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La neolengua es el castigo del pueblo 

La instauración en Venezuela de la llamada neolengua avanza en un proceso semanticida que, al confiscar el significado real de las palabras, atenta contra la identidad individual y colectiva en un afán de enmascarar la realidad circundante

Eritza Liendo
Por Eritza Liendo

Rafael Cadenas es reconocido nacional e internacionalmente no solo por sus atributos como el poeta excelso que es, pero a ese fulgurante talento se suma también su talante como estudioso de las palabras en tanto que las considera instrumentos para forjar y consolidar la identidad cultural de los pueblos. Con esa convicción, escribió hace treinta y cuatro años un enjundioso ensayo sobre esta materia, En torno al lenguaje (Monte Ávila, 1984). “Si este trabajo pudiera servir como pequeño arsenal para defender lo más amenazado, la lengua y la cultura, me sentiría contento” (op. cit., pág. 9). Es lógica y plausible la esperanza del poeta, visto que se adentra en un terreno en el que subyacen, según él mismo, sus mayores pesimismos. Quizás haya sido por eso que, para no sentir que avanzaba entre tinieblas, se hizo acompañar en esa travesía reflexiva en torno al lenguaje por otras voces como las de Ángel Rosenblat, Pedro Salinas y Karl Kraus.

Hoy más que nunca viene a cuento citar ese magnífico trabajo de Cadenas porque, como él mismo dijera, “el mundo está a la vista”, y las dinámicas de ese mundo que vemos, que disfrutamos o que padecemos, no son ajenas a las dinámicas lingüísticas y discursivas. De hecho, hace tres años –durante un acto que realizó la Academia Nacional de la Lengua y en el cual se le concedió el Premio “Andrés Bello”– el poeta aprovechó la oportunidad para insistir en la importancia de permanecer atentos y vigilantes del uso que todos hacemos de las palabras: “Yo solo quiero referirme a un hecho que me preocupa. Es algo más grave que las simples fallas del lenguaje. Este se ha reducido a ser instrumento de la propaganda política. Lo grave, repito, es que palabras principales han sido vaciadas del contenido que deben llevar: Ley, Democracia, Constitución, Estado, Justicia y muchas otras han sido desvirtuadas por el lenguaje oficial (…) habría que restablecerle su significado verdadero”.

Desemantización y resemantización

Rafael Cadenas aboga por un proceso de resemantización: a las palabras hay que devolverles no solo su valor léxico sino también su prestancia; el poeta convoca a restituir la sana relación que debe existir entre significado y significante. No puede seguir siendo que se nombre algo para aludir una cosa completamente distinta e incluso opuesta. “De la palabra patria –dice el poeta– se abusa muchísimo. Cuando haya un cambio de gobierno, va a haber que lavar la palabra patria con un buen detergente”.

Lo que propone Cadenas para la palabra patria aplica para muchas otras que, de manera artera, han sido confiscadas por el discurso oficialista para hacer de ellas un uso tendencioso, manipulador y con fines de sometimiento. Como antídoto, el poeta aboga por una educación de calidad en la cual los estudios de lenguaje sean algo más que la parte tediosa del pensum. El poeta propone activar el modo en que la preocupación por la propia lengua materna ocupe un lugar privilegiado dentro de los intereses de los más jóvenes, de los profesionales honestos y, en particular, de los comunicadores sociales ya que, hoy por hoy, la prensa (en sus distintas plataformas y pese a sus bemoles) se posiciona como el último reducto de la democracia. Hay que estudiar, hay que reaprender a pensar, necesario es promover y auspiciar el sentido crítico ante la realidad circundante porque “un pueblo pobre de lengua es fácil pasto de la demagogia”.

Vigilar el modo en que nos expresamos es clave para no sucumbir ante el embrujo de la repetición. Necesario es recordar que quien ha cometido un delito es detenido y puesto preso; no privado de libertad. Es menester no perder de vista que la interrupción voluntaria del embarazo es un aborto; que toda actualización de precios supone un incremento; que apretarse el cinturón o arroparse hasta donde alcance la cobija es privarse de los gustos a los que estábamos acostumbrados; que siempre el daño colateral supone la muerte de civiles inocentes. Sobre todo es imperativo tener muy presente que acribillar a un hombre después de que se ha rendido (y pide negociar las condiciones de su entrega) no es darle de baja, es incurrir en una ejecución extrajudicial (con todo lo que esto implica en términos de violación de sus derechos humanos).

La neolengua es perniciosa de origen. Su carácter alternativo (paralelo y tangencial) está determinado por su afán de desemantizar, de devaluar la carga léxica de las palabras al mismo tiempo que transformarlas en otra cosa. En su momento, Antoine Meillet, uno de los principales lingüistas del siglo XX, se refirió al proceso de desemantización como a aquel en razón del cual una palabra se va vaciando de su carga semántica para convertirse en mero instrumento gramatical. En este proceso, según Meillet, lo contextual se impone a lo lexical con lo cual la carga verbal pasa a ser eminentemente funcional. Es decir, las palabras empiezan a significar aquello que le convenga a quien detente el poder. Por otra parte, le neolengua apela, como correlato de todo lo anterior, a una simplificación extrema de las estructuras morfosintácticas: la estructuración lingüística del pensamiento complejo es usurpada por el eslogan, por la consigna, por la contraseña, por el estribillo. Lo que estos signifiquen carece de importancia siempre y cuando favorezcan la (presunta) inclusión en un determinado grupo de favorecidos.

