Histórico

La conocida herencia de las formas

Una poesía tan exasperada y trágica, desgarrada por un entorno social hostil, como la que suele escribirse en la Venezuela de estos albores del milenio requiere, a veces, negaciones dialécticas, contrapuntos. Estos los ofrece, entre otros libros, La conocida herencia de las formas (Caracas: Bid&Co y Miami: Ígneo, 2016). Gracias a él, su autor, Juan Luis Landaeta (Caracas, 1988), ganador o merecedor de menciones especiales en premios universitarios, con un poemario previo en su haber ?Litoral central (Sudaquia, 2015)?, se consolida como una de las nuevas voces nacionales más tesoneras y ambiciosas.Voz inconfundible, cabría añadir. Tal como se presenta en La conocida herencia de las formas determinada, a mi ver, por cuatro elementos: el erotismo, la abstracción, la fragmentación y un tono propio que se nutre de una rica tradición. En el limitado espacio de esta nota mis reflexiones sobre cada uno de ellos serán breves, pero espero que basten para dar una idea del complejo reino verbal que Landaeta comienza a construir.Estamos ante una poesía de tema amoroso cuyo cariz, no obstante, dista de los clichés. Principalmente, porque el hablante lírico aborda el Eros como tenaz cristalización del enigma, careciendo nuestra visión de los amantes de la minuciosa absorción y claridad de las totalizaciones. Si los enunciados no nos aportan suficientes herramientas para que insertemos la relación en circunstancias previsibles ?anécdotas de pérdida, celos, despecho, amor?odio y otras?, tampoco la contemplación extática de la amada nos ofrece pistas sobre el perfil psicológico de dicho personaje ?al pronombre ?ella? se limita la información individuadora que recibimos?. El resultado es una casi intangibilidad, una transparencia de los seres que convierte las palabras que se digan acerca de ellos en objetos de atención: el lenguaje ocupa la posición del referente cuando este ha sido desrealizado por los signos. El erotismo parece una meta postergada a medida que los poemas se suceden, un horizonte que se insinúa aquí y allá al que tal vez nunca llegaremos, pues los últimos versos del libro evocan precisamente ausencia, silencio tras el asedio a lo enigmático:?Lo vecinopuede en un ataque de corduravenir a rodearnos o perdernos? Acabamos desfamiliarizados con el asunto amatorio, además, por la inclinación hacia las abstracciones en las que persevera el poeta. Ello se verifica con indicios gramaticales específicos, como la sustantivación de adjetivos por la acción del artículo neutro observable en la pieza anterior. La tendencia se intensifica cuando la evocación del mundo material y sus manifestaciones inmediatas, somáticas, adquieren los visos inasibles de la intuición o el concepto, lo que puede llevarse a cabo incluso con guiños contradictorios de abolengo surrealista (Ceci n?est pas un pipe) cuyo propósito ?¿cómo dudarlo?? es postular un lenguaje traicionero una vez que la referencialidad se evapora:?El cuerpono es una teoría Es un dibujolibre del peso En el tamaño del aire Se contrae y me expone? La senda por donde avanzan las abstracciones queda delineada desde el poema en prosa introductorio, ?La intermitencia?. En él, se esbozan las matrices imaginales de la colección, ofreciéndose, no menos, señales de los principios que rigen su estructura:?La primera dinámica es la del encuentro, el concierto de las formas. Los hechos aunque sucesivos no persiguen un orden. El orden en el espacio es una mera disposición. Las formas inspiran e imponen su presencia, no la disimulan, se hacen saber con el peso corriente de lo natural. Nada vale la intención de las primicias. Saberse frente al otro hace que ocurra el cambio de siempre, el giro. No se encarga la saciedad. Se puede empezar por la sensación. Luego, en la mitad de un descubrimiento se atraviesa un registro. Allí el lapso que une. La frase común entre los dos.Si las verdades se tocan, las formas se repiten. El acontecimiento paralelo, como la gravedad de los frutos o el destello de cualquier astro. El encuentro como hecho común, inevitable. La sucesión de fenómenos será definitiva en la medida en que se dé lugar al encuentro visto como ruptura, lugar en lo vulnerable. Somos testigos de esa aparición. La curva imprevista del paso, la garantía de unión en el pleno desarme, ya nada ajeno al temor de la desnudez. No existe cualidad en esas formas, están desde antes propuestas, solo se persiguen?. Por matrices entiendo las tensiones, no necesariamente antinómicas, que se establecen entre persecución y encuentro, entre ?verdad? y ?cualidad?, entre una ?forma? y otra y, naturalmente, entre los integrantes de ese ?dos? situado en el centro de ?La intermitencia?; me refiero tanto al poema, constituido por un par de párrafos, como a la noción a la que alude el título, indisociable de una dicotomía.Es legítimo ver el fragmentarismo de estos textos en correspondencia con el erotismo ?lo disperso desea la unión? y con la abstracción ?la atomización del discurso poco a poco se interpone entre nosotros y la percepción del todo, sustituida por el esfuerzo lector de dar con claves más intelectuales que sensoriales?. Pero conviene recalcar lo acotado por Adalber Salas en su sucinto y certero prefacio a La conocida herencia de las formas: los versos de este libro ?flotan un poco desasidos en la página, como breves estallidos de opacidad en un espacio incalculablemente vestido de blanco?. La blancura implica una pureza anímica en la cual la poesía se explaya como vestigio de vivencias cuyo significado último se localiza no en las experiencias mismas, sino en el haberlas tenido. Blancura de la superación del yo: trascendencia ?hecho sorprendente si consideramos la violencia y el caos de la realidad en que el poeta se crio, apenas conciliable con el escarceo metafísico?.Ligadas a ese anhelo, en el tono de Landaeta se combinan tradiciones venezolanas casi incompatibles. Si en sus hábitos elocutivos se reconocen, por una parte, afinidades con las sistemáticas y apolíneas abstracciones de Alfredo Silva Estrada, tal legado pacta, por otra, con el del erotismo de Eugenio Montejo, arraigado en una matizada y cálida sensibilidad cósmica. ?Solamente la luna sabe qué manos verdaderas se acarician? dice el epígrafe inicial tomado de Montejo: debido a la coincidentia oppositorum que sugiero, el impulso amoroso que disuelve los cuerpos en el vasto universo se transforma para Landaeta en una distancia cargada, sin embargo, de contenida emoción. Que tal imposible síntesis sea el rasgo sobresaliente de la voz de este joven poeta, en un momento en que su labor apenas despunta, me permite aseverar que sus versos deparan la promesa de una literatura auténtica, fiel, en primer lugar, a sus instintos de creación, a la honesta urgencia de asimilar toda herencia que potencie un compromiso personal e irrepetible con la expresión.