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Luis Olavarrieta, en paz consigo mismo

Con apenas 17 años comenzó en el programa Ají picante y se convirtió en uno de los rostros más conocidos de la televisión. Con el tiempo, el periodista y animador se ha ganado el reconocimiento por su talento delante y detrás de las cámaras, y más recientemente como reportero de calle. Relata cómo ayudar a otros le permitió sanar su yo interior 

Luis Olavarrieta

El octavo punto energético del mundo está situado en el estado Mérida, un pueblito llamado Ciudad Fresita, tan recóndito que Google Maps aún no lo registra. Acompañar a la animadora y su amiga Josemith Bermúdez, llevó a Luis Olavarrieta a esos parajes en una búsqueda espiritual que le ha cambiado la existencia. Alguien que siempre se sintió diferente e incomprendido por los demás, se muestra en el presente sosegado, amable y con los brazos abiertos para recibir las lecciones de la vida. “Más allá de la relaciones de pareja, del contacto con los demás, de la comunicación efectiva, había algo en mí que nunca me permitía estar contento con nada de lo que hacía. Siempre estaba ansioso; estaba comiendo y a la vez pensando en que tenía que volver a comer, o trabajando y pensando en el libreto que debía hacer la siguiente semana. Nunca había tenido como un control ni pausa ante nada; incluso, no dormía, no descansaba. Ciertamente, eso me llevó a tener un carácter muy difícil”.

Ciudad Fresita es una de las paradas de ese viaje introspectivo que empezó hace nueve meses, mediante el que ha cambiado hasta su forma de abrazar: “Se tiene que unir corazón con corazón, yo lo entendí al cuarto día de mi viaje. El contacto con los piaroas me ha ayudado mucho, ellos tienen algo maravilloso, y es que todas sus técnicas o trabajos son a través del agua, que hay que dejarla correr como el río, igual que hay que dejar fluir todas esas cargas que a veces ni siquiera son tuyas”. Asegura haber desarrollado en Roraima una sensibilidad que le hace llorar hasta cuando escribe un mensaje de texto, y en Ciudad Fresita encontró la sanación en manos de su guía espiritual, Axel. “Lo importante es reconocerse, y yo he reconocido mucho, no desde el ego, sino mis fallas, mis faltas. Soy una persona que no se autocritica ni se juzga, concilio conmigo mismo. Creo que la vida es bastante compleja, pero uno se la puede hacer más aún si se está en ese autocuestionamiento”, asevera.

Quienes lo tildaron de antipático o arrogante buena parte de los diez años que participó en el programa Ají picante, hoy perciben el cambio, aunque para Olavarrieta, echar una mirada hacia atrás no lo avergüenza ni acobarda. “Ese antes me llevó a lo que soy ahora. Era muy difícil, era lo que irradiaba, la gente no estaba distante a lo que yo era. Soy un ejemplo de que sí se puede cambiar, sí se puede evolucionar desde todo aspecto, espiritual y profesional. Ahora estoy en paz conmigo mismo y muy contento con las cosas que me suceden, que son el resultado de todo lo que ha pasado”.

Tras los retos

Centenares de twits comenzaron a llegar al teléfono celular de Olavarrieta, que recién lo había encendido esperando la llamada para esta entrevista. Ante los mensajes inquietantes de quienes pensaban que había sido el periodista herido entre los manifestantes de una Caracas convulsionada, aclaró en su cuenta de Twitter que no se trataba de él sino de un colega de Caraota Digital, plataforma donde hace meses muestra su faceta más retadora y anhelada como reportero de calle.

“Entré como columnista en el área de espectáculos, pero todo lo que se fue planteando mediante el ritmo tan acelerado que lleva el país con el tema político me desvirtuó la mirada, y fui muy inteligente porque era lo que siempre busqué. El tema más difícil conmigo fue el ego, y mi jefa, Yanitza León, de las mejores reporteras de RCTV, me ha ayudado a soltarlo; me puso a pagar ‘plantón’, como decimos los periodistas, seis horas esperando que saliera Henrique Capriles a declarar. A la segunda hora ya estaba histérico, pensaba en la comodidad de la oficina con aire acondicionado. Al llamarla me dijo: ‘Te quedas ahí hasta que salga Capriles’, y me colgó el teléfono. Otro día, reporteando las protestas desde El Rosal, le explico que en ese lugar no estaba pasando nada, y ella insistió en que me quedara ahí, que no me moviera; a los dos minutos la noticia me cayó a los pies. Uno cree que sabe todo y aprendes que la vida te enfrenta a gente que te da grandes lecciones y te lleva a canalizar la carrera. Le debo mucho a ella, es muy dura, es contundente, me ha enseñado a serlo en ese aspecto”.

