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“En el fondo nada ha cambiado y, sin embargo, es todo tan distinto”

Manuel Silva-Ferrer, investigador de la Freie Universität Berlin, es el autor de El cuerpo dócil de la cultura. Poder, cultura y comunicación en la Venezuela de Chávez, obra que se presentó el sábado en la Filcar

Manuel Silva-Ferrer

Si hay una imagen que ha signado a la Venezuela de los últimos años es el retrato de Hugo Chávez, cuyo rostro omnipresente ha inundado el país. Si el caudillo aparece fotografiado dentro de un estudio de televisión, la elocuencia de la estampa se multiplica. Con esta imagen se adentra el lector en El cuerpo dócil de la cultura. Poder, cultura y comunicación en la Venezuela de Chávez, escrito por Manuel Silva-Ferrer, investigador de la Freie Universität Berlin, y editado por la Universidad Católica Andrés Bello.

El libro, presentado el fin de semana en la Feria Internacional del Libro del Caribe, busca explicaciones a la crisis del país a través del abordaje de la problemática de la cultura. Silva-Ferrer invita a leer uno de los procesos políticos que más ha dado de qué hablar en la esfera internacional desde una perspectiva menos manida que la meramente ideológica o económica. El texto, publicado originalmente por el sello Bibliotheca Ibero-Americana en 2013, es producto de más de un lustro de investigaciones desarrolladas entre la capital alemana y Caracas.

¿Se propuso hacer un recuento de la gestión cultural desde Alejandro Armas hasta Farruco Sesto?

—El objetivo fue no limitarme a eso que los venezolanos llamamos “la cultura”, que son las instituciones del arte, sino trabajar otros espacios como la educación y, sobre todo, la comunicación. Me interesó además por las transformaciones en el campo simbólico. Entre otras cosas, el libro ofrece una perspectiva histórica que describe las condiciones que determinaron la configuración del campo cultural venezolano a lo largo del siglo XX.

—Es un enfoque muy académico.

—Es un texto producido en la academia, que se inserta en los debates teóricos sobre los estudios culturales. Pero si se obvia el aparataje académico se puede encontrar allí un relato muy útil para entender nuestra cultura reciente.

¿Nadie se había interesado por el tema de las políticas culturales antes de la llamada revolución cultural?

—Algunos lo hicieron. Pero esos debates se fracturaron tras la crisis de las décadas de los ochenta y noventa, que mermó nuestra ya reducida investigación sobre el campo de la cultura. Por otra parte, en el ámbito internacional Venezuela fue muy poco estudiada. 

—¿Hay una visión nostálgica de ese período? ¿Extrañamos los setenta y ochenta?

—No se trata de nostalgia sino de comprender, ahora que las hemos perdido, el valor que esas instituciones y esa democracia imperfecta tenían para nuestra sociedad y nuestra cultura.

—¿Hubo una revolución cultural?

—Al final del trabajo escribo: “En el fondo nada ha cambiado y, sin embargo, es todo tan distinto”. Y es que el observar el caso venezolano es patente una línea de continuidad en esa especie de habitus creado por el petroestado, que hizo a nuestra sociedad absolutamente dependiente de sus trayectorias espectaculares. Ciclos de auge y sucesivo declive. 

—¿Por qué no asistió a la presentación del libro?

—No pude asistir como resultado de la misma crisis en el campo cultural que analizo en el libro. Esta ausencia, sin embargo, no ha implicado una huida. Cada día trato de hacer todo lo que está a mi alcance para apoyar la recuperación de la democracia en el país. Este trabajo se inserta en esa lucha, en esa labor de resistencia en la que muchos estamos comprometidos.

—¿Qué son los caudillos culturales?

—Es un concepto que tomé de Enrique Krauze y que proyecté al estado de nuestra cultura. Esos que llamo caudillos culturales fueron los que lograron producir la fórmula mágica para acceder a los enormes fondos que provee el petroestado. Fue esa constelación la que permitió construir un edificio como el de la Biblioteca Nacional, financiar el sistema de orquestas y las colecciones fantásticas que poseen los museos. Pero como todo movimiento caudillista es irregular, heterogéneo, y dejó por fuera muchas cosas. Un ejemplo es el campo del cine, en el que hubo algunos avances, pero nada sostenible al no contar con un caudillo como José Antonio Abreu, Sofía Ímber, Virginia Betancourt o Simón Alberto Consalvi.

Un insider del sector cultural

Manuel Silva-Ferrer se define a sí mismo como un insider del sector cultural. El caraqueño se formó en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela y luego de graduarse ingresó a la Cinemateca Nacional. Desde el sector cinematográfico vivió los inicios de la llamada “revolución cultural”. En 2003 hizo maletas para cursar un doctorado en Filosofía en la Freie Universität Berlin, donde actualmente se desempeña como investigador. El país es, desde entonces, su objeto de estudio. Cuestiona la idea de la hegemonía comunicacional, pero no solo culpa al gobierno de la crisis del sector. “Por supuesto que el chavismo ha afectado, pero los medios están cambiando, no solo en Venezuela sino a nivel global”, dice.