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Los “Intrusos” que nos envía Jacobo Villalobos

Con su primer libro, “26 humillados”, Jacobo Villalobos obtuvo el premio de narrativa de Autores Inéditos 2016, que otorga Monte Ávila Editores. Con su segundo, “Intrusos”, ha obtenido el Premio Franco Venezolano a la Joven Vocación Literaria, patrocinado por Fundavag, la Embajada de Francia en Venezuela y la Universidad de Carabobo

Intrusos

La primera edición del Premio Franco-Venezolano a la Joven Vocación Literaria (2016) tuvo un resultado insospechado. Aparte de la enorme cantidad de obras propuestas (libros de relatos) y la calidad de casi todas ellas, la distinción se otorgó a Intrusos, un conjunto de relatos absolutamente sorprendente y excéntrico en la literatura venezolana. Desde comienzos del siglo XX, con los relatos de Jesús Enrique Lossada, hoy olvidados y postergados, nadie volvió a abordar el relato de ficción donde las irrealidades (mucho más convincentes y creíbles que esa realidad que llaman “fáctica”) sean el personaje vital de la trama. Esta es, esa recuperación de la narrativa sobre la irrealidad, suerte de nuevo género del relato negro, creo, la cualidad general más sobresaliente en esta obra premiada de Jacobo Villalobos, apenas veintidós años de edad y solo un libro anterior y reciente, también de cuentos (26 humillados, al que se le confirió el premio del Concurso para Autores Inéditos en la mención narrativa, y publicó Monte Ávila en el 2016).

Con el patrocinio de la Embajada de Francia, la Universidad de Carabobo, la Feria del Libro de esta misma universidad y Fundavag, los once relatos de Intrusos (Fundavag Ediciones), revisados y premiados por un jurado indiscutible (Ana Teresa Torres, José Balza, Carlos Sandoval y el entonces embajador de Francia en Venezuela, Frédéric Desagneaux), constituyen un verdadero golpe de luz, novedad e innovación en la historia de la literatura venezolana.

Lo es por la naturaleza de esas historias donde realidad e irrealidad, objetividad y virtualidad, se intercambian para demostrar que lo visto, oído, palpado, gustado, olido, son apenas las primeras y menos significativas puertas de ingreso al mundo de lo humano, complejo como ningún otro, imposible de apresar en esquemas y fórmulas inconmovibles. Pero también lo es gracias a su armazón imaginativa (donde todo es más probable y creíble que cualquier territorio de la racionalidad), por la tensión con la que se va desplegando cada relato, por sus sorprendentes e insólitas sorpresas (no encontramos en ellos ninguna sorpresa convencional o previsible) y por la sinuosa y enérgica presencia de la contemporaneidad (en particular, de los instrumentos del ciberuniverso y de los mundos de la digitalización, lea usted, por ejemplo el relato “Los asesinos”), así como también por la nitidez con la cual, aquí y allá, se anulan o reformulan los tiempos y los espacios (una buena muestra es el cuento titulado “Siberia”).

Además, a lo largo de estas páginas, más que encontrarnos con personajes de literatura, nos asaltan personas vivas en sus conflictos, confusiones, perplejidades, indecisiones e, incluso, en ciertas candideces que las llevan a no percatarse del todo de ese mundo fluido, ventoso, acuoso, donde casi todo es otra cosa o lugar o realidad o tiempo. Todo es siempre lo otro, o casi siempre. Y estas personas, que no personajes, son las que sufren y narran con su sangre en borbollones, su respiración fuera de sitio, su carne desplazada, sus temblores, los acontecimientos que se ofrecen tanto en el interior como en el entorno, tanto en la mente como en el sudor o la voz apenas escuchada, puesto que, en efecto, los “intrusos” siempre están allí (como el dinosaurio de Monterroso), inevitables, o, acaso, son ellos quienes les dan entidad a las existencias narrables o sugeribles de estas tramas.

Y a pesar de la “irrealidad”, no pasan de largo estas páginas las pinceladas sutiles al mismo tiempo que evidentes, también alegóricas, sobre nuestra situación (hoy todos la llevamos a cuestas). Así, el agua se ausenta, la electricidad se fuga quién sabe a dónde, la gente emigra como si escapara de pestes simultáneas, todo cargado con tal densidad irrealista (la mejor manera de vivir lo real) que se cuela en estos cuentos, sórdida y contumaz, como el guante en la mano que le falta.

Las historias de Intrusos contienen otra virtud nada menor. Están levantadas con una estructura narrativa y con una escritura expresiva completamente limpias, a veces casi hijas del reportaje o de la crónica, donde las emociones tienen que ocurrir en el lector a partir de su inmersión en el texto. Pero no es este quien señala la ruta, siempre forzada, de lo que el lector debe sentir o imaginar pues, en el fondo, se trata de historias para que las hagamos nuestras, las imaginemos en nosotros y las vivamos con todo nuestro cuerpo en vilo.

También nos tocan (a manera de metonimias o sarcasmos) algunos otros datos peculiares. Por ejemplo, el de la escritura amenazada o bajo inminente amenaza (paséese por el relato “El devorador”), el trastrocamiento del machismo (no se pierda “El embarazo”), la ficcionalización con biografías de escritores celebrados (Sylvia Plath, Raymond Carver, John Kennedy Toole). Y da otras vueltas de tuerca, así, en “Reuniones” nos obliga a calibrar bien el misterio de los personajes, e incluso a pensar que acaso no son, que el personaje es la vida en su multiplicidad imposible de someter; y en “Muerte sin espectáculo” nos pone enfrente el terror ancestral, el de una especie que tiene conciencia de su mortalidad, pero es incpaz de aceptar que se muere.

Es probable que todos los relatos de Intrusos sean una explosión metafórica sobre la realidad desde y en la irrealidad, sobre la constante acechanza de seres y situaciones insólitas en las vidas de seres comunes (o casi), ordinarios (o casi), sin que estos se percaten de eso que ocurre y les ocurre. Si no me cree, visite el relato “Desaparecer” (casi homenaje a “Casa tomada” de Cortázar) donde Shou, Yun, la tablet, el iPod, nos adentran y revuelven en una suerte de territorialidad pokemónica donde un intruso, ese burmy que nos cierra el libro y nos abrirnos a nosotros y a esos misteriosos contornos siempre asediantes, nunca admitidos pero persistentes como un cuchillo que nos abre, desde intuiciones y presentimientos, carnes y conciencia.

Mientras más creemos que está bien controlada nuestra existencia, menos dominio tenemos sobre ella. Quizás sea esto lo que nos dice al oído y en susurros cada línea de esta obra de Jacobo Villalobos.