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“Usar la fuerza para imponerse no tiene nada de revolucionario”

El historiador y poeta Rafael Arráiz Lucca se pregunta si esa necesidad del venezolano de tener un héroe no tiene asidero en la falta de una figura paterna en la estructura familiar

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“Aquí hace falta un militar” es una frase que se escucha, cada vez con menos frecuencia, en las calles cuando alguien hace referencia a la situación crítica que vive el país. A pesar de que Venezuela estuvo gobernada buena parte del siglo XIX y la mitad del XX por uniformados, hay quienes insisten en que la única salida a los conflictos requiere la presencia fuerte de un uniformado.

El historiador, poeta y ensayista Rafael Arráiz Lucca se pregunta si esta necesidad de un héroe –uniformado o no– está anclada en la ausencia de figuras paternas en las familias venezolanas. Y es enfático al afirmar que, lejos de lo que muchos puedan pensar, la construcción de la república es colaborativa, requiere de civiles y de militares.

Cuestiona, además, la enseñanza de la democracia en edades tempranas y el autoritarismo, que está presente en todas las esferas de la vida pública. Asegura que hay que rescatar a los héroes civiles.

—Después de 18 años en los que la presencia militar en la estructura del gobierno aumentó exponencialmente, hay quienes consideran que la solución al conflicto es militar.

—Los militares no son la solución, pueden ser incluso parte del problema. Uno de los grandes problemas de la nación es asumir el espíritu democrático, pero asumirlo de verdad. No solo en las instituciones públicas, en la concurrencia a las elecciones, sino asumirlo como una cultura. El enemigo central de la democracia es el autoritarismo, que no es exclusivamente militar. Hay mucho autoritarismo en las esferas civiles. Donde no hay democracia, negociación, diálogo, donde no se escucha, hay autoritarismo.

¿Se puede encontrar en todos lados?

—En la familia, en la escuela, en el liceo, en las universidades, en los sindicatos. El tema del autoritarismo en Venezuela no es exclusivo del universo político, es un tema cultural complejo que no hemos terminado de resolver y que está permanentemente presente. ¿A quién respeta buena parte del venezolano? Al hombre fuerte, al pícaro, al que irrespeta las leyes, al que toma los caminos verdes, al que busca los atajos. Y desprecia tácitamente a la persona legalista, al hombre correcto, al que busca el diálogo. Entonces, el tema es cultural. Nos falta profundizar y extender nuestra cultura democrática.

—Eso se evidencia, por ejemplo, en las reacciones al video de la agresión del coronel Lugo a Julio Borges.

—Es impresionante como un porcentaje altísimo de personas pensaron que Borges tuvo una conducta inadecuada. ¿Y qué es lo que quieren? ¿Que se caiga a golpes con un coronel? Para mi él tuvo una actitud ejemplar, ese es el país que queremos, de gente dialogante, no uno en el que usa la fuerza para imponerse. Usar la fuerza para imponerse no tiene nada de revolucionario, es lo que ha ocurrido en Venezuela en toda su historia. Lo verdaderamente revolucionario es la democracia porque la fuerza ha sido, lamentablemente, nuestra tradición histórica. Ese hecho a mí me parece sintomático del tema cultural, que va más allá del gobierno, la oposición, los militares y los civiles; es la manera cómo nosotros entendemos nuestra vida social. Ahí es dónde está buena parte del nudo de nuestra nacionalidad.

—¿Por qué hay necesidad de exaltar a los militares?

—Hay una razón histórica y otra de psicología social. La primera es que los caudillos militares ganaron la guerra de la Independencia y fueron acreedores del poder durante décadas. Ellos se sentían los dueños del poder porque habían sido los vencedores de la guerra. Ahí comienzan los problemas. Y hoy en día, desde el punto de vista de la psicología social, yo me pregunto si esa necesidad del venezolano de tener un héroe no tiene asidero en la falta de una figura paterna en la estructura familiar. Eso habla de algo dramático, que es el infantilismo que padecemos los venezolanos. Porque una sociedad en la que un porcentaje muy alto de la nación necesita un héroe, un padre, es una sociedad infantil. Los niños dejan la infancia cuando ya no necesitan ninguna figura que le señale el camino de una manera taxativa. ¿No está en la nuez de nuestros problemas ese sesgo infantil conectado con la necesidad del héroe y con el arquetipo del púber eterno? Por eso pensamos que la salida es de fuerza, es militar, que necesitamos un héroe que venga a resolvernos nuestros problemas.