Eufemismos y disfemismos

A George Orwell se le atribuye esta frase: “Si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento”. No hay manera de dudar de la autoría de esta frase. No después de leer 1984 y de ver cuál es la ocupación de su protagonista, Winston Smith. Un hombre capaz de contravenir toda lógica y aceptar de buen grado que dos más dos suman cinco con tal de congraciarse con el Gran Hermano. Smith trabaja en el Ministerio de la Verdad, cuya misión y visión es corregir la historia y reescribirla a discreción: no importa cómo hayan pasado las cosas (ni cómo estén sucediendo), menester es adecuarla. Negar lo que haya que negar, afirmar lo que sea necesario afirmar y persuadir a quien haya que persuadir de la verdad oficial. Según el ficticio Ministerio de la Verdad: ignorancia es fuerza, guerra es paz, esclavitud es libertad, muerte es vida y todo lo feo es bello.

La neolengua tiene, como es lógico suponer, su propio arsenal de eufemismos para camuflar la realidad y para, llegado el caso, huir de ella. Tito Balza Santaella, en el mismo espíritu del poeta Cadenas –quien habla de los usos deshonestos de las palabras para encubrir la realidad– hace explícita su preocupación por el surgimiento (y el arraigo en ciertos sectores) de esta práctica por parte de los jerarcas del gobierno venezolano. “Las cosas no son llamadas por su nombre, y surge así una jerga que busca demagógicamente dominar al pueblo a través de la deformación del lenguaje. Es un deterioro general del idioma, y en la medida en que ese deterioro sea mayor, pues seremos más fáciles de dominar”.

Lo que trajo el agua

El deslave de Vargas, ocurrido en el aquel trágico 1999 (trágico en más de un sentido), fue propicio para que, sin el más mínimo temblor de voz, el entonces primer mandatario acuñara el término “dignificados” para aludir a quienes, en el desastre natural, perdieron tanto su vivienda como sus enseres y fueron reubicados en lo que, a partir de ese momento, se empezó a conocer como “vivienda digna”. Más atrás, vinieron los “niños de la patria” (que no porque les cambiaran el nombre dejaron de ser niños de la calle). En adelante, los neologismos se han propagado como pólvora. Los de uso más recurrente son “revolución” y “patria”. Revolución es el término utilizado para encubrir un sistema de gobierno en el cual un grupito de venezolanos (reales o presuntos) goza de todos los privilegios imaginables mientras la población padece de todas las penurias posibles. Patria es el vocablo que encubre una sensiblería nacionalista sobrevenida y que alienta un desprecio inoculado por los Estados Unidos de Norteamérica. Para todo lo demás, bienvenidos sean los cubanos, los chinos, los rusos y los iraníes.

La lista de neologismos con carga eufemística pica y se extiende. Es así como los indigentes dejaron de serlo para convertirse en personas en situación de calle. Es así como los negros dejaron de serlo para volverse afrodescendientes. Es así como la (hiper) inflación reinante pasó a ser actualización de precios. Es así como confiscar propiedades se convirtió en expropiación. Es así como ejecutar a un disidente es apenas darle de baja. Es así como una operación de comando policial en la que se somete a un grupo de irregulares (en minusvalía de número y de armas) se vuelve un enfrentamiento. Es así como los grupos paramilitares amparados por el gobierno son conocidos como colectivos de paz. Es así como al monumental fracaso en la gestión de los dineros y de los bienes públicos se le bautiza como guerra económica y es así como el racionamiento discrecional de los alimentos adquiere el rimbombante apelativo de sistema biométrico. Así también se pretende que la devaluación sistemática de nuestra moneda se acepte como mecanismo cambiario alternativo. Pueblo es una palabra cuyo significado quedó reducido a los seguidores del partido de gobierno. Finalmente, y no porque los ejemplos se hayan terminado, en Venezuela tenemos que aceptar que nuestra cédula de identidad haya sido suplantada por el carnet de la patria, y que ahora a las limosnas compensatorias rifadas por el gobierno se les llame bonos (del tipo que sea y para cada feriado).

