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Tres poemas de Raymond Carver

Raymond Carver (1939-1988), además de uno de los grandes cuentistas del siglo XX, fue un poeta que, como ha señalado Tess Gallagher, experimentaba la poesía como una necesidad de vida. Los tres poemas aquí publicados pertenecen a la colección “Un sendero nuevo a la cascada. Últimos poemas”, traducidos por Mariano Antolín Rato

Raymond Carver

Raymond Carver

Quede constancia

El nuncio papal, John Burchard, escribe calmosamente

que trajeron docenas de yeguas y garañones

al patio del Vaticano

para que el Papa Alejandro VI y su hija

Lucrecia Borgia pudieran contemplar desde una terraza

“con placer y muchas risas”,

el apareamiento de los equinos de debajo.

Cuando terminó este espectáculo

se refrescaron, luego esperaron

mientras el hermano de Lucrecia, César,

liquidaba a tiros a tres criminales desarmados

a los que habían llevado al mismo patio.

Recuerda esto la próxima vez que veas

el nombre Borgia o la palabra Renacimiento.

No sé lo que puedo hacer con esto,

esta mañana. De momento lo dejaré.

Iré a dar ese paseo que planeaba antes, con la esperanza

de ver a esas dos garzas cernerse sobre el acantilado

como hicieron a principios de la estación

de modo que nos sintamos solos y recién

instalados aquí, no llevados, ni

traídos.

**

Vino

Leyendo la vida de Alejandro Magno, de Alejandro

cuyo inculto padre, Filipo, contrató a Aristóteles

como tutor de su joven heredero y guerrero, para que

puliera un poco sus suaves hombros. Alejandro que, después

en las campañas en Persia, llevaba un ejemplar de

La Ilíada en una caja forrada de terciopelo, adoraba aquel

libro. También le gustaba luchar y beber.

Llego a ese momento de la vida en que Alejandro, después

de una larga noche de juerga, borracho de vino (el peor tipo

de borrachera –resacas que no se olvidan), arrojó la primera

tea para incendiar Persépolis, capital del Imperio Persa

(antiguo incluso en la época de Alejandro).

La dejó completamente arrasada. Posteriormente, claro,

a la mañana siguiente –puede que mientras todavía ardía la

ciudad– tuvo remordimientos. Pero nada parecidos a los

remordimientos que sintió la tarde siguiente cuando, durante

un altercado que se puso feo y, por parte de Alejandro, sin

afeitar, con la cara roja por tantas copas de vino, Alejandro se

puso de pie tambaleante,

agarró una espada y atravesó el pecho

de su amigo, Cleto, que le había salvado la vida en Granico.

Alejandro lamentó su muerte durante tres días. Lloró.

Se negó a comer. “Se negó a atender sus necesidades

corporales”. Hasta prometió

dejar el vino para siempre.

(He oído semejantes promesas y las lamentaciones que

las acompañan).

No es necesario decir, que en el ejército la vida se

interrumpió por completo mientras Alejandro se entregaba a

su pena. Pero al terminar esos tres días, el terrible calor

empezó a exigir su parte del cuerpo del amigo muerto,

y convencieron a Alejandro para que se pusiera en acción.

Salió de su tienda, cogió su ejemplar de Homero,

lo desató y empezó a pasar páginas. Finalmente dio órdenes

de que los ritos funerarios descritos para Patroclo debían

de seguirse al pie de la letra: quería que Cleto tuviera la

          mejor

despedida posible. ¿Y cuando prendieron fuego a la pira las

copas de vino circulaban durante la ceremonia? Claro, ¿qué se

te ocurre? Alejandro bebió y perdió el sentido.

Tuvieron que llevarle a su tienda. Tuvieron que levantarle

para meterle en la cama.

**

La marcha hacia Rusia

Justo cuando él había abandonado la idea

de volver a escribir una línea más de poesía,

ella empezó a cepillarse el pelo.

Y cantaba esa canción folklórica irlandesa

que a él tanto le gustaba.

Era sobre Napoleón y

su “hermoso ramo de rosas, ¡oh!”

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Un sendero nuevo a la cascada. Últimos poemas

Raymond Carver

Traducción de Mariano Antolín Rato

Visor Libros

España, 2008