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Mario Morenza: “La literatura es el alma codificada de un país”

Serie “Nuevo país de las letras”. Banesco. Mario Morenza: “La literatura es el alma codificada de un país”. Texto: Sergio Moreno González / Fotos: Ángela Bonadies

Mario Morenza

Ángela Bonadies

 Mario Morenza 

Su narrativa de fuerte acento urbano tiene como punto de partida el Bloque 4 de Coche, donde se crió. Allí descubrió la literatura a muy temprana edad, cuando se encerró por cuatro horas en el baño y leyó Los hombres más malos del mundo, de Otrova Gomas. Desde ese momento no ha parado de devorar libros e historias. Para ser un buen escritor, hay que leer sin freno.

El soundtrack de su vida decora las paredes de la casa: Héctor Lavoe, Queen, Dire Straits, Genesis, Gualberto Ibarreto, The Police y Elton John. Todos cuelgan como cuadros sobre los muebles de la sala. Los discos de vinil semejan adornos musicales; también las decenas de casetes, esparcidos por todo el apartamento. Los aparatos para hacerlos sonar ya no sirven. Dejaron de funcionar hace algún tiempo, pero recuerdan cómo se escuchaba el mundo antes, cómo se sentía. Para Mario Morenza la memoria es una herramienta imprescindible en su trabajo. Escribe para no olvidar.

“La narrativa, de algún modo, cuenta lo que ya ocurrió. El escritor cumple la función del cronista que observa la realidad y narra las experiencias que bullen de esas voces. En el pasado encontramos una cantera de emociones, de sentimientos. La literatura se arma, se construye, se nutre de los recuerdos. Los traduces por aquellos que no tienen la necesidad de contar historias. Cuando algo te impacta, te conmueve, vas y lo escribes, incluso inconscientemente”.

Bloque 4

Los volúmenes de su biblioteca pueden llegar a dos mil. Los ha clasificado varias veces, por nombres y categorías: los que ya leyó, los que ameritan una relectura, los nuevos. Es una manera de organizar sus recuerdos, como si en cada libro se encontrara un trozo de alegría, o de tristeza, que permanece vivo ahí dentro.

“Para los lectores, los recuerdos son retazos de emociones que has leído. Entonces la vida se convierte en una épica, en una saga. Hubo momentos en que me interesó mucho la narrativa de Javier Marías; también la de Antonio Muñoz Molina, la de Juan Villoro. Cuando hago mis relatos, busco estructuras que me permitan resolver historias. Como cuando escribí ‘Adán y otros siameses’, que está inspirado en Historia universal de la infamia, de Jorge Luis Borges. En ese relato, los personajes son seducidos por el mal. Es también una parodia a la literatura western, al género policial. Tomé esa estructura como lo hizo Bolaño en algunos de sus cuentos, como lo han hecho tantos otros escritores latinoamericanos”.

Enumera sin pudor a los escritores que se han infiltrado en su narrativa. Los ha imitado. Pero más que copias, han servido de inspiración para darle forma a sus historias. Le interesa plasmar atmósferas que lleven a los lectores por las mismas sendas emocionales que ya cruzaron los grandes maestros. Insiste en Villoro, Muñoz Molina, Cercas, pero también se fija en José Balza, en Guillermo Meneses y, más recientemente, en Miguel Gomes, cuya obra fue analizada en su último trabajo de ascenso.

“Si lees a Felisberto Hernández, y luego pasas a Cortázar, te das cuenta de que el argentino leyó muy bien al uruguayo. En uno de sus cuentos, Felisberto habla de un médico que está curando una mano, que luego se da cuenta de que es la suya propia. Es la misma estructura de ‛No se culpe a nadie’, de Cortázar. Uno tiene los narradores a los que siempre vuelve y esas influencias van a permear. Más allá de que uno no sea tan habilidoso como Cortázar o Borges, al menos tenemos la noción de que podemos contar ese tipo de historias. Para escribir uno tiene que leer mucho, constantemente, y a autores distintos”.

La historia de “Adán y otros siameses” se incluyó en su segundo libro, La senda de los diálogos perdidos. Esa recopilación de relatos ganó en 2007 el II Premio Nacional Universitario de Literatura, cuando el autor tenía 25 años de edad. Dos años antes había salido su primer libro, Pasillos de mi memoria ajena, obra finalista del V Concurso para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores. Allí incluía su cuento “Vitrum”, que antes se había seleccionado para la Antología de la novísima narrativa joven hispanoamericana de 2008.

