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Juan Carlos Chirinos, agarrado a la escritura como un gato

María Laura Padrón ofrece esta serie de conversaciones con escritores venezolanos residenciados en España, cuyo punto de partida es su primer libro publicado. Presentamos la segunda entrega: entrevista a Juan Carlos Chirinos, quien vendrá próximamente a Venezuela desde Madrid, invitado por la Fundación Caupolicán Ovalles, para participar en la FILCAR 

Juan Carlos Chirinos

Kala Madriz

 Juan Carlos Chirinos 

Por María Laura Padrón

Pluma terciada en el cuerpo, Juan Carlos Chirinos vuelve sus ojos hacia adentro y se revuelca en el pasado gatuno de su primer libro. Los cuentos que aparecen en Leerse los gatos (1997) recogen su ingenuidad, que no inocencia, esa que solo se deja una vez. Es el constante ejercicio de la escritura, acto consciente, de introspección, el que conduce al narrador venezolano hacia el conocimiento de sí mismo.

―Gato, si volviera a nacer sería gato.

―¿Y en qué te pareces a un gato?

―En todo.

Juan Carlos Chirinos, gato ronroneador, lanza y vuelve a lanzar las figuritas sobre la mesa. Es una reunión entre amigas, en apariencia común, pero su instinto le alerta a no desaprovechar esta ocasión propicia para la caza. Gato gracioso, gato avispado, sentidos despiertos y decidido a llamar la atención, se dispone a leerle los gatos a la muchacha que le gusta, cual adivino que mira a través de la mano, los caracoles o el café. Agita sus dedos y, en lugar de cartas o semillas, tira nuevamente los gaticos de la salud, del dinero y del amor, en lo que se convierte en un ritual de predicción de fortunas y desventuras.

Este episodio, que expone su predilección por lo gatuno, es el germen de la historia de un hombre y su curioso oficio de leer los gatos en vez del tarot. Aunque a cualquiera se le pudiera atravesar la idea de hurgar entre sus líneas y hallar los vestigios de una metáfora de la literatura como lectura del mundo, del futuro, Juan Carlos Chirinos, gato que no disimula, que dice la verdad, prefiere dejar a un lado la explicación “culta” y se queda con la auténtica, la “normal”, que no es más que una de las tantas anécdotas evocadoras de sus días de universitario y la fascinación de sus amigas por el vino chileno Gato Blanco.

Leerse los gatos es el título de aquel relato que aún lo conmueve y también es el nombre de su primer libro, con el que resultó finalista del Concurso de Narrativa Breve de la Embajada de España en Venezuela, en 1993. Una recopilación de veintidós cuentos de los cuarenta escritos durante seis años, entre los que había publicado dos: “Virulencia”, que apareció en el suplemento Papel Literario, de El Nacional; y “Una de vampiros” –no incluido en Leerse los gatos–, en la sección “El cuento del lunes”, del Diario de Caracas.

En ese momento, comenta, no sentía ninguna prisa por publicar. Desde que ganó el premio el libro se quedó reposando hasta que, cuatro años más tarde, el escritor y editor venezolano Israel Centeno lo publicó en la editorial Memorias de Altagracia, pues a pesar de la crisis económica que afectó tanto al sector público como privado, este era un sello que iba por “buen camino”. “En teoría el libro debió haber salido en Monte Ávila pero una serie de circunstancias bastante extrañas –entre ellas menos presupuesto– lo impidieron después de ganar el premio”, explica.

Hoy, quien entonces era solo “un tipo que acababa de descubrir un montón de cosas y las quería poner todas”, se remonta al proceso de construcción de su primer libro, lo desmenuza, lo desenmaraña, y hurgando entre los cajones de la memoria, quitando el polvo de esos relatos, persiste la sensación de estar frente a un revoltillo, una mezcolanza, vislumbrada en palabras más exactas por el escritor y crítico Luis Barrera Linares en su reseña titulada: “Un abanico de apuestas para el futuro”.

Tras veinte años de la publicación de Leerse los gatos, reconoce el carácter pronosticador de aquella crítica. “Es verdad, yo he seguido escribiendo y hay algunas temáticas que se repiten: aspectos históricos y fantásticos. Él que es un gran crítico y tiene un ojo entrenado para eso, leyó el libro y se dio cuenta de que eran cuentos de varios libros, que cada cuento apuntaba hacia un lugar distinto y me apuntó hacia dónde seguir escribiendo. Ese es el trabajo del crítico, dar señales hacia dónde el escritor tiene que mirar para seguir adelante”.

―¿Cómo se convirtieron en libro ese montón de cuentos revueltos?

“Yo tenía unos cuarenta cuentos y agarré los que más me gustaban, los que me parecían más trabajados y los presenté en el concurso. Por ejemplo, el primer cuento de ese libro, ‘Agnus Rey’, me gusta mucho porque es de Alejandro Magno y me ha permitido seguir escribiendo sobre él. Además, es un cuento que en el año 92 se lo di a leer a Carlos Noguera, que era gran amigo mío, y cuando lo leyó me dijo: ‘Este cuento es perfecto’. Estábamos bebiendo cervezas en Sabana Grande y yo encantado de la vida, así que con ese aval lo puse de primero. Por otro lado, sabía que ‘Leerse los gatos’ sería el último y era el que le iba a dar el título al libro, porque ese cuento tenía un valor sentimental para mí, dedicado a esa chica que me gustaba mucho”.

―Algunos cuentos de Leerse los gatos muestran cómo eran esos días. En “Campanita”, la ciudad se vuelve cada vez más inhóspita, das luces del contexto en el que te encontrabas.

“Yo pensaba en ese entonces que Caracas era una ciudad inhóspita, imagínate ahorita. Claro, ahí se cruzaron las lecturas con la realidad social. ‘City Room I’ y ‘City Room II’, que transcurren uno en la avenida Páez y el otro en el Metro Altamira hasta Cafetal, nacen de lo que veía y hacía. ‘Catrusia’ tiene que ver con Valencia y una historia que me contaron de unas niñas bailarinas que para competir se cortaban las cintas de las zapatillas unas a otras, un cuento hecho con mucha pasión”.

―¿Qué temas te interesaba explorar?

“Entre el 85 y el 86 descubrí a Rimbaud, Baudelaire, Joyce, y empecé a escribir cuentos como Joyce. En esa época leí muchísimo; en la biblioteca del Concejo Municipal leí Rayuela y Sobre héroes y tumbas, una novela enloquecedora que me marcó muchísimo, y empecé a escribir como Sábato y Cortázar, cuentos locos y experimentales. ‘Involución’ fue parte de la experimentación, habla de muchas cosas, fijándome en Viaje a la semilla de Alejo Carpentier. Es lo que uno hace a los veinte años, que se pone a experimentar, que cree que la forma es lo que importa, pero la pirotecnia no es lo que sirve, lo que sirve es qué dices”.

El destino ¿o la decisión? de escribir

Tomarse en serio la escritura, darse cuenta de que escribir era realmente lo que quería hacer, implicó para Juan Carlos Chirinos un proceso de casi una década. Sin embargo, con apenas siete años, gato atrevido, gato osado, lo sospechaba, más bien, lo decretaba. Sucedió así: estando convaleciente a causa de una hepatitis que lo dejó en cama, la señorita Elena, su maestra de primaria, le llevó una edición de Platero y yo. Aprendiendo todavía a leer, devoró el libro en tres semanas y quedó encantado, tanto que de repente, como si nada, le dijo a su padre: “Papá, yo voy a ser literato”, despertando en él carcajadas.

“Quizás esta anécdota te parezca pretenciosa o falsa, pero es cierta”, sostiene; y en medio de este viaje de mirar hacia adentro traza un mapa de cómo se suscitó poco a poco el interés por la literatura. En Valera, estado Trujillo, donde nació y transcurrió su infancia, su curiosidad se alimentó de los libros hallados en la pequeña biblioteca de su casa, en la que se encontró con “clásicos eternos para la juventud” como Robinson Crusoe y Los viajes de Gulliver. En la adolescencia, su contacto más significativo con la cultura se tradujo a “Valores humanos”, programa de Arturo Uslar Pietri, y “Clásicos dominicales”, conducido por Isabel Palacios los domingos en la mañana. Ahora que lo piensa, “la televisión –sin duda– fue un buen medio para conocer cosas”.

Más adelante, cuando entró a estudiar Artes en la Universidad Central de Venezuela, sabía a dónde iría directamente. Recorrió el famoso pasillo de Ingeniería lleno de libros y compró Utopía, de Tomás Moro, una obra que Uslar Pietri había recomendado en uno de sus programas y que se le quedó clavada entre ceja y ceja. “Yo era un poco ratón de biblioteca con ganas de aprender. Venía de una ciudad sin libros”, insiste; y añade que la escuela de Artes fue una experiencia maravillosa que le abrió un enorme abanico bibliográfico y con profesores “extraordinarios” como Nicolás Curiel, Iván Feo, Isaac Chocrón y José Balza.

Fue precisamente José Balza el primero a quien le mostró uno de sus cuentos, pues aunque escribía constantemente, a nadie se los enseñaba. Recuerda que arrancó las hojas del cuaderno donde lo había escrito, se lo entregó y al pasar una semana, este se lo devolvió en una carpetica, con un análisis incluido. Por eso lo considera su padre literario, su referente literario más importante, porque fue él quien lo estimuló en la escritura.

A pesar de toda la riqueza artística que le ofreció la universidad, aquellos días se tornaron convulsos. Meses de manifestaciones y huelgas desencadenaron el retraso en las clases e influyeron en su decisión de abandonar la carrera luego de cuatro semestres cursados. Él, que vivía del dinero que le enviaba su madre, no podía desperdiciarlo, tampoco el tiempo; y por otro lado, se dio cuenta de que su verdadera vocación era la literatura. Así que tomó un autobús hacia Valera, llegó a su casa y durmió, como un gato, durante unas veinte mil horas. “Necesitaba recargar pilas, ir al refugio, al vientre materno y reflexionar qué iba a hacer con mi vida. Eso fue a finales del 86, y en enero del año siguiente me escribí en la Universidad Católica Andrés Bello para estudiar Letras, y allí fue cuando me encaminé”.

Al finalizar los estudios, cuenta, vivió una situación crítica en la que no sabía si regresar a Valera y buscar un nuevo trabajo o irse del país porque en Caracas trabajaba muchísimo pero ganaba poco. Con el impulso y la seguridad de quien tiene veinte años, presentó el examen en el programa de becas de la Fundación Ayacucho y fue seleccionado para cursar el doctorado en la Universidad de Salamanca, en España. Era la misma época en la que Leerse los gatos estaba en proceso de publicación, así que con el libro “andando y corregido”, cruzó hacia otro continente y allí, instalado, recibió la caja con los ejemplares y algunas fotos de la presentación en la Feria del Libro de Caracas. Desde aquel instante, el camino transitado por Juan Carlos Chirinos se resume en una palabra: escribir.

―A los siete años dijiste: “Quiero ser un literato”. ¿Sabías, así como lo supo Borges de sí mismo, en su momento, que tu destino era literario?

“Yo concibo la vida como un embudo que comienza en la parte ancha y las decisiones que vas tomando te empujan hacia un camino determinado. Cuando tenía quince años pude haber sido un gran futbolista, a los diez años un buen ajedrecista y también un gran músico porque tocaba flauta dulce. Cuando entré en la UCAB dirigí teatro, si me hubiese quedado haciendo teatro, escribiendo teatro, probablemente sería director de cine, actor o mendigo. Pero uno va tomando decisiones y va dejando ciertas posibilidades atrás. Yo ya no puedo ser futbolista, ni ajedrecista profesional, músico virtuoso, ni actor, porque me he dedicado a esto y esto es lo que sé hacer. ¿Me llevó el destino allí? Creo que fueron mis decisiones, son ellas las que te llevan a los sitios. Puede ser que la decisión la tomes en función de la conveniencia propia. Yo veo que tengo la facilidad para escribir y decidí ser escritor”.

―¿Es cuestión de talento? Alguna vez has dicho que se tiene o no se tiene.

“Lo sostengo, para cualquier cosa. Si alguien me dice: ‘Juan Carlos, quiero que me enseñes a escribir’, yo ayudaría a que aprenda a escribir, lo que nunca le diré es si tiene talento o no. Si sirve, usted lo sabe; y el que no lo sabe es porque no sirve”.

―¿Tú lo sabías?

“Yo detecté una cierta cantidad de talento para escribir en mí, y seguí por ahí porque no veo que tenga la misma cantidad de talento para otras cosas. Uno sabe para qué sirve, para qué tiene talento o no”.

―¿Escribir es un acto de consciencia?

“Yo creo que el querer ser escritor es un proceso inconsciente. Pero el acto de escribir siempre es un acto consciente y un ejercicio de la razón. La inspiración no existe, la imaginación no existe, eso es mentira, es un acto de la razón. Si existe la imaginación es la razón la que la genera, no hay escritura irracional, la pueden hacer los locos, pero cuando escriben salen disparates y tú puedes asumirla como escritura. También los monos pintan y no son pintores. Todo el que escribe razona, y razona para escribir, porque si no, no puede. Uno dice: quiero escribir un cuento, un poema, una novela, no es una cosa secreta ni espiritual. Lo que pasa es que como uno se acostumbra por oficio a escribir parece inconsciente”.

―Así que cuando escribes ya has concebido todo el universo.

“Depende, porque esto es un oficio como cualquier otro, como ser ebanista o talabartero. Se aprenden técnicas, se aprenden cosas para escribir, se aprende gramática, estilística, se adquiere información, documentación y cuando te sientas a escribir pones en práctica todas esas habilidades, las juntas y es lo que se llama escribir. Afinar el oído para saber cómo suenan las palabras es una habilidad que se puede desarrollar. Pero eres consciente, un acto de suprema conciencia y de voluntad, de introspección, y mientras más se escribe uno más se conoce a sí mismo y la voluntad razona”.

―En estos años, ¿qué se ha modificado en tu forma de escribir?

“Yo he ido modificando mi proceso de corrección de cuentos y de novelas. Cuando estaba muy chamo y veía los errores de un cuento, en vez de corregir los errores, escribía otro donde trataba de subsanar ese error anterior y entonces iba por acumulación. Ahora me lo tomo con más calma, releo y corrijo muchas veces”.

―¿Será la madurez?

“Puede que sea madurez, pereza o falta de imaginación pero eso se ha ido modificando”.

La ratificación del escritor

Sí, Juan Carlos Chirinos admite sin reparos que es perezoso como un gato, y desordenado como él solo, pero a la hora de escribir es totalmente cuadriculado. Antes de sentarse a crear, por ejemplo, una novela, planifica todos los detalles: cuántos capítulos va a tener, qué va a pasar en cada uno; y cuando por fin está frente al ordenador “hace lo que le da la gana”. “Sé que empiezo en el punto ‘a’ y termino en el punto ‘p’, y entre esos dos soy libre, puedo echar pa’lante y pa’trás porque sé de dónde salgo y a dónde voy”.

Es tan riguroso que, en beneficio de su libertad, calcula con suficiente anticipación el tiempo que tardará en escribir un proyecto. Es que si pudiera dormir dieciocho horas, como los gatos, y trabajar nada más dos, sería ideal. Pero qué va, todo lo contrario, escribe sin cesar, no cree en las vacaciones. “Esa es otra cosa, el concepto de vacaciones me parece que es una trampa del capitalismo y las grandes corporaciones. Las vacaciones deberían ser siempre, continuamente, para poder hacer bien lo que haces. Es una teoría rara, ¿no? (...). Pero en mi caso particular yo no concibo el concepto de vacación. Yo soy como las abejas, su trabajo es recoger néctar, el mío es escribir y lo haré hasta que me muera”.

Su extensa obra, que abarca la narrativa, el ensayo, la biografía y el teatro, desarrollada en tierras españolas sin perder la conexión con sus raíces, significa la legitimación como escritor, la autoridad que le otorga el lector. “En la medida que uno va publicando va acumulando puntos para exigir más respeto”, una aseveración que no está relacionada necesariamente con ser exitoso, aclara.

“Hay que tener mucha prudencia con eso, porque el éxito, mucho más que el fracaso, es completamente efímero, inasible. A qué llamas éxito: si publicar un libro, vender muchos ejemplares, tener muchos lectores, el respeto de los lectores, tener mucho dinero. Hay escritores muy famosos, con millones de lectores, que todavía se quejan de que no son aceptados por la academia, porque quién decide lo que es el éxito para cada quien (...). Yo me siento satisfecho por los que leen mis libros”, afirma. No cabe duda: Juan Carlos Chirinos es indetenible en el viaje.

―¿Qué entregaste en la construcción de Leerse los gatos?

“Entregué la sorpresa de poder escribir un libro, de ser capaz de armar un libro, de enviarlo y de que lo publicaran. Esa capacidad de poner en cuenta muchas lecturas, muchos años de vida que se convierten en relatos buenos, malos o mejores. Independientemente de eso, yo lo vuelvo a leer y cada cuento me recuerda momentos, lecturas, cosas que ocurrieron y escribí porque fueron importantes. En los siguientes libros, Homero haciendo zapping (2003) o La manzana de Nietzsche (2015), ha sido un proceso de búsqueda, de elaboración, de construcción”.

―¿Un proceso más consciente?

“Muchísimo más consciente porque mi objetivo final como escritor es estar plenamente consciente de lo que hago. Es como si ese escritor se estuviese preparando para ese día en el que escribe lo que de verdad vino a escribir a este mundo. Y por eso algunos escritores escriben una gran obra y la obra posterior va como en decadencia, porque ya dijeron lo que tenían que decir”.

―Y a ti, ¿te quedan cosas por decir?

“Yo espero que sí; lo que pasa es que después lo que continúa es como una especie de repetición y reelaboración de lo que ya dijiste. Yo creo que por un tema importante: y es que lo sublime no se repite, ocurre una sola vez, no ocurre más. Así termina una novela de José Balza, Percusión, en lo sublime, cuando está en Caranat ve la luz y tiene el deseo de morir, después de eso qué. No sé si me va a pasar a mí o si le ocurre a todos los escritores. Sin embargo yo sigo, qué voy a hacer, no sé tocar flauta; aunque podría ser predicador religioso, formaría mi propia iglesia, la iglesia de los odiadores de Dios, toda mi vida gira en torno a la escritura. Uno tiene que agarrarse de lo que no cambia”.

―¿Qué es eso que no cambia?

“Mi deseo de escribir, eso no cambia. Ahí me quedo, agarrado como un gato”.