Sus largas charlas se convirtieron en el libro La señora Ímber. Genio y figura. Hoy, el periodista se despide

Sofía Ímber

Ella no lloraba, pero hoy nosotros lloramos por ella. Sofía Imber falleció ayer, a un cuarto para las cuatro de la mañana. Era una hora que a ella le gustaba o, en todo caso, que marcó su vida, pues siempre fue mujer de madrugar para ir a trabajar. Odiaba el descanso, porque para descansar, decía, estaba el descanso eterno. Por eso una noche, feroz y desafiante, me confesó que quería que la muerte la encontrara despierta. Genio y figura, se proponía darle la cara a su propio fin. Se proponía estar y ser consciente de todo, hasta las últimas consecuencias. Sofía era un elemento de la naturaleza.

Y así fue como, luego de atravesar, la semana pasada, cuatro días de un insomnio batallador, ayer se quedó dormida. Tranquila. Ella, a quien tanto le molestaba el hecho de que estemos destinados a desaparecer, “cuando todo esto que nos rodea es tan bello”, comentaba. Se refería, claro, al mundo visible, que para ella era el único posible. Porque, a pesar de sí misma, a pesar de todos sus esfuerzos por conquistar otra fe, Sofía no llegó a creer nunca que hubiese otra vida excepto esta.

Sí, su pasión era el presente, y a ello se debe que haya vivido una vida como la que vivió, una vida en la que no faltó nada. Sofía disfrutó las mayores alegrías y sufrió las tragedias más bravas. Y unas y otras atizaban en ella un ardor que no siempre era advertible (a veces daba la impresión de ser una mujer imperturbable), pero en el fondo la brasa estaba viva y era quemante. ¿Por qué negarlo? Era una criatura tocada por un misterio fascinante. Como otros personajes legendarios del arte y de la historia, en Sofía era tremendamente evidente su rareza, su excepcionalidad.

En cuanto al currículo, del que se espera siempre mención en textos de este tipo, el suyo es tan extenso que lo mejor es poner foco: Sofía fue una de las periodistas más importantes de Venezuela y una de las gerentes culturales principales de América Latina en el siglo XX. Además de sus programas de televisiónSolo para adultos y, sobre todo, Buenos días, y de sus columnas de prensa en todos los diarios del país, su gran obra es el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber, que fundó y dirigió con excelencia a lo largo de 27 años, hasta que en 2001 el fallecido presidente Hugo Chávez la destituyó, sin darle siquiera las gracias. Sofía estaba haciendo ejercicio en la Cota Mil, en Caracas, cuando la llamaron desde su casa para darle la noticia. Escuchó la información y continuó con su rutina. Sin alteraciones. “Chávez y yo no teníamos sintonía laboral”, diría más tarde, en memorable desplante digno de su ironía y su agudeza.

Siendo, como era, una mujer tan nuestra, algunas personas no saben que Sofía Ímber nació en Soroca, Moldavia, un territorio que alguna vez formó parte de Rusia. Fue el 8 de mayo de 1924, pero llegó a Venezuela en 1930, junto con su familia, que escapaba de la persecución a los judíos. “Y nunca más volví. No tenía nada que buscar allá. Yo no soy rusa ni moldava ni nada que se le parezca. Yo solo soy venezolana”. Amaba hasta los huesos a este país. A este país que le dio todo y al que ella le dio todo, también. Finalmente, la vida. “¡Si yo pudiera llevarme conmigo los cielos de Caracas y el rostro de mis hijos!”, decía. “Pero no es posible. Ya lo sé”.

¡Sofía!... Nadie se imaginaba que en ese cuerpo pequeño y frágil, de una muy buena mala salud, quebrantado a veces hasta el exceso por un hambre de vivir impresionante, habitaba con un ímpetu tremendo una fuerza capaz de construir a su medida todo un imperio. Pero así era ese cuerpo y allí estaba esa fuerza, y era ella. Vino aquí durante una dictadura, la de Juan Vicente Gómez. Acaba de morir en el transcurso de otra. Es algo que, para nuestra vergüenza, no supimos evitar. Pero en su honor, y por nuestro porvenir, hoy mismo comienza la faena de devolverle su nombre al museo que nos legó. ¡Por siempre y para siempre, gracias por tanto, amadísima Sofía!