“Entrar a mi hogar siempre fue una sucesión abecedaria. El fin, sin embargo, no estaba en la letra Z, sino en la E, que era el último eslabón del Bloque 4 de Coche, donde crecí. Esa puede ser la razón que me llevó a la literatura. Nunca hubo una sumatoria de números; siempre se trataba de letras”.

Esa numeración abecedaria de los apartamentos de Coche la extrapoló a La senda de los diálogos perdidos. Los relatos van de la A hasta la G: A de Alucinaciones, B de Balbuceos, C de Carencias, D de Desahogos, E de Exterminios, F de Farsas y G de Guaridas. Historias de personajes en principio reales que la ficción ubica en un espacio-tiempo caraqueño a veces incierto y a veces reconocibles por edificios bajos y amplios en los que se crió. Una sucesión de letras e historias, separadas por pisos, apartamentos y personas.

“Cuando era niño, recuerdo que había un vecino que pasó tres días sin salir de su apartamento. Estaba muerto y nadie lo fue a rescatar. La historia quedó anclada en la memoria, hasta que decidí contarla en el libro. Está en la sección A-3. Lo llamé ‛Graba conversaciones’. Allí expongo a varios personajes que luego reaparecen en otros cuentos”.

Esa especie de crónica urbana, que se sumerge en el universo íntimo de unos vecinos, revelando una cotidianidad cargada de miseria, se describe de esta manera: “Por tres gruesas horas, el olor a descomposición sorprendió los olfatos de los vecinos de la Letra A durante el mediodía de un sábado. Cuando se percataron de que el único de los residentes que faltaba por reportar su queja era el señor Seco y de que su Sierra estaba estacionado en su puesto habitual, sospecharon que algo andaba mal: la pestilencia ya no era a comida descompuesta, sino a órganos humanos en descomposición. Entre Pulusa, el Psicólogo de Bloque 4 y los poderes mentales de Rafaela, forzaron la puerta luego de varios intentos para comunicarse con él. Seco era flaco y alto, y con un tic nervioso en el ojo izquierdo que lo hacía parpadear compulsivamente. El hemisferio derecho de sus bigotes tenía una proporción de quince canas por cada cien vellos”.

La senda de los diálogos perdidos es un tributo a los relatos de George Perec en La vida: instrucciones de uso. Esto es, historias que siguen una estructura narrativa peculiar: la de la trayectoria del caballo en un juego de ajedrez. El autor traza el recorrido de sus personajes saltando del piso 4 al 2, pero en forma de L. Se trata siempre de los apartamentos del Bloque 4 de Coche. También se puede leer como un homenaje a lo que hizo Juan Carlos Méndez Guédez en Historias del edificio.

“En cada letra se tocan ciertas sensaciones, se vinculan las emociones. Es el caso de ‛Antes que el muro se desplome’, que pertenece a la sección B de Balbuceos. Ese cuento me gusta mucho. Se trata de un joven que se enamora de una chica. La dibuja en un extremo del Bloque, como si la única forma de recordarla fuera a través de la imagen. La dibuja en un muro, pero lo derriban por las construcciones del metro. En síntesis, tiene que intervenir el espacio doméstico para recordarla”.

En Coche experimentó las situaciones más importantes de su vida: la crianza con sus abuelos, su iniciación como lector, el levantamiento de su biblioteca, la necesidad acelerada de contar historias, la determinación de convertirse en escritor. Por eso se inscribió en la Escuela de Letras de la UCV.

Pasillos de mi memoria ajena, su primer libro, está dedicado “a los Óscar Morenza”, en plural. “Me refería al Óscar Morenza padre (mi abuelo), quien partió mucho antes de que yo hubiese escrito la primera frase de esa novela, y al Óscar Morenza hijo (mi papá), quien partió poco antes de que yo le hubiese puesto la última palabra a la novela”.

Su particular apellido, Morenza, viajó desde Cuba hasta Venezuela luego de la llegada del régimen castrista. “Mis abuelos llegaron a Caracas con la caída de Batista. Había mucha miseria y hambre. La situación era bastante complicada y mi familia estaba muy mal. La mayoría de los cubanos veía a Fidel como un mesías. Esperaban al salvador. Era la historia cíclica de América Latina: siempre esperando a un héroe, en todos los escenarios”.

