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Hijos de la sal, una historia de hostilidad y esperanza familiar

El segundo largometraje de Luis y Andrés Rodríguez, los realizadores de Brecha en el silencio, se estrena el viernes. La película, que se llevó siete premios en el Festival de Cine Venezolano de Mérida, cuenta el drama de dos hermanos que buscan sobreponerse a la adversidad

Hijos de la sal, una historia de hostilidad y esperanza familiar
Por HUMBERTO SÁNCHEZ AMAYA | @HumbertoSanchez

Los hermanos Luis y Andrés Rodríguez subrayan muy bien la experiencia del documentalista en una obra de ficción. No se propusieron ser muy rigurosos con el planteamiento de una historia que respondiera a un suceso verídico, pero mostraron la empatía suficiente tanto con el drama como con la felicidad en una obra cargada de realismo.

Ambos son los directores de Hijos de la sal, su segundo largometraje de ficción. Esta película, que se estrenará el viernes en la cartelera nacional, adentra al espectador en la vida de dos hermanos que sobreviven a condiciones desesperantes.

Todo comienza con la agonía de Evaristo (José Torres), un viejo trabajador de las salinas en un pueblo cuyos habitantes ignoran qué es la prosperidad. La sal, allá en el fondo, es el motivo de la dura faena diaria por un sustento que parece imperceptible, como la arena entre las manos de quien escarba en el fondo del mar.

Evaristo es el padre de María (María Alejandra Jiménez) y Enrique (Terry Goitía). Ella, la mayor, en su adolescencia se enfrenta a la supervivencia ante la adversidad. Ve a su padre en los estertores, en escenas que revelan que el viejo hombre no ha tenido límites con sus deseos. Su hermano, con pocos años menos, empieza a dejar atrás la niñez y a descubrir impulsos, mientras los roles de cada uno se vuelven cada vez más exigentes.

Desde su ópera prima de ficción, los hermanos Rodríguez han depositado en la familia, especialmente en la figura de niños o adolescentes, la tragedia y la esperanza de sus historias. Ocurrió en Brecha en el silencio (2013) y ahora en Hijos de la sal.

Como documentalistas, trabajaron en Las Cumaraguas, en Paraguaná. Y ese ambiente, en el que la soledad de edificaciones que antes fueron delicia de turistas y ahora son solo ruinas, crea tantas preguntas en el nuevo filme que se convierte en personaje. Allá se propusieron rodar una historia de ficción, en la que se trataran temas universales a pesar del cerco en el que viven los protagonistas. El espacio influye, con sus texturas, pátinas y energía que deben ser interpretadas por el público. “Te habla de otra Venezuela, de un lugar en el que ahora encuentras escombros. Te permite vivir lo que ha pasado en este país”, asegura Andrés Rodríguez.

Sobre la trama, Luis Rodríguez refiere: “Evidentemente en el documental podemos tratar temas como el incesto, pero nosotros no queríamos estar atados a un personaje real. A través de la ficción, éticamente nos sentimos más cómodos porque los personajes son creados”.

Más allá de la denuncia, hay otros matices, como el planteamiento que hurga en los vínculos entre los hermanos. María y Enrique parecen vivir en constante roce. No saben cómo interpretarse, pues los descubrimientos a esa edad los confunden. Por eso, los autores buscan una mirada comprensiva que se aleje de juicios fáciles.

“Esa relación tiende a contarse de una manera mucho más perceptiva. La unión corporal, ese vínculo tan particular que surge luego de la muerte del padre, es una relación que está definida por el contexto, el ambiente, la sal. En ese sentido, quisimos que la cinta fuera más cinematográfica y que los diálogos no expresaran el problema. Por eso son muy puntuales, para que el espectador construya a partir de la imagen y la acción, así como desde sus propios trasfondos personales”, añade Andrés Rodríguez.

Precisamente ese lenguaje que ambos manejan aleja la asociación directa con la denuncia. “Esa manera de enfocarla estéticamente ennoblece a los personajes. Hace que la gente se acerque con más cariño y delicadeza. Se trata de mostrar algo que en su esencia es terrible, pero de un modo que no es moralizante. Hay una aproximación más preocupada por lo que ocurre espiritualmente entre ellos, que es lo más importante. No es una película de explotación de la temática del incesto. Está en la hoja de vida de los jóvenes, pero no es el centro”.

En Hijos de la sal hay misterio. Preguntas, que dicen los autores, no han sido respondidas todavía ni siquiera por ellos. Metáforas en el espacio, en las miradas. Hay guiños interesantes, cuadros que sugieren y casi llegan a manifestarse. “Pudiéramos hablar de un momento de nuestra vida, por no decir del país”, asevera Andrés Rodríguez, y sonríe, sobre un filme que escudriña en las carencias, que pueden sentirse como referencia inmediata a la crisis que actualmente afecta a la población. De hecho, hay una escena de contrastes en la que la desolación supera la promesa estampada en un mural de un famoso plan oficial.

El mundo documental

Luis y Andrés Rodríguez, nacidos en 1974, han realizado documentales de temática social. Su trabajo ha estado vinculado a organismos del Estado como la Villa del Cine. Son autores de películas como Salmerón Acosta, voces de Manicuare (2016), Fidel entre nosotros (2016), Favio, la estética de la ternura (2015), Refugios (2014), Sahara, esperando el vuelo (2013) y Los sueños de José Castillo (2012).

Hijos de la sal ganó siete premios en la reciente edición del Festival del Cine Venezolano celebrado en Mérida: Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor Actor Principal (Terry Goitía), Mejor Actriz Principal (María Alejandra Jiménez), Mejor Actor de Reparto (José Torres), Mejor Sonido (Fahil Flores) y Mejor Música (Mike y Jim Durán).

El joven Goitía no tenía experiencia actoral. Los directores llegaron a él mientras buscaban a alguien idóneo para el papel en la población de Paraguaná. Y en su debut, obtuvo este reconocimiento.