El eufemismo es solo la cara visible de una misma moneda que por el otro lado tiene el disfemismo: una palabra o expresión deliberadamente despectiva, insultante y descalificativa que se usa en lugar de otra con carga más neutral. El eufemismo no es inocente; el disfemismo tampoco. Se le utiliza para que actúe con la misma fuerza y las mismas consecuencias de una granada fragmentaria: para destruir al otro, para despojarlo de su humanidad, para cosificarlo y, finalmente, anularlo en su entidad psicológica y espiritual. Por eso, en Venezuela –retóricamente hablando– dejó de haber oposición. Desde los tiempos del difunto Hugo Chávez, en nuestro país el disidente es escuálido, majunche, apátrida, vende-patria, pitiyanqui, derecha depredadora, oligarquía, pelucón, parásito, aguacatón (esos tres últimos, aportes del presidente Maduro). En Venezuela, todo el que exhibe públicamente su descontento con el gobierno es tildado de terrorista y todo punto en el que se concentren las protestas es definido como guarimba. Quien participe de la protesta adquiere la doble condición de guarimbero y de terrorista. Es decir: su opinión disidente es delito per se. Por lo tanto, lo deja fuera de la norma y del contrato social. En un juego de palabras cuya perversión avanza bidireccionalmente, se dice que en Venezuela no hay presos políticos sino políticos presos. Bien valdría la pena, llegados a este punto, leer el trabajo de Erving Goffman sobre el estigma como marca de la identidad deteriorada. Todo epíteto sustituye al nombre. Y todos sabemos que el nombre propio es clave como soporte de la entidad social y jurídica. Ha de ser quizás por eso que, desde su muerte, al extinto presidente venezolano se le menciona como “El gigante” o “Nuestro comandante eterno”. Su nombre ya no importa. No importa quién fue: solo importa el símbolo que representa como elemento de cohesión.

Siete sellos: crónicas de un apocalipsis

Gisela Kozak Rovero fue la compiladora. Ella tomó la iniciativa de reunir a más de una docena de escritores para conjugar, tal como dijo Fernando Fernández-Arias el día de la presentación del libro, “una compilación de pequeñas historias que muestran la vida real de la Venezuela de hoy”. En efecto, esas pequeñas historias aglutinaron en un mismo volumen las firmas de Adriana Villanueva, Alberto Barrera Tyszka, Eloi Yagüe, Tulio Hernández, Salvador Fleján, Leonardo Padrón, Raquel Rivas, José Urriola, Federico Vegas, Sinar Alvarado y esta servidora, entre otros. El libro se llama Siete sellos: crónica de la Venezuela revolucionaria, y fue publicado por Editorial Kalathos España. A mediados de febrero del año en curso, fue presentado en Casa de América, y en el acto, moderado por Atanasio Alegre, estuvieron presentes Fernando Gerbasi, Laura Cracco y Antonio Muñoz Molina. Todos tuvieron palabras de elogio para este trabajo que “retrata un mundo que es invivible”, “el testimonio de experiencias que nadie quiere escuchar porque son muy difíciles de creer”.

En esta oportunidad, queremos detenernos en las palabras de Antonio Muñoz Molina porque, de la manera más descarnada, aludió con ellas al denominador de todos los regímenes autoritarios, totalitarios o despóticos: el robo, la prostitución del lenguaje. “Con las palabras, ―dijo Muñoz Molina― hay que tener mucho cuidado y con la comparación de las situaciones también (…). Los autores de este libro se dedican al oficio de usar las palabras para contar la verdad”. Tras hacer esta salvedad y enaltecer la labor de escribir para dejar testimonio de los hechos, Muñoz Molina se despachó con una interpretación de lo que, a su modo de ver, es una de las peores perversiones del autoritarismo empoderado.

“Algo que tienen en común todas las dictaduras es el asalto del idioma, el saqueo del idioma… Mientras leía este libro, me fijaba en palabras, en expresiones del lenguaje oficial chavista y madurista y todo eso… Uno ve toda esa palabrería… eso del carnet de la patria, del Clap… Eso es una podredumbre del lenguaje porque tiene la finalidad estricta de ocultar la realidad. Todas las dictaduras han creado lenguajes paralelos. Todas las dictaduras han querido saquear el idioma. Entonces, una obligación del que está en contra de la dictadura es restaurar las palabras, es hacer que las palabras –como dice el viejo refrán español– llamen al pan, pan y al vino, vino”.

Para Muñoz Molina, eso es lo que hace un escritor; lo que hace un poeta: llamar pan al pan y al vino, vino. Pero, más todavía, esa debe ser labor del ciudadano. Es su deber primario el resguardo del idioma para que no se pierda la fiel correspondencia entre significado y significante. Muñoz Molina y Rafael Cadenas coinciden en lo imperioso de velar por la idoneidad del verbo. Sin caer en engolamientos puristas, de lo que se trata es de plantarles cara a quienes, desde su particular Ministerio de la Verdad, pretenden transformar la realidad circundante en un espejismo de virtualidades ideológicas. Ante la desemantización propuesta por la neolengua, Cadenas y Muñoz Molina coinciden en mantener activo el pensamiento crítico para no ir por la vida repitiendo estribillos y consignas que solo nos igualan como parte de una masa desposeída, menesterosa y dependiente.

“En el momento en que el lenguaje se corrompe y se prostituye, estamos perdiendo nuestra posibilidad de resistencia, y lo único que tenemos es el lenguaje, es la escritura, es el testimonio de la palabra a pesar de que lo que digamos sea difícil de creer, a pesar de que no nos escuchen (…). Estas crónicas tienen una altísima calidad literaria. Es una literatura de alta categoría puesta al servicio de contar la verdad… y cuando las cosas son contadas como son resultan increíbles…”.

No importa que no nos crean. Ya lo dijo Cadenas: “El mundo está ahí”.