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Contrapunto venezolano del arte y la política

Roldán Esteva-Grillet (1946). Doctor en Historia del Arte Moderno y Contemporáneo de la Universidad de Bologna, Italia. Autor de una extensa obra sobre arte venezolano, medios de comunicación, biografías