—¿Cómo rescatamos entonces a nuestros héroes civiles?

—Cada quien hace lo que puede. Yo hago un programa de radio en el que permanentemente hablo de ellos, he escrito algunos libros. No estoy solo en eso. Hay una conciencia importante de que hay que señalar modelos ciudadanos distintos a los militares. No quiere decir esto que los desdeñemos, pero hay que colocarles otros al lado porque la vida es plural, múltiple. Al lado de los héroes militares hay que colocar médicos, arquitectos, constructores del Estado, artistas, deportistas, pintores… Todos los civiles que construyen país. La ciudadanía no es una construcción militar, sino civil. Cuando los militares se jubilan y pasan a retiro, pasan a ser civiles. Todos somos ciudadanos. En la legislación están muy claras cuáles son las tareas más importantes que tienen los militares en la sociedad, pero son tareas precisas. El resto son labores de los venezolanos como gentilicio.

—En estos meses, la actuación de la GNB la ha desprestigiado. Con base en esto, muchos alegan que los militares no deben tener beligerancia política y que, incluso, se les debe quitar el derecho al voto. 

—Es un tema constitucional muy discutible porque hay países muy democráticos en los que los militares votan. Entonces pareciera que el tema no es ese, sino que tengan claro cuál es su trabajo. Y su trabajo no solo es profesional, sino que está taxativamente establecido en las leyes militares y en la Constitución. Con que ellos no se salgan, el funcionamiento sería perfecto. Eso es todo lo que uno le pediría a los militares, que no se separen de la ley.

—¿Qué tan imperfecta es nuestra democracia que permitió que un militar que no pudo llegar con un golpe de Estado al poder, sí lo hiciera con votos?

—Nuestra democracia sigue vigente, la imperfección es cultural. La democracia tiene que empezar en la casa, en la familia. ¿Nosotros crecemos dentro de familias democráticas? No. ¿Se les pregunta a los hijos su opinión cuando se van a tomar grandes decisiones, como adónde ir de vacaciones? No. ¿La relación con los maestros y profesores en la escuela y en el bachillerato es democrática, respetuosa, considerada? En líneas generales, no. Cuando pasas revista a todos esos ámbitos en los que tiene lugar la vida social, te das cuenta de que en los campos de formación la práctica democrática existe en muy pocos sitios. Y lo que la gente oye en sus casas es: “Este tipo sí es arrecho, es un cuatriboleado, viene a poner orden”. Eso lo que acentúa es el mito del hombre fuerte, del que hace lo que le da la gana. Como le dijo el coronel Lugo a Julio Borges: “Yo resuelvo mis conflictos como me da la gana”. Ese es el drama venezolano. ¿En la educación ciudadana se exalta el valor de la verdad? ¿El respeto a las leyes? No lo creo. ¿No estamos formando pícaros desde la infancia? El que se copia, el que no sigue las reglas en los juegos, ¿no estamos permanentemente exaltando la picardía? ¿Educamos a los jóvenes con amor por la verdad? Esa es la raíz de lo que estamos viviendo en este momento.

—¿Debe estar lo civil subordinado a lo militar?

—Las leyes y la Constitución dictan las pautas del trabajo de los militares. Ellos son unos funcionarios que detentan una responsabilidad importantísima, que es el manejo de las armas. Los civiles de ninguna manera pueden estar subordinados a los militares, ninguna república funciona así. Las repúblicas modernas son colaborativas y se negocia, se llega a un estatuto pacífico de relación entre civiles y militares. No hay mayor misterio, eso es lo que hay que hacer. Eso es lo que esperamos y le pedimos al gobierno: que cumpla la carta magna y las leyes.