Entretenimiento

Un muro, una centella, un ojo de agua

A continuación, las palabras de presentación de María Fernanda Palacios sobre “El muro de Mandelshtam”, el más reciente poemario de Igor Barreto (2017). El libro fue editado por la Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, con diseño de Waleska Belisario, e impreso por Editorial Ex Libris, bajo el cuidado de Javier Aizpurua

Igor Barreto

Vasco Szinetar ©

 Igor Barreto 

Igor Barreto

Vasco Szinetar ©

 Igor Barreto 

Osip Mandelshtam

 Osip Mandelshtam (1er arresto)

Osip Mandelshtam

 Osip Mandelshtam (2do arresto)

En mi interior se teje una conversación que aún no entiendo.

Igor Barreto

No soy el contemporáneo de nadie.

Osip Mandelshtam

En rigor, nadie sabe en qué época vive.

Anna Ajmátova

En ciertos períodos de la historia, solo la poesía es capaz de enfrentarse a la realidad condensándola en algo aprehensible, algo que de otro modo no podría ser retenido por la mente.

Joseph Brodsky

(...) puede ser que la misma poesía sea tan solo una cita admirable.

Anna Ajmátova

I. Un homenaje

¿De dónde sale este muro –El muro de Mandelshtam?

“Mandelshtam”… ¿cómo fue que ese nombre, ese hombre, vino a morirse otra vez tan lejos del campo de tránsito de Vladivostok?

Me dije: ¿será que Igor ha hecho una lectura al sesgo, en verso, de la vida y la poesía de Mandelshtam? ¿será que todo esto es solamente un homenaje al poeta… al poeta más grande del sigo pasado? –Un homenaje al poeta víctima, muerto en una estación de tránsito, camino a uno de los campos del Gulag, en la época más sombría de la dictadura stalinista…, y –por carambola– una inevitable alusión a la suerte de un hombre en tiempos totalitarios…

¿Se tratará de eso… de una reverencia –la que un poeta le hace a otro a través del tiempo? Ya eso sería suficiente, sobre todo si recordamos que fue Mandelshtam quien preguntó quién podría pegar con su sangre la fractura entre los siglos. Y entonces ahora Igor levanta un muro, un epitafio, en la zanja que lleva el nombre de un tal Mandelshtam.

“¿Qué calle es esta?

Calle Mandelshtam

Qué diablo de apellido

No te lo puedes sacar

Pero suena torcido

Lineal no es

liláceo tampoco

Y por eso esta calle

para ser más precisos, esta zanja,

lleva el nombre de ese tal Mandelshtam”.

Puedo ver en este muro aquella sangre que pedía Mandeshltam para juntar las vértebras de un siglo roto porque el corazón de un poeta está en la boca, allí donde el mundo se articula y rompe a hablar… porque la sangre, la savia sabia del poeta es la saliva de un humano bautizo que nos hermana con el mundo.

Este es un homenaje que por momentos parece un himno, otros una elegía, y es, a la vez, un canto sembrado de estelas fúnebres, el santo sepulcro donde escuchamos la conversación de Igor con la sombra del poeta difunto, retazos de una oscura ceremonia de apariciones desquiciadas y extraviadas en el muro de un presente, en donde –como me dijo Igor una vez– en la amnesia y el desierto del presente espejea nuestra Alejandría. Un presente donde lo único que quedó fue la palabra... y la palabra... acampó en nosotros (“1920”, Tierranegra).

Al final, lo que importa –como dice Igor– es comprender la vida que se lleva en un ghetto, y a continuación transcribe lo que copió en su cuaderno, tomado del mandelshtaniano Coloquio sobre Dante: “Aquí el presente puro está tomado como escapatoria. Totalmente separado del futuro y del pasado, el presente se conjuga como miedo, como peligro”. Y añade: “... díganme ahora si esto no les parece un barrio caraqueño: el presente se conjuga como miedo, como peligro”.

Ghetto, citta dolente, barrio caraqueño, presente puro, palabra dantesca... el Muro de Mandelshtam.

Entonces, esto sería un homenaje en el que Igor narra un último viaje de Mandelshtam, el que no conoció su viuda ni reposa en los archivos del Gulag, el viaje donde Mandelshtam aprendió a bailar guaracha y descubre que no hay dios que salve, porque en el ghetto de Ojo de Agua Igor le dijo: “esto que somos no tiene remedio”.

Por eso, no creo que este libro sea tan solo un homenaje sino algo más denso. Se trata del misterio de una profunda afinidad entre estos dos poetas, sostenida por la misteriosa continuidad de la vida entre lugares y siglos tan distintos y distantes. La misteriosa continuidad del silencio y la belleza...

Ambos, Mandelshtam e Igor, componen su poesía impulsados por un mismo deseo que Mandelshtam expresó en estos versos:

“¡Que mis labios redescubran

el silencio original

como una nota cristalina

pura de nacimiento!”

Igor, poeta al fin, de nacimiento diría yo, sabe antes de saberlo eso que Mandelshtam invocó en ese poema tempranero, cuando exclama...

“Ella todavía no ha nacido;

ella, música y palabra,

y de todo lo viviente

el lazo indisoluble.

(Silentium!)”

O aquello que, en este otro, de 1909, él presagia por igual: su Armenia futura y su ghetto en Ojo de Agua.

“No hay nada de qué hablar,

nada que enseñar,

y qué triste pero hermosa

la oscura alma animal.

No quiere enseñar nada.

Ni siquiera puede hablar

pero se sumerge,

como un joven delfín,

en las grises profundidades del mundo”.

Esta afinidad me dice que no necesitamos saber quién es Mandelshtam para leer este Muro y reconocer que estamos ante un milagro.

Sí, dije milagro. Y no se trata de un elogio para la galería. Lo digo en serio y empleo esta palabra de manera exacta y sobriamente. Los milagros no suceden todos los días y por eso son milagros. Y no siempre sucede que repartan pan y vino. Los milagros son lo opuesto al pan y circo del poder... son hechos tremendos y estremecedores, desconciertan y nos extrañan y nos dejan atónitos, despojados de rutinas, libres del peso del presente.

Y ante la aparición de estos milagros, comencemos por reconocer la modestia artesanal de estos dos poetas en sus poemas, su propio desconcierto y su lenta y atenta entrega a una realidad que los rebasa.

Confieso que este milagro lo veía venir, lo intuía cuando escuché las primeras campanadas, cuando Igor, aquí, en este Lugar Común, a mediados del año pasado, leyó un pedazo del muro, y me dije ―por ahí viene algo raro, fruto de uno de esos pacientes e inspirados extrañamientos suyos. Y al fin, cuando hace apenas dos semanas me dejó el muro en la puerta, fui pasando de la perplejidad y el asombro, a lo que Mandelshtam llamó la dicha del reconocimiento:

“¡Ah, en la raída urdimbre de nuestra vida,

qué pobre es el lenguaje de la dicha!

Todo lo que fue, volverá a repetirse

y solo es dulce el instante del reconocimiento” (Tristia).

Por eso siento que este libro es un homenaje y a la vez una aparición, fruto al mismo tiempo de una increíble afinación, una penetración y un extrañamiento, un salto ejecutado con calma, con la extremada calma de este tragasables que encarna el “Ars brevísima” de las criaturas de Ojo de Agua:

“El poeta

debe escribir

con calma:

como el tragador de sables

en el circo

que se dice

a sí mismo:

Con calma...

para no herirse”.

La poesía es así: milagrosa. El único o último refugio que le queda a esta tierra de gracia en la desgracia.

Entonces, Igor le hace un homenaje a Mandelshtam, tanto como en cada poema de Mandelshtam hay un homenaje a Ojo de Agua. Entonces, no se trata de influencia, ni de préstamos o robos literales o psíquicos, se trata de una a-fi-na-ción, ambos se sumergen y penetran una misma sustancia formadora, y escriben arrastrados por un mismo impulso a contracorriente del orden evolutivo. Porque Igor comparte con este y otros rusos –pienso en Jlebnikov y en Viktor Shklovski– una simpatía cómplice con el viejo Lamarck:

“Había una vez un viejo patriarca torpe y temeroso,

Tímido como un muchacho,

Que se batió por el honor de la naturaleza

¿Quién otro, si no el valiente Lamarck?

Si la vida es solo una enmienda

En un corto día de reversión,

Entonces estaré en el último peldaño

De la escala móvil de Lamarck.

Hallaré mi camino a través de los lagartos y las culebras,

Bajaré hasta los anélidos y los gusanos,

A través de la elástica pasarela, por las subdivisiones

Hasta disminuirme y desaparecer, como Proteo.

Me pondré un abrigo de concha,

Renunciaré a la sangre caliente,

Me cubriré de ventosas

Y hundiré mis tentáculos en la espuma del océano.

Hemos recorrido el orden de los insectos

Con sus ojos copudos.

Él dijo: “la naturaleza es una matanza.

La visión no existe: estás viendo por última vez”.

Él dijo: “¡Basta de armonía!

Amaste a Mozart en vano,

Ahora empieza la sordera de la araña.

La falla es mayor que nuestra fuerza”.

La naturaleza nos ha abandonado,

Como si no nos necesitara,

Y enfundó el cerebro medular,

Como una espada en una vaina oscura.

Pero olvidó el puente levadizo,

Es muy tarde para bajarlo

A los que tienen un verde sepulcro,

Una roja respiración y franca risa”.

Igor encontró a Mandelshtam y Mandelshtam encontró a Igor... Es un encuentro fuera del tiempo, un traspié entre dos estrellas: dos poetas fundiéndose, no en una misma voz sino en una misma oscuridad.

Ostranenie es la palabra justa y rusa, para referirse a esta locura mandelshtaniana. Y aunque la palabra se traduzca como locura, este extrañamiento no es tan loco como suena porque al igual que los portentos, se ha gestado lentamente y responde a movimientos tectónicos o estelares tan misteriosos como elementales en la conciencia de un poeta.

II. Metamorfosis

Mandelstam decía que uno no debe preguntar qué quiere decir un poema sino de dónde viene, de dónde salió.

Aquí sabemos adónde llegó: este muro está en el ghetto caraqueño de Ojo de Agua. Y nosotros, que hemos leído a Igor, nos preguntamos cómo aquellos ríos y sabanas apureñas vienen a desembocar en este muro, y cómo fue que el Transiberiano pasó por la estación de Ojo de Agua, camino a Vladivostok.

Noto que Igor se ha movido hacia este territorio desde hace mucho, y veo llegar el Transiberiano hasta Ojo de agua y descargar este muro como otra de esas tantas “apariciones suspendidas sobre el elan del agua”, como las llamó Igor en un poema de Tierranegra: una carama extraviada, que encalla en el presente de este valle sin lágrimas.

Son transformaciones de la materia poética, pero ellas se toman su tiempo.

A veces siento que el muro ya estaba formándose en las Carreteras nocturnas... Cuando Igor volaba sobre Dachau, con la ayuda de Google Earth.
 Cuando empezó a escuchar los perros de la historia...
 –es decir con la metamorfosis de los perros de la Baralt y escuchó cómo las personas se ladran a lo lejos... hasta finalmente ver el instante “–cuando el otro en el negror del contraluz decide irse / y se hace muro en una esquina” 
(“1920”,Tierranegra). Ya entonces las bolsas negras habían comenzado su vuelo, “transformadas en algo celeste” y “eran grandes pañuelos negros o señales religiosas...” (“Habladurías”).

Nada extraño entonces que en Ojo de Agua, Lalo (la locura) y el Sr. Kalazán y un tal Jaiker, hicieran aquel globo “recubriendo una esfera de alambre con el plástico negro de varias bolsas de basura”.

“Me dijeron que era una luna negra, o un eclipse de sol construido para recordar a Mandelshtam. Yo les volví a preguntar:
 ―¿Es acaso una luna nueva?
 Y ellos respondieron:

―Por Dios, es una Luna vieja y vacía”.

Un paréntesis: fíjense ustedes en la exactitud artesanal con que hablan estos malandros de su trabajo, la precisión de lenguaje, no importa la escala social o el grado de instrucción, un artesano emplea de manera exacta su instrumento.

Y el relato concluye:

“Y el globo se elevó la tarde de un día viernes. Solo deseamos que donde se encuentre el poeta ruso Osip Mandelshtam, lo pueda ver”.

Así, en este muro, la imaginación es un instrumento de penetración y revelación artesanal de la realidad, hasta dar con aquel lazo indisoluble de todo lo viviente que invocaba Mandelshtam en su primer libro.

Atento a las sedimentaciones y los desprendimientos, Igor no es un poeta contemplativo, sino un poeta productivo. Como ha dicho Brodsky de Ovidio, “su caza fue la morfología, su captura las metamorfosis”. (“Carta a Horacio”). Y esto también lo aproxima a Mandelshtam.

Y, como agrega Brodsky en esa misma carta, el poeta ha entendido “una verdad tan simple como la de que los seres humanos están compuestos de la misma materia de la que está hecha el mundo”.

Entonces, si pregunto de dónde vienen estos poemas, de dónde sale el ghetto de Ojo de Agua, no me digan que sale de contemplar el “nacimiento” de los ranchos, de observar el cinturón marginal de la ciudad, o de cartografiar nuestra miseria urbana. No. Yo insisto en lo de la caza ovidiana y las Metamorfosis. Y quiero mostrarlo.

Uno de los poemas de El duelo comienza diciendo:

“El ojo de un caballo es un ojo de agua”.

ojo de agua está en cursiva.

Los libros anteriores de Igor, esos libros que deslumbran por las imágenes del llano, sus gentes, la naturaleza y la crónica de un mundo desaparecido, hacían pensar que Igor era un poeta temático, que había dado con su tema, olvidando lo que Drumond llama el ascensor que subía y bajaba en sus primeros libros.
 Yo tampoco diría que Igor es un poeta del paisaje. Creo que su poesía ha penetrado el paisaje devolviéndolo a su silencio original, que se ha sumergido en una materia más fluida y sin contornos precisos, ajena a lo pintoresco. Un lugar, sí, sin lo local: localizado, sí, pero descolocado –antes que entrañado, un paisaje extrañado.

Y ahora que he podido releer junto al Muro estos dos libros anteriores de Igor, El duelo y Carreteras nocturnas, me doy cuenta de algo que tiene que ver con la poesía y la política.
 Permítanme un aparte sobre esos libros.

Aquellos dos libros aparecieron bajo la consigna de El Puente, todavía dentro de la órbita de una emoción política, porque El Puente, más que una revista, era una actitud y la expectativa de una acción reconciliadora. No buscábamos un “diálogo” sino tan solo un lezamiano puente, pero ahora, repito, comprendo que el verdadero puente no estaba en la revista ni en una acción distinta de la escritura misma, ahora comprendo que el puente era la poesía que se podía escribir y se está escribiendo. Que la poesía es el puente. Y por eso no debemos lamentar que el intercambio entre las dos orillas no se diera y la fractura se consumara, irreductible.

El puente que Igor buscaba está en todos los poemas que ha escrito. En todos la palabra es una sonda profunda que penetra, con calma –con calma de tragasable– en las heridas incurables de esta tierra: una sonda sostenida por la tensión semántica de una palabra que escapa a la realidad tragándose la realidad. Si nos dejamos caer en lo temático de estos textos, si se evapora la imagen, nos quedamos con el cuento insoportablemente cruel de todos lo días. Lo mismo sucede con Ojo de Agua. Pero si aferrados a la imagen, navegamos por el ojo de aquel caballo, este recupera su belleza homérica, y sentimos que aquellas lágrimas que lloraron junto a Aquiles, ahora somos nosotros quienes las derramamos por ellos: caballos puentes con el hambre desalmada de una tierra desagradecida que devora su belleza.

No. Igor no es un poeta temático, ni de los caballos ni de los barrios de Caracas. El no dice yo soy el poeta del caballo, del llano o del gallo, sino el poeta que navega en el ojo de agua de este otro caballo, y voy a contar lo que en el escudo no cuenta el caballo sin escudo de esta Venezuela hambrienta en cada rincón del alma de un hombre a quien una oscura mano le roba el alazán, y en el duelo de ese caballo muerto están todos los cuerpos que se amontonan en la morgue.

Morfología y metamorfosis: los seres humanos están compuestos de la misma materia de la que está hecha el mundo. Igor y Mandelshtam están afinados en esa misma nota.

Sigo leyendo a Igor un poco más atrás y en la Crónica llana dedicada “A Salvador Santos y a Elías Tovar, mis galleros de tantos años” leo:

“El gallo salta y cae

en otra oscuridad”.

Es la mirada del gallero –por supuesto, pero también la del poeta, del salto de una conciencia que cae al otro lado, el salto dentro de la locura.
 Una imagen que también podría iluminar un instante de la vida de Mandelshtam.

Mandelshtam no es ajeno al ser de estos gallos.
 Aquel ruso, el poeta, al igual que su extraño doble malandro de Ojo de Agua, también se calzaba las espuelas para el camino de la muerte (cf. Crónicas llanas).