Su abuelo, Óscar Morenza, aprendió a tocar saxofón y clarinete en Cuba. Ser músico le ayudó a encontrar trabajo en Venezuela: entró en la orquesta Billo’s Caracas Boys. “Estaba pequeño cuando me mudé con mis abuelos. Fueron en verdad mis padres: me criaron, me enseñaron valores, me echaban cuentos a la hora de dormir. Con mi abuela veía telenovelas. Y la música del abuelo permeó mi sistema, no tanto como notas melódicas sino como narrativa. Quizás por eso, mis dos primeros libros están hermanados en la nostalgia: lo familiar, lo filial, la memoria ajena, los recuerdos de otros, los recuerdos propios. Con eso comencé a hacer ficción. Para mí fue como una primera etapa. Seguramente dentro de diez años escribiré cosas distintas”.

En ese apartamento de Coche, de noventa metros cuadrados, Mario descubrió la literatura. Lo hizo a temprana edad, gracias a un libro que tenía su papá: Los hombres más malos del mundo, de Otrova Gomas. Su primer día como lector transcurrió en el baño. Allí se encerró por cuatro horas, pegado a las páginas. Cree que allí comenzó la fascinación por la palabra escrita.

“Con mi abuela veía muchas telenovelas. Intentaba descubrir cómo construían las tramas. Ese fue mi primer taller de narrativa. Tiempo después, me di cuenta de que, al escribir, se cruzan la memoria, el deseo y la ficción. Existe una tesis de la neurociencia que habla de los engramas: son como fisuras en el cerebro donde se alojan los recuerdos. Estoy seguro de que uno empieza a escribir dependiendo de cómo se mueven estos engramas. Uno sobre otro, terminan por remover la memoria”.

Los cochazos

“Si alguna vez Alfonso Reyes dijo que escribía con las dos puntas del lápiz, ciertamente pudiéramos sostener que los escritores venezolanos escriben con el pico de las botellas de cerveza. El añejamiento de una legión considerable de nuestra literatura se ha ejercitado más en las tascas que en las bibliotecas: no se podía esperar un resultado lejano para un país que es campeón mundial de consumo de whisky y tiene un envidiable récord Guinness en felicidad de sus habitantes. Nunca hemos participado en un mundial de fútbol y nuestros logros deportivos son escasos. Quizá drenemos nuestros afanes con competencias del espíritu o bebidas que lo alteren”.

La introducción del texto “La cuenta, por favor: cerveza, ficción y otras costumbres” establece una revisión de la influencia histórica que han tenido las tascas, bares, tabernas y taguaras en nuestra actividad literaria. Las dinámicas nocturnas sirven de momentáneas válvulas de escape. La noche se hace cómplice de los encuentros furtivos entre creadores, que comparten los relatos breves que recogen en las calles.

“Creo que en unos meses escribiré algo sobre el oficio de los ‘bachaqueros’. Son el reflejo de un momento particular del país, la consecuencia de un fracaso económico. Habría que contarlo a la manera en que lo hizo Fedosy Santaella en su novela Las aventuras inéditas de Teofilus Jones. Él presenta allí a una sociedad distópica en la que tener hielo en casa te da cierto poder. Sería algo semejante pero con el jabón, la harina, el aceite”.

De estos encuentros nocturnos y de la vida universitaria emergió “El apéndice de Pablo”, una revista literaria creada por un grupo de escritores: Alexis Pablo, Hensli Rahn, Ana Lucía de Bastos, Yoel Villa, Ricardo Ramírez, Dayana Fraile, Keila Vall, Graciela Yáñez Vicentini, Miguel Hidalgo Prince y Mario Morenza. Portavoces de un proyecto ecléctico que reúne diversas disciplinas, ya han colgado siete entregas en la red.

El tránsito creativo de este grupo también ha confluido en la casa de Mario, en fiestas épicas que pasaron a la historia como “los cochazos”. En el apartamento del Bloque 4 se han encontrado decenas de personajes diversos, que dejan sus huellas en una de las paredes de la casa, repleta de mensajes, poemas, reflexiones. Un muro para celebrar las ideas.

La rampa de la Escuela de Letras

“¿Leer nos hace mejores personas? No necesariamente. Hay muchos literatos que se comportan como cínicos. Pero sin duda que leer garantiza una visión más amplia de la realidad, más profunda, más compleja. No hay forma de que te dejes engañar por los falsos mesías”.

