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Liscano

La trayectoria de Juan Liscano (1915-2001) desborda cualquier intento de resumen. Poeta, ensayista, investigador, crítico de literatura y arte, periodista, editor, culturólogo e infatigable actor de la vida pública venezolana. Su obra sobrepasa los 80 títulos en las más diversas disciplinas. Aquí nuestro homenaje al director fundador del Papel Literario

Juan Liscano

Archivo El Nacional

 Juan Liscano 

Tras el hombre que tenía probadamente el sentido de la actualidad estaba el pensador del ser y de la trascendencia del ser. Resulta curiosa esta posibilidad en quien aborrecía las modas y lo que estaba de moda pero hacía la experiencia de la moda para criticar su actualidad y su inmediatismo, opuesto al ser. Combatía la novedad y la novelería, de las que estaba informadísimo. Leía la prensa diaria minuciosamente y recortaba las noticias y fotografías que lo impactaban y sobre las cuales meditaba y discutía. En teoría habría que suponer que su ocupación intelectual y espiritual con el ser suprimían lo inmediato, pero, al contrario, la posesión del ser no era el reposo, lo inmediato se le imponía y lo rechazaba a punta de trascendencia. Una de las pruebas de su sentido de actualidad era su índole polémica, su posibilidad de estar siempre en el candelero y en el asunto y enfrentar las contradicciones de la opinión. Su pasión por la actualidad era una consecuencia de su trascendentalismo porque la literatura y la poesía, que eran su gran marca, no se encerraban en sí mismas sino que trascendían al ser. Aquí, dos motivos de polémica: una contra las artes puras, abstractas, textualistas, no figurativas y por el contrario, también y a la vez, contra quienes veían las artes como mero reflejo de la realidad, como causa sociológica. Es el caso, por ejemplo, de su personalísima lectura de Rómulo Gallegos, a quien eligió como su maestro y su mistagogo. Para defenderlo de quienes criticaban su arte pedagógico y moralizador oponía el carácter trascendente de quien había investigado los pantanos de los orígenes históricos y raciales de nuestra hybris. Pero, a la vez, arrancaba a Gallegos de su actualidad o de las marcas sociológicas de su tiempo leyendo en su obra el mito y los arquetipos, proponiendo interpretaciones espiritualistas. Leía al poeta Muñoz para sacarlo del marco de una poesía de desmembración lingüística contra el estatus para colocarlo en el campo de la trascendencia. De esta manera, Liscano hizo periodismo tanto en el Papel Literario, que dirigió en su fundación, como en la revista Zona Franca que mantuvo durante veintitrés años. Una personalidad hecha para la actualidad del periodismo y para la polémica. De la misma manera, en las “Cartas al director” de El Nacional que escribía y le publicaban frecuentemente en los años ochenta, comentando lo habido y por haber entablaba discusiones sobre el rock y Michael Jackson para criticar la actualidad opuesta al ser de la diabólica música comercial. Es de recordar cómo fue crítico de la televisión no solo por la ínfima calidad de sus programaciones sino que por su carácter alienante, convirtiéndose en el más entusiasta representante de los apocalípticos en el sentido que le daba Umberto Eco. Sus afanes con el folklore, la décima popular y la morfología de los tambores negros estaban motivados por la trascendencia, es decir, encontrar una población más cercana a los mitos, a la intuición, a lo irracional contra la ciudad y el fantasma racionalista del progreso. La actualidad y el actualismo en los que se movía su curiosidad hacia los adelantos tecnológicos, que condenaba, estaban hechos de su visión del tiempo como instancia a la que hay que trascender. Nombrar contra el tiempo. Esas tensiones, esos polos opuestos de atracción lo hacían padecer el horror por la historia, esa entelequia que dirige los pasos de la humanidad hacia su deshumanización. Buscaba el estado de paz del alma aferrándose a las contradicciones: “Debe haber en nosotros mismos un lugar donde cese el combate de los contrarios”. Su ascesis, su purga de las pasiones eran las contradicciones. Su ascesis a la racionalidad dentro de la cual sabía conducirse perfectamente era la convicción de que no todo se explicaba y el territorio de la irracionalidad y lo larvario aceleraban su pensamiento y su ritmo poético. Se complacía en metáforas abruptas sobre las diosas, amazonas y madres terribles que se escondían debajo de la superficie racional. Si al principio había en él amor hacia la naturaleza y el paisaje de la originalidad americana, hubo luego el ecologismo como parte de su combate contra los males tecnológicos de la civilización. Apocalíptico y catastrofista, la sobrepoblación, la explosión demográfica, el urbanismo desmedido, la contaminación del planeta, le hacían vivir intensamente la convicción de un fin cercano, que le causaba angustia. Los males del mundo, la política, la urgencia de Venezuela, todos temas periodísticos de actualidad, formaban su ración diaria de incertidumbre que se expresaba en artículos de prensa que no han sido recogidos en libro acaso por su cantidad, aunque también por estar ceñidos a la actualidad y a lo efímero del momento. Para él había también la actualidad cultural que lo hizo participar en las discusiones, críticas y enormes polémicas sobre la constitución primero del Inciba y luego del Conac. Y había la actualidad literaria que para él, particularmente, tuvo una época privilegiada en los años sesenta con sus vanguardias y sus revoluciones lingüísticas y políticas. El diario El Nacional, que fue el espacio de sus reflexiones, está marcado desde los años cuarenta con su paso por la vida intelectual venezolana. Artículos, declaraciones, entrevistas, noticias, señalan su lugar prominente. Estaba en todo, nada dejaba pasar.