Entretenimiento

Responde Fernando Rodríguez

A este año, correspondiente al Aniversario número 75 de El Nacional y del Papel Literario, dedicamos la serie “Libros que quisiera llevar siempre conmigo” 

Fernando Rodríguez

El Fósforo

 Fernando Rodríguez 

Por Fernando Rodríguez

Como el tema que sugiere El Papel es un dibujo bastante libre yo asumiré el criterio de citar aquellos libros buenos y malos, generalmente más lo segundo que lo primero, leídos en edades tempranas, pero que creo que prefiguraron lo que fueron temples muy permanentes de mi vida. Y fueron importantes simplemente porque calzaron por azar con alguna coyuntura espiritual que los invocaba. Es un camino más sencillo que escoger entre grandes obras pero obliga a un cierto esfuerzo reflexivo que no es demasiado fácil.

Nosotros los leprosos, una novela histórica sobre la vida del legendario San Demián, quien sacrificó su vida para cuidar a los enfermos de lepra, fue para mí, supongo que finalizando la primaria y siendo ignaciano fervientemente religioso, un ideal heroico y noble de vida ofrendada a los otros y a Dios. Tan sublime se podría llegar a ser. Gracias a Google (¿cuándo no?) me enteré de que la novela, que ha debido ser muy mala porque su única edición es de 1950, fue escrita por un relativamente conocido y ahora olvidado escritor y periodista franquista.

El personaje que me llamó la atención de la mitología infantil fue Robin Hood, leído en algún librete y, seguro, en algún filme (lo asimilo a Errol Flynn), pero lo cierto es que me disfracé varios carnavales con su traje verde y su casquete. Una vez me enteré de que hasta algunos fanáticos lo habían considerado un comunista avant la lettre durante el macartismo gringo. Ya mayorcito fui comunista.

Recuerdo, adolescente, que el placer de leer, le plaisir diría Barthes, confortable y plácido, glotón, lo descubrí con las apasionantes novelas de Sherlock Holmes, en edición de Aguilar. El cuero junto a la elegancia clásica del tomo contribuían a sentirme ese lector dichoso. También el jardín laberíntico de mi casa paterna.

Un caballero llamado Perán Erminy fue ese profesor inolvidable de secundaria que casi todos tuvimos. Nos enseñó arte en un liceo desastroso disciplinariamente, pero claramente democrático y con profesores muy ilustrados asediados por el maldito dictador de turno. Perán nos enseñó que la cultura no solo era esa cosa pomposa, aburrida y distante que nosotros creíamos sino algo tan apasionante como el rock; a algunos nos hizo fans de El Techo de la Ballena, otra osada rebeldía. Y nos recomendó un libro misterioso, del carajo me dijeron Carlos Castillo y Dumbo Márquez, La metamorfosis de Kafka. Y en verdad era del carajo pero además me produjo una seria angustia y un deseo insatisfecho por comprender, ya no le plaisir sino la jouissance de Barthes, ese goce demasiado intenso, desasosiego que nos descentra y nos turba, nos barbariza. Eso, siempre y quizás más que nadie, me lo ha producido ese checo genial. A lo mejor terminó de empujarme a estudiar filosofía.

Y otra consecuencia de todo ello es que nos llevó varios años a vivir surrealistamente, vivir dije, no solo a practicar la bohemia sabanagrandera sino a tratar de convertir nuestro mundillo en una extravagante metafórica que replicaba a Breton y sus huestes. Llegamos hasta a inventar un dios, Turrupio, encarnado en una muy curiosa pieza de Volkswagen y al cual rendíamos culto.

Si algo define ese inicio de la democracia puntofijista para los que nos auto graduábamos de intelectuales progresistas, izquierdosos, era el eclecticismo cultural. Ciertamente que en política había una línea fuerte a seguir pero en el dominio cultural se podían combinar muchas cosas. El compromiso marxista o sartreano y el surrealismo,  como vimos. Pero también mezclar a Lenin con otras cosas muy distantes, por ejemplo asumir metafísicas “idealistas”, básicamente existencialistas, o cientificismos positivistas que abominaban de lo que no entraba en los laboratorios.

Sumo dos libros. Descubrí muy temprano un poemario de Juan Liscano, Tierra muerte de sed, que no ha debido ser muy preciado por su autor porque lo excluye de unas obras completas. Pero a mí, que quería ser poeta por esos años, me mostró que la poesía no solo era atardeceres y nostalgias sino que podía ser una verdadera arma de la refriega política (“en mi país hay unos coronelitos carniceros / que solo saben matar, robar, matar”). Fue un descubrimiento que me deslumbró. De una y otra forma el “compromiso” me ha acompañado toda la vida.

El otro es Del sentimiento trágico de la vida de Unamuno que me atormentó mucho tiempo y que ya aunque por otros caminos adelantó otra constante de mi pensar, la convicción de que la vida es bastante absurda por la sencilla razón de que uno muere. Don Miguel fue un religioso atormentado; yo ateo, más indefenso.

Azares, encuentros personalísimos, anécdotas sin trascendencia.