En los libros que leyó en su casa, Mario descubrió la libertad de pensamiento, el derecho a disentir, la posibilidad de crear sus propias historias. Esa seducción por la narrativa fue alimentada en la Escuela de Letras. “Los cinco años de carrera se convirtieron para mí en un taller de creación. Por lo menos así lo viví, gracias a la cantidad de experiencias que tuve con los maestros. Las clases tenían un cariz lúdico, que era animado constantemente por profesores como María Fernanda Palacios, Alberto Barrera Tyszka u Óscar Marcano”.

A María Fernanda Palacios le entregó un trabajo que todavía conserva en una de las gavetas de su biblioteca: un ensayo que redactó en forma de correspondencia, entre un director de teatro y una actriz. Dos cartas de amor que colocó en un par de sobres blancos, unidos por el revés de sus pestañas. El ejercicio creativo obtuvo la mayor calificación. Un trabajo que luego se convirtió en cuento: “E-mail al director”.

Decenas de libretas usadas reposan en su biblioteca, en un espacio distinto a los libros. Son sus herramientas de trabajo, que utiliza sistemáticamente para apuntar: situaciones que llaman su atención en la calle, noticias que le sorprenden en la prensa, sucesos increíbles en el Metro, encuentros en la universidad, en los bares o con amigos. Pistas que evolucionan hasta convertirse en cuentos presentes o futuros.

“Casi todas las películas de Hollywood están basadas en las estructuras de Vladimir Propp. Son fórmulas que funcionan, que ayudan a esclarecer el panorama cuando la propia historia los empastela. Como decía Cortázar: nada que sobre, nada que falte. Escribir es un oficio, un trabajo. Es investigación. Requiere tiempo y dedicación”.

En la Escuela de Letras encontró un engranaje metódico, técnico, más pausado, cuando llegó a los estudios de cuarto nivel. En la maestría en Literatura Venezolana de la UCV, Mario ha logrado establecer márgenes de escritura, investigar a fondo sobre los escritores que le interesan y desarrollar trabajos académicos.

Hijos del vacío

Los escritores venezolanos suelen tener una visión pesimista del tiempo presente. Su tarea es leer el entorno, digerirlo, para luego contarlo. Por eso se les hace imposible escapar del duro peso de la realidad, que se hace aplastante. El país siempre invade lo que se escribe.

“La literatura es el alma codificada de un país. Y en Venezuela cada vez se ven cosas más horrendas, más espantosas. Recuerdo que cuando salía el Monstruo de Mamera en ‘Archivo Criminal’ todos temblábamos de terror. Ahora luce como un personaje de ciencia ficción frente a los ‘pranes’. La violencia se ha vuelto un tema tan recurrente que ni siquiera nos da tiempo de asimilar las cosas que ocurren. Hay crímenes de los cuales ni nos enteramos. En algún momento se volverá tan cotidiano que dejará de ser noticia. Ese día perderemos nuestra capacidad de asombro”.

Escribir sobre Caracas le llevó a abordar el tema del miedo. Aún recuerda la impresión que le causó el llamado caso Kennedy: estudiantes asesinados impunemente por un pelotón de la Guardia Nacional. Un Estado de Guerra decretado contra los civiles. La terrible noticia le recordó la historia de las gacelas y el miedo persistente que sienten por su entorno, que se relata en El principito. Un grupo de científicos pensó que, al mantenerlas en cautiverio, alejadas de los depredadores, seguramente perderían el miedo en la cuarta generación. Pero nunca ocurrió. “La verdad de las gacelas es tener miedo. Es su reacción natural. Vivimos en una ciudad, con tanta desesperanza y violencia, que parecemos gacelas. Transitamos entre una jauría de la que no podemos escapar”.

De ese sentimiento desesperanzador surgió “La verdad de las gacelas”, un texto que sigue la pista del crimen del barrio Kennedy de Caricuao, ocurrido en 2005. Mario utiliza las herramientas narrativas para reconstruir el terrible suceso. En la historia hay una reivindicación de las víctimas, que acapararon gran centimetraje en la prensa nacional, pero que luego formaron parte de la estadística fatal de miles de muertes violentas. El texto salió publicado en 2011, como finalista del concurso Sacven.