El regreso al trabajo de calle también lo ha reconectado con un público que pocas veces lo reconoce por haber sido el ácido conductor de Ají picante, programa del que afirma le quedó una gran escuela detrás de cámaras, y unas ganas enormes de no volver a probar un trago. “Desde que entré no solo estuve delante de cámaras. Yo editaba, pietaba, musicalizaba, buscaba mis propios sonidos, hacia todo el proceso, y eso me ha permitido asumir retos, como la producción general de programas. Agradezco mucho lo que Rita Núñez hizo conmigo porque me tuvo una fe insólita, me dio la primera oportunidad y siempre buscó la manera de que canalizara mis fortalezas para desarrollarlas, y mis debilidades también”, recuerda Olavarrieta.

Televen le abriría las puertas, luego del cierre de RCTV, con un proyecto del que asegura no se parecía en nada a él, Vitrina en construcción, por lo que decide escribir un piloto que asumió como un reto profesional y personal, siguiendo el consejo de oro del productor José Simón Escalona: callar y escuchar. “Hablé mucho durante diez años en Ají picante, la gente estaba obstinada de escucharme. Detrás de las cámaras fue un éxito, me dio la oportunidad de saltar la imagen un poco sangrona que tenía para hacer un programa más serio, me asesoré mucho. Escalona me dijo que tratara de no salir tanto en cámara para que la gente me fuera escuchando y, después, relacionándose de una manera más positiva con mi imagen, porque ciertamente había un cierto rechazo a lo que había hecho por tantos años. El público me concebía como insolente y arrogante; fui pionero en ese estilo, ya era algo innato, no fue fácil aprender a vivir con eso”.

De la investigación sobre el espectáculo y el entretenimiento, el joven periodista asumió la producción de Rostros del crimen, programa en el que más allá de analizar la criminalidad en Venezuela, procura aportar consejos para abordarla e, incluso, para que la sociedad trabaje sus dificultades emocionales con el fin de construir mejores ciudadanos desde casa. “Hacer televisión y mezclarlo con el área de investigación me parece muy interesante. Venezuela fue la cuna más importante de la televisión latinoamericana, después de México. Hicimos formatos tan exitosos que fueron replicados en el mundo. Yo vengo de esa formación, me siento con la capacidad de asumir retos más grandes y es lo que me he planteado toda la vida, no voy a hacer nada que me aburra, y me aburro rápido. Mi sueño es volver a la televisión pujante y ¿por qué no? ser la cabeza de alguno de los proyectos más trascendentes del país. Estoy seguro de que me va a ir muy bien porque trabajo con mucha mística. Tengo todos los defectos, pero soy un tipo comprometido”.


Afinidad especial

Victoria, hermana de Olavarrieta, le canta, envía mensajes por Whatsapp, baila y comparte con él con mucha más frecuencia que con el resto de la familia. Le reconoce la voz y salta de emoción. Es especial, pero su hermano nunca ha marcado diferencias, no la presiona ni limita, y ha establecido una conexión única con ella, así como en su niñez lo hicieran sus nanas, Andrea y Silveria. “No entiendo cómo recibía tanto amor de ellas”, recuerda entre lagrimas. Ese  don para relacionarse con su hermana le sorprende y lo agradece, en especial cuando puede compartir con niños de Asodeco, la Fundación Asperger de Venezuela y Autismo en Voz Alta, entre otras instituciones y causas benéficas con las que colabora. “No tengo ningún tipo de bloqueo. Así nos comunicamos, respetando su espacio y ellos el mío, así estoy haciéndolos un poco feliz, poniéndome en su lugar. La sociedad los presiona, quiere que vayan a su ritmo, que hagan lo que hacen los demás, cuando ellos tienen sus propios tiempos. Déjenlos fluir como ellos fluyan”, agrega.


 

“Me veo trabajando por Venezuela. Quiero seguir aquí. Este país siempre me ha respondido con la mejor cara. En las marchas he tenido la oportunidad de conectarme con la Venezuela verdadera y tengo constantemente pruebas de amor del venezolano, no hacia mí, sino hacia el más necesitado”

 


Sin libreto

¿Qué le da pánico? Nada. Puedo decir que le tengo miedo a la venganza, no me gusta cuando la gente dice que se va a vengar.

¿Su libro favorito? A la caza del león del periodista Jorge Ramos. Me lo prestó un amigo hace 10 años y lo he leído como 20 veces.

¿Si tuviera un superpoder, cuál sería? Irme al cielo un rato, visitar a todo el mundo que está allá arriba, abrazarlos, hacen falta.

¿Qué colecciona? Me gustan mucho las chaquetas negras. Uno de mis guías espirituales me decía que debía botarlas, y le dije: ‘Ponme todas las penitencias que quieras, pero no me hagas botar mis chaquetas negras’. Soy un rockero frustrado.

¿Un sitio favorito? El tepuy Autana. No he visto en mi vida un lugar más mágico.

¿Su lema de vida? Perdón y paz.

En Instagram @olavarrietaluis En Twitter @luisolavarrieta