Histórico

Tres poemas de Rubén Darío (1867-1916)

Filosofía Saluda al sol, araña, no seas rencorosa. Da tus gracias a Dios, oh sapo, pues que eres. El peludo cangrejo tiene espinas de rosa y los moluscos reminiscencias de mujeres. Sabed ser lo que sois, enigmas, siendo formas;  dejad la responsabilidad a las Normas, que a su vez la enviarán al Todopoderoso...  (Toca, grillo, a la luz de la luna, y dance el oso.) Ofrenda Bandera que aprisiona el aliento de Abril, corona tu torre de marfil. Cual princesa encantada, eres mimada por un hada de rosado color. Las rosas que tú pises tu boca han de envidiar; los lises, tu pureza estelar. Carrera de Atalanta  lleva tu dicha en flor; y canta tu nombre un ruiseñor. Y si meditabunda sientes pena fugaz, inunda luz celeste tu faz. Ronsard, lira de Galia,  te daría un ron del; Italia te brindara el pincel, para que la corona  tuviese, celestial Madona, en un lienzo inmortal. Ten el laurel cariño,  hoy, cuando aspiro a que  vaya a ornar tu corpiño  mi rimado bouquet. A Goya Poderoso visionario, raro ingenio temerario, por ti enciendo mi incensario. Por ti, cuya gran paleta, caprichosa, brusca, inquieta, debe amar todo poeta; por tus lóbregas visiones, tus blancas irradiaciones,  tus negros y bermellones; por tus colores dantescos, por tus majos pintorescos y las glorias de tus frescos. Porque entra en tu gran tesoro  el diestro que mata al toro, la niña de rizos de oro, y con el bravo torero,  el infante, el caballero, la mantilla y el pandero. Tu loca mano dibuja la silueta de la bruja que en la sombra se arrebuja, y aprende una abracadabra  del diablo patas de cabra que hace una mueca macabra. Musa soberbia y confusa,  ángel, espectro, medusa: tal aparece tu musa. Tu pincel asombra, hechiza: ya en sus claros electriza, ya en sus sombras sinfoniza; con las manolas amables,  los reyes, los miserables, o los cristos lamentables. En tu claroscuro brilla  la luz muerta y amarilla de la horrenda pesadilla, o hace encender tu pincel  los rojos labios de miel o la sangre del clavel. Tienen ojos asesinos en sus semblantes divinos  tus ángeles femeninos. Tu caprichosa alegría  mezclaba la luz del día con la noche obscura y fría. Así es de ver y admirar  tu misteriosa y sin par pintura crepuscular. De lo que da testimonio:  por tus frescos, San Antonio;  por tus brujas, el demonio.