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Espacios en blanco: La ausencia heredada de Cristina Gutiérrez Leal

Un acercamiento a la poesía de Cristina Gutiérrez Leal, que reseña aspectos formales y temáticos de “Sé del mar reventando contra un muro”, poema ganador del II Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas 2017, así como de “Estatua de sal”, poemario ganador de la XX Bienal de Literatura José Antonio Ramos Sucre 2015 

Cristina Gutiérrez Leal

 Cristina Gutiérrez Leal

Que mi cuerpo sea más potente que mi estatua de sal

interior y mi fe en la vida mortal más profunda que lo profundo.

Humberto Díaz-Casanueva

Nos conocimos en Sartenejas, en marzo de 2011, en el marco de unas jornadas de literatura venezolana. Su juventud era más evidente que ahora y su lectura no mostraba desconfianzas escénicas. Mientras leía su ponencia intenté precisar el origen geográfico de su acento, mezcla delgada de serranía falconiana y estancias universitarias en otras ciudades del país. Luego de finalizar el evento, no hubo cruce de adioses: quizá solo un tímido respeto a larga distancia, retirado y conforme. Esa inquietud hacia ella quedó detenida, en un estado de congelación que duró casi cinco años. Por este y otros motivos pasé por alto que su primer libro, Estatua de sal, ganó la mención poesía de la XX Bienal de Literatura José Antonio Ramos Sucre 2015.

Cristina Gutiérrez Leal (Coro, 1988) reside en Brasil y estudia un doctorado en Literatura Comparada en la Universidad Federal de Río de Janeiro. Su presencia se reitera tras resultar ganadora del II Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas 2017, con su poema “Sé del mar reventando contra un muro”. Las apariciones de Cristina son prudentes y circunscritas casi exclusivamente a la función creativa. Esto no significa que la poeta habite un territorio insular, apartada del desarraigo, nuestro mayor legado del siglo veintiuno. Parte de estas apreciaciones personales se hacen patentes en aquel poema, retrato de una joven poeta venezolana que asume el país desde una sinécdoque –el mar– plena y sutilmente asociable al territorio en el cual nació. Cristina dice mar y parece decir país (y, gracias a Dios, nunca dice patria: agradecemos que no haya elegido esta última palabra desgastada por el uso despótico). Cristina viaja, observa y el yo del poema es sugestivo y autoreferencial. No se corroe: es marítimo por su amplitud y por su temperatura caribeña.

Recapitulo: Estatua de sal es y no es el primer libro de Cristina. Fue escrito y premiado pero permanece vivo sin editarse. Quien pretenda encontrarlo en los estantes de poesía venezolana no lo hallará. Sin embargo, esto no ha impedido que la autora haya dado a conocer parte de ese trabajo: lo hemos visto, por ejemplo, en la web de la revista Poesía y en la antología Amanecimos sobre la palabra (Team Poetero, 2016).

El título que Cristina eligió tiene un conocidísimo antecedente, el poemario La estatua de sal (1947) del chileno Humberto Díaz-Casanueva. No parece haber una hebra común –o deudas selectivas– entre el poeta santiaguino y la poeta coriana. Díaz-Casanueva sigue los pasos de la nocturnidad imaginativa con entonación profética y persigue una voz que canta desde oscuras habitaciones. Cristina se enfoca en una personal relectura –adaptación– bíblica de la mujer de Lot, asociada principalmente a la progenitora de la poeta, confrontada y convertida en motivo central de su propuesta. Hay escrúpulos ponderados: sin temor, la figura materna se vuelve elemento flexible. Estas indagaciones familiares no están exentas de un proceso atormentado. La aparición de la madre (dura, cuestionadora a veces) forma parte de una necesaria etapa de “curación” o sanación entre la progenitora y la hija, tal como lo ha trazado Hanni Ossott en el ensayo “De la cura en el arte”, en el cual explica que todo artista ha de pasar por un trance similar para acceder a la tensión lírica (la libertad, la reconciliación, la respiración adecuada). Esta sanación se comprueba con sorprendente atrevimiento en “Arte poética”, primer poema de Estatua de sal: maldecir a la madre como erupción reconciliatoria o lapidación simbólica que hace emerger la emancipación de la hija y la poeta (¿emancipación anímica, psíquica, moral, consanguínea?). Si Cristina “mata” a la mujer de Lot también estaría asesinando a una estirpe femenina y una costumbre cristiana de insistente arraigo (dejar de tener una iglesia en la lengua). Es la corpulencia de la sangre que pesa y pisa a quien habla en el poema. Es un posible tríptico entre la madre, la hija y el reclamo, a tal punto de querer desligarse de algunos lazos definitorios de identidad (“Persigo los espacios donde no me parezco a mi origen”). Pero esas huellas de negación hacia la madre son solo un costado de un gran cuerpo. Otras zonas diseñan firmes y sobrias declaraciones de admiración: “los únicos milagros que he visto / tienen su nombre”.

Cristina transita el verso libre en sus medidas y distribuciones de la hoja en blanco, en poemas de mediana extensión y en algunos casi epigramáticos. También se inclina por el poema en prosa. Su libertad se expresa en la propia indagación íntima y en la selección justa de palabras de uso coloquial. Ella es el tema de Estatua de sal. Gran parte de esta indagación se basa en el improperio, en la ofensa a sí misma, en declaraciones martirizadas, desde un ambiguo sentimiento de culpa (“Somos expertos en caer / pero no en hacernos los ciegos”). Y como una poética de la ausencia, la autora asevera: “La señora Martha Cristina me heredó su segundo nombre, / su adolecer”.

Un elemento pudiera catalogarse de innecesario: la insistencia bíblica a veces se desborda en imprecaciones no tan asimiladas como en el resto del libro. No se trata de recriminación pataca, de acciones morales inadecuadas. Lo que intento mostrar es que la alusión emprendida no es oportuna. Lo percibo como un golpe de más, una patada al cadáver: “Lo vimos agrietar la paz, / masturbarnos el odio”.

Cristina no teme al atrevimiento, al anuncio de episodios sexuales –por ejemplo, una felatio realizada por una feligresa–. Lo más notable de Estatua de sal prevalece cuando no echa mano de la “metapoesía”, cuando Cristina deja de ser Cristina y se convierte en efectivo y casi anónimo anuncio de pérdidas, temores y reclamos, coloreado por leves menciones autobiográficas.