Histórico

Tres poemas de Michael Hamburger

MudanzaPerdida, la tierra mira hacia otro lado,la luz en la huerta vidriosacomo los ojos de nuestra gata blancaque antes de que llegaran las camionetase recostó allí y murió,dejando a la última de sus muchas críasen un matorral de zarzas, sin destetar,los pelos erizados, protestando.Y ella a quien enterré allíva merodeando por el pasto alto. Ella pertenece a la mole negra del olmo,el verde como plateado de los manzanosel viento tenue que traelos mugidos de las vaquillasdel campo en el que nació;sus prados son de suelo áspero, revuelto,el cobertizo para ordeñar y el granero están en desuso,las bisagras de los portones rotas;más allá las colinas, sus hayasamontonadas y acurrucadas, gruesas nubes. En la media luz tardía, la tierranos deshereda por completo.De ramas viejas como un siglopor primera vez, por última vezcaen peras demasiado maduras. Con el rabo en el aire, husmeando,las orejas paradas, sordas a mis llamados,de una casa vacíahacia el jardín del erizo, del búho,sale caminando una gata blanca  OXWICHVasto  paisaje de viento: la arena modeladacomo las olas, en montículos,pero más altos, bordados, en círculos,para conservar el calor en cráteresamurallados contra el viento.Del mismo modo el abedul y el fresno se inclinan,sucumben al liquen, a la sal,una deformación, un deterioro prematuros;las zarzas se arrastran, agazapadaspara salvar sus escasos frutos,aquí son intrusos, aunque abundantesmás atrás donde los árboles altos se amontonany el recorrido del viento se terminacontra la roca y la lluvia de la ladera de la colina. Extenso paisaje de mar, entrecruzadocon diversas tierras.Agua fresca e convierte en salmueradesde la piedra caliza pasando por el pantanal hasta la gravay el más exuberante gorjeodel mirlo, el zorzal entre hojas cálidasse confunde el silbido del zarapitocon el del ostrero, ondeado por el vientosobre la orilla poco profunda las pisadas,los restos de garzas, de gaviotas. Deja de lado el castillo allá en lo alto,oculto y aquí ajeno,mientras acampantes beben una mañanademasiado agridulce para animarlosaunque el viento y la lluvia se refrenen,y una jungla de yuyos exhaleuna riqueza terrosa más allá de los médanos.Invitados a una boda peligrosahonrada a diario, cancelada,caminan en suspenso, cercade torbellinos, de acantilados escarpados,y no regresarán cuando el zorrovaya con pasos largos, ladeados, sobre el hielo.  Viaje interrumpidoSe trataba de un regreso,se iba a tratarde la celebración de un regresoa un paísno visitado por largo tiempo,apenas recordado, a las costas de más de un mar,a las numerosas islas,a montañas, ríos que fueron sagrados,roca árida y la matriz húmedadel ciclamen, de la anémona. Para estar allínecesitaba testimoniarlo con apuntes,los viejos y los nuevos, para reconocerlo,busqué la pequeña libreta negraen el bolsillo: perdida.Y mi lapicera(no usada durante treinta años)cayó, torciéndose la plumade tal modo que la tinta no habría fluidoaunque hubiera habido papel. Y a pesar de que seguí viaje,a través de tierras y aguas,en ningún lugar fui a tientas, a ciegas. Solo las ovejasque de a una, desparramadas, bajaronlas empinadas laderas de las colinas más lejanaseran las mismas que en rebañobloquearon la calle de la ciudad,detuvieron el tráficoque ahora no era de carruajes.solo las ovejas, que lograron pasardescendieron de a una,le devolvieron un nombre a ese lugar.