Entretenimiento

Nota al margen: El viaje soporífero de Edgar Enrique Crane

Sobre la novela “Andor” de Raquel Abend van Dalen (Suburbano Ediciones, 2017)

Andor

Raquel Abend van Dalen

 “Andor” (2017)

Apagué el teléfono y me acerqué como un invitado a la llave de gas. Así comienza a narrar Raquel Abend van Dalen esta historia, con estos dos gestos: dos de los tres únicos –además de introducir la cabeza en el horno– que Edgar Enrique Crane lleva a cabo con voluntad y determinación en el devenir que lo lleva a Andor. Esa voluntad y determinación, la de morirse (deseo del cual pronto lo sabremos reincidente) se ve debilitada sin embargo por una duda a destiempo e inoperante. Edgar se arrepiente pero tarde (el gas hizo su tarea, todo indica que en esta oportunidad el personaje habrá logrado su objetivo) pero alguien aparece, saca su cabeza del horno, y lo lleva a un hospital. Quien lo salva, una imagen materna que volverá a aparecer en la historia, además de halarlo a medias hacia la vida, interrumpe toda posibilidad de autonomía. Edgar recupera la conciencia, vive para contarlo, pero desde un sitio de geografía improbable llamado Andor, en un coma que es un road trip onírico, surreal, y que se develará como la oferta de una segunda oportunidad.

Desde la primera página de la novela, su título cobra fuerza: AndorAnd/Or. Edgar entra al horno con el gas encendido, y repentinamente aparece en una cabina telefónica usando el mismo vestuario que la noche “del final”, oliendo a pis y adolorido por la postura incómoda sostenida durante quién sabe cuántas horas en aquel cubículo, en una especie de estación de tren. En una especie de estación de tren. Lo que queda de su existencia, aparece en este lugar / tiempo inexplicable, que parece una cosa pero no lo es. Sin embargo no hay que preocuparse, pues más allá de las inquietudes y de la mala memoria o la confusión efecto de las neuronas adormecidas por el gas, pronto los empleados de Andor –empleados que son guías, guías de un viaje que Edgar nunca planeó– le asegurarán que todo estará bien, que gracias por estar, que Andor, es para usted.

Lo que sigue es un devenir, un fluir. Es como si el gas siguiese allí, haciendo aún de las suyas: Doy vueltas sin seguir ocultando que no sé lo que hago, que no sé bailar, que mis huesos no coordinan lo que quiero hacer y que mis movimientos surgen como una corriente involuntaria. Como en un déjà vu eterno Edgar se encontrará bailando de fiesta en fiesta en este resort liminar que por momentos se vuelve una oficina pública. De un dejarse llevar pasa repentinamente a otro, el de las planillas y filas interminables, el de las preguntas sin respuesta. Quizás al resort y la burocracia los hermanan justamente la imposibilidad de autogestión y decisión por parte de quienes se ven envueltos en ellos. Los hermanan su capacidad de circundar como un pulpo al pobre que caiga en sus tentáculos. Me gustaba ver cómo todos se divertían, aullando y riendo como si no hubiera un mañana. Correteaban como niños de un lado al otro y a nadie parecía importarle el hecho de que se acababan de conocer. Supongo que la cercanía a la muerte le quita importancia a ciertos detalles.

El lector desconoce si el lapso que Edgar transcurre en Andor es largo o corto, solo presencia la apertura de dimensiones sensoriales inesperadas. En efecto, valiéndose de imágenes evidencia una tradición muy propia, una mirada poética del desparpajo, del desinterés, de la ruina, Abend construye circunstancias quiméricas y encuentros improbables. Parecía que al cielo le hubieran clavado un puñal y que poco a poco se hubiera desbordado el universo hacia nosotros. Todas las pieles estaban brillantes, pintadas por el sudor y el reflejo del fuego. Corrí con Esmeralda, así se llamaba la chica, a la mesa de vinos. Nos acabamos una botella de vino, creo que español, y volvimos a la pista. Así, Edgar está en un lugar en el que lo imposible es normal, en el que referencias culturales occidentales y más aún caraqueñas, así como las pulsiones de una humanidad aún accesible, se tropiezan con personajes misteriosos, corredores imposibles y frustrantes, placas de hielo y lugares acuáticos, adormecedores de la poca conciencia que ha quedado a su disposición en el tránsito.

¿En tránsito hacia dónde? Esa pregunta es la que Abend responde o tal vez evade, es difícil saber, página a página; perdiendo a quien la lee en el discurrir entre un mundo material, en el que todo parece natural, y otro inmaterial, en el que todo es etéreo y nada requiere justificación. El suelo se veía sucio y descuidado, cualquier cosa pegajosa existía para formar parte de él. Todo lo que existe en Andor es perfecto. Está allí por algo. Vaya usted a saber por qué.

Edgar fuma. Edgar intenta seducir a una mujer. Edgar se excita y se frustra. Edgar recuerda flashes de su infancia y sueña con sexo. Lo invitan a bailar y se niega, corre y se esconde. Edgar se planta en fila durante horas. Llena planillas cuyas preguntas se reproducen como bacterias a medida en que va leyendo, Edgar dedica su tiempo a trámites lentos. Edgar se despecha, se reencuentra con viejas tendencias y costumbres de la vida “verdadera”, de su vida trunca. ¿Estás bien?, le pregunta una mujer por quien siente atracción, te ves un poco pálido, añade.

Siempre me veo así, responde él.

En efecto, Abend ofrece a quien lee una normalidad que es ante todo anormal. Edgar luce mal, como siempre, todo es nor-mal. Incómodo ante los giros inesperados de Andor y su maquinaria burocrática, o ante su propia incapacidad emocional, y de muy mal humor, sigue navegando o discurriendo como el polen flotando en el aire; continúa encontrándose con personajes que por algún motivo sí están ubicados, menos asombrados. Encuentra guías poco dispuestos a explicar lo que en ese sitio ocurre o cuál es su destino (si es que ellos conocen su destino), y que están más bien orientados a dejar todo fluir, y disfrutar. En general, se trata de interlocutores que han decidido entretenerse en Andor, (porque Andor es para usted, sí) y están de mejor humor. Pero claro, no hay que olvidar: Edgar es suicida. Está enfadado con el mundo, frustrado por lo fallido de su intento, por el error en primer lugar, entristecido por la muerte inaccesible, entristecido desde mucho antes, eso se descubre página tras página en la medida en que un pasado familiar desarraigado se va dibujando sin conformarse del todo: la memoria es así, y la falta de memoria, también es así. Edgar revisa por instantes ese pasado sobre el que un diario color turquesa podría ofrecer luces, o al menos, cable a tierra. Sigue bailando y dejándose bailar, con esta condena vaga, o con esta condena a la vaguedad. Hasta verse en la necesidad de definir si desea volver al mundo, si quiere un segundo chance.

De esta manera, quien lee y sigue al protagonista en su aventura somnolienta, desesperante, también termina perdida en el tiempo. “Andor es también para usted”, pareciera decir la novela a quien la lee, que poco a poco se pierde, que va dejándose guiar por los personajes tan duchos en aquel no tiempo no lugar. ―Error del hotel, nada grave, –me entregó un ticket blanco con dos rayas rosadas a los lados. ―Su tren partirá a las 12:15 del mediodía.

―¿Tren? –pregunté angustiado.

Así va quien lee, de estación a estación, como esa semilla flotando en el aire y sin saber a qué tierra irá a parar.