En el relato, la historia la cuenta el oficial Roque Sandiego, un funcionario de la policía que busca desenredar la trama: “La memoria suele ser leprosa cuando le conviene el olvido. Pero ese no es mi problema. Según lo relatado por las sobrevivientes y algunos testigos, la situación fue más o menos así. El 27 de junio de 2005 fue el peor día en la vida de estos seis estudiantes. Para los unos acabó su vida, para las otras, ese día seguirá con ellas, en sus peores pesadillas, en sus celebraciones cuando las haya, en sus pensamientos depravados, cuando los haya, el por qué me salvé y ellos no, el inenarrable síndrome del sobreviviente. Todo comenzó hacia las 10:30, algunos aseguran que pasadas las 11:00. Los tiempos son irrelevantes a estas alturas. Los asesinatos que devienen en cangrejos desconocen relojes, con sus tenazas desmenuzan cualquier aguja o instrumento de medición, quedan clavados justo allí, en el crepúsculo blanco que dejaron en la historia. (…) Leonardo le ofreció la cola a sus compañeros. Salían exhaustos del parcial de matemáticas. La primera en bajarse sería Elizabeth Rosales, la copiloto. Los demás iban en el asiento de atrás y se ubicaban así: Erick Montenegro, de veintidós años, estaba sentado hacia una de las ventanas. Edgar Quintero, el más joven, de diecinueve, en la otra. Irúa Moreno, de veinte, y Danitza Buitriago, de veintiséis, entre Edgar y Erick. Leonardo conducía por la subida del barrio Kennedy. De pronto, un grupo de sujetos armados le bloquearon el camino. Comenzaron los problemas. Lógicamente creyeron que se trataba de una banda de delincuentes organizada, dispuesta a todo. Allí estaban los guardias custodiando su alcabala. Los estudiantes actuaron como prófugos (¿quién no lo haría con media docena de encapuchados apuntándote?). ‛¡Alto!’, gritaron algunos guardias. Y un primer disparo estalló. Uno de los encapuchados se derrumbó, herido, sangrando, lamentándose. Lo que ocurrió a continuación es confuso. Y es confuso porque el miedo es confeso y contagioso. Es la emoción más sincera, la que no puedes ocultar”.

Una dosis irracional de realidad se apodera de parte del texto. El entorno suele ser determinante para los personajes del autor en la mayoría de sus relatos. Historias que intentan escapar del contexto incómodo, sobreponerse a las circunstancias.

El exilio, sin embargo, no ha tocado aún su narrativa. “Es un tema que siempre ha estado presente en la literatura venezolana, pero que ahora adquiere otros componentes. El formato de los gobiernos, de vida, de civilización, ha cambiado, pero seguimos sin resolver algunos asuntos como sociedad. Y la narrativa venezolana, como espejo de nación, nos remite al exilio en distintas épocas. Es una constante invariable. Hace poco me topé con un libro de Alejandro Moreno que describe las fallas estructurales de la familia venezolana. Arrastramos nudos desde la época de la Conquista. José Balza dice que aún somos un país adolescente”.

En el futuro cercano, quiere escribir sobre el fenómeno de los hijos del vacío. Jóvenes que han crecido sin la figura de la madre, que se han criado sin identidad. “La sociedad venezolana se reconoce más como hijo que como hombre. La figura del padre siempre ha estado ausente. Pero ahora también la de la madre. Son una legión de huérfanos que matan impunemente, que no les importa morir. No quieren suicidarse, sino que alguien los suicide. Creo que por ahí iría parte del relato”.

“En este momento hay una necesidad de escribir desde varias trincheras. La gente quiere contar cosas, bien sea de superación personal, coaching o nueva era. Me los he topado en el curso ‘Introducción a la escritura creativa’, que doy en la Escuela de Escritores. Llegan psicoanalistas, abogados, profesionales de la industria farmacéutica, hasta ex funcionarios del Cicpc. Vivimos tiempos en los que la gente busca exorcizar sus demonios, de cualquier manera. También lo veo en los talleres, adonde llegan con la ansiedad de contar historias para combatir el estrés, para desahogarse. Quieren ser narradores. Tienen un interés inusitado por la palabra, una pulsión contenida por el verbo”.

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*La entrevista forma parte del libro Nuevo país de las letras, publicado por Banesco Banco Universal, Caracas, 2016. Compilación: Antonio López Ortega.