Ostranenie, nieve en la estación de Ojo de Agua

Creo que bastan los versos que hemos leído para darnos cuenta de cómo este libro, este muro, no es una corriente distinta del curso que venía siguiendo la poesía de Igor. Las fuentes imaginales, el trasfondo y los ecos pueden haber cambiado, su letra se ha hecho más oscura, la materia poética más densa, como si pasara del agua dulce al aguafuerte, pero impulsado y arrastrado por la fuerza de unas mismas aguas, navegando a contracorriente, no buscando desembocaduras sino sus nacientes.

Y braceando en el ojo de agua de aquel caballo sentimos cómo esa imagen se estira en el espacio y se condensa en el tiempo. 
Y llega a las antípodas, hasta Vladivostock , un siglo atrás.

Al final del Duelo, justo antes de “Hambre” (–ese poema enorme y espantoso) se halla este otro, brevísimo:

“Ensancharse

y sacar al animal del canto”.

El animal –no me pregunten qué quiere decir sacarlo del canto. Pero sí sé que hay que ensancharse, que si no lo hacemos, el animal no sale, y ¿quién querría escuchar un canto sin que asome su animal?

“Qué puede ser un verso sino un corralito...

una madera podrida... para contener el animal que somos”

(El muro de Mandelshtam).

Ensánchate y no pidas explicaciones, comprende sin entender y entiende sin comprender: ensánchate y verás cómo el canto y el muro, el animal y Mandelshtam, Ojo de agua y la estación de tránsito de Vladivostok, son una misma imagen que salta y respira en otra oscuridad.

En el centro sin centro de este poema, en una vereda del ghetto, hay una caja de madera, en la caja una pregunta, una pregunta es como un hueco, un vacío, como el grito de Munch: se trata de “la definición de la pobreza”.

Pero en este muro la pobreza no se exhibe, la sentimos.
 Y es que la exhibición y la definición la han vuelto invisible para ese órgano esquivo y en extinción que llaman piedad. Estamos acostumbrados a una cierta rutina del ultraje y la palabra pobreza, como violencia o marginalidad forman parte de nuestras rutinas expresivas. Existen foros y postgrados, especialistas y funcionarios en esta cuestión y el tema de la pobreza desplaza, oculta y abrocha la pobreza en un discurso, en unos parámetros, en el clave bien temperado de los ministerios sin misterio y allí de la pobreza no suenan sus notas falsas ni sus cuerdas rotas ni sus teclas mudas...

La poesía del muro va a contracorriente: ni denuncia, ni documenta, ni cartografía, ni retrata o explica la pobreza, no la coloca en el marco moral de lo inaceptable –y por lo tanto inexistente– ni en el registro retórico de una sublime ignominia, ni en el estilístico de la antipoesía. Esta poesía no se avergüenza de ser poesía.

La llama de la piedad que la poesía aviva no es la misma, no puede ni debe ser la misma que alimenta el esfuerzo de las empresas humanitarias. La poesía no habla piadosamente a favor de causa alguna, no promueve acciones porque ya es acción. La poesía te lleva al animal que no se deja nombrar y a la definición que no se alcanza. 
Igor lo dice en un poema anterior al de la caja – “Significados”: no se trata de realidades, se trata de apuntar “significados tan enormes” que quiebran el contorno de las palabras. Por eso aquí la palabra pobreza se queda encerrada en una caja.

Una caja perfecta, sin clavos, seis tapas herméticamente selladas, las vetas prolongándose en una misma dirección potenciaban su oscuridad interna, y corre la voz de que ella encierra la definición de la pobreza.
 Y no fue posible abrirla.

“―¿Qué interés pueden tener en una pobreza que ya no les molesta...?

Dice una voz.

―¿Quién ha dicho que el dolor y la desgracia se definen de alguna manera?

Dice otra”.

Extrañamientos: esa locura rusa, el grito con que pasan esos rusos “llamándonos locos” –ostranenie– es parte de ese “funambulismo verbal” (cf. Shklovsky, “Teoría de la prosa”) que implica para Shklovsky escribir poesía. En el extrañamiento, decían los formalistas, el efecto estético no se limita a los desplazamientos y transferencias de significado –ese viejo fundamento metafórico de la lírica, lo decisivo está en la construcción de un universo perceptible y denso que desautomatice la comprensión. Así, para estos rusos, la poesía roza la profundidad de la lengua, no su estructura profunda en términos lingüísticos, sino la simultaneidad entre la visión y la comprensión: esa suerte de centella semántica que ella arroja sobre la realidad, aunque, desde otro plano podríamos decir que la quiebra, la rompe, la fragmenta. Mandelshtam, el de allá, decía que en los estadios más lejanos del habla no hallamos conceptos sino direcciones: “orientaciones, miedos y deseos, necesidades y temores” –es decir, la realidad inmediata en la que vive el Mandelshtam de acá.

“La palabra es un haz de significados y el sentido sale de él en varias direcciones, y no se orienta hacia un punto oficial”, decía aquel Mandelshtam, y aquí, en ese Muro, nos desplazamos por atajos y rodeos. Aquí la imagen suplanta la argumentación lógica sin suprimir la razón, pensamos imaginando, ensanchando la conciencia incorporando el asombro con naturalidad, como en un sueño, como la lamparita oscilando en la mano del niño de la camisa blanca en el andén de Ojo de agua.

Todo este libro, Ojo de Agua como la ciudad dolente del inferno mandelshtaniano, puede captarse como la aparición de un cosmos, una centella que cae sobre la realidad para revelarla de golpe. No son estrofas, advertía Mandelshtam leyendo la Comedia, sino un cuerpo o una figura cristalográfica, atravesado por un constante immpulso generador. Un muro, dice Igor. Y el Muro, Mandelshtam y el ghetto, es decir Ojo de Agua, son nombres, formas, facetas, de una única imagen, donde cada una de sus apariciones tiene una densidad y una potencia de significación inédita, precisa y aglutinante, que va fluyendo y metamorfoseándose a lo largo del texto: voces de difuntos, diálogos de los vivos, crónicas que circulan... Un poema como este es una zona de sentidos oscilantes, de fronteras porosas entre las palabras y sus funciones, de imágenes espejeantes y referencias esquivas o dudosas, extrañas a la geografía y la cronología, y extrañas sobre todo a la sociología y las ideologías.
 Para recorrer esta zona se necesita conservar algo de nuestra capacidad de asombro y una disposición para aceptar el juego de trampas, equívocos, fantasmagorías y desapariciones que allí ocurren, acompasando la conciencia con palabras que se declinan en la emoción que provocan, y no en el significado en que acostumbran dormitar.

En El llano ciego Igor dijo: “tratar desde la confusión y el balbuceo de ensayar un canto ensanchando la posibiidad de una lírica distinta”.
 Igor amplía estas líneas cuando en las primeras rayas sobre este Muro advierte: “Yo vengo del encuentro con las antípodas. Quiero decir que en estos años me ha preocupado la posibilidad de atar poéticamente dos extremos”. Y habla entonces de ese deseado nudo al que me referí al comienzo –citando a Mandelshtam– como el lazo indisoluble de todo lo visible.

“La poesía se diferencia del discurso automático en que nos despierta y sacude en medio de una palabra. Entonces la palabra parece mucho más larga de lo que pensábamos y recordamos que hablar significa siempre estar en camino”.

(Mandelshtam. Coloquio sobre Dante).

El Mandelshtam de Ojo de Agua es fruto de esa centella en las antípodas, el centelleo de una realidad en otra, de un tiempo en otro: “de forma paradójica ―agrega Igor al comienzo de El muro– en el fugaz presente ocurren también las cosas más intemporales: los sucesos más terribles que tienen un vínculo inesperado con la eternidad”.

Y todo este relato, la crónica fragmentaria de sus días en Ojo de Agua, el cuarto de Mandelshtam y el piano de Edwin Fischer, las tumbas y sus epitafios, quedan envueltos en la humareda blanca y el silbato del famoso Transiberiano y la voz del niño de la camisa blanca meciendo su lámpara en el aire... repitiendo como un conjuro y un adiós la palabra ostranenie... “¡Ooossstraaaaneeeenie! ¡Ooossstraaaaneeeenie!”

Después llega la nieve, cae la nieve... “y los gatos congelados caen de las cornisas y se parten como un simple jarrón”.

Cosas extrañas... que ensanchan la realidad, y sacan el animal del canto...

“Mandelshtam es un animal en el centro de un círculo”

y yo... enseguida veo
 que ya “tiene las espuelas calzadas para la muerte”.

A esto llamo un milagro.
 Un fragmento de esa “sexta parte del mundo”.

*

Nota

Cito verisones mías de los poemas de Mandelshtam y la traducción de García Gabaldón del Coloquio sobre Dante.

M.F.P.


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Palabras de presentación de María Fernanda Palacios, leídas el 4 de marzo de 2007, en la Librería Lugar Común Altamira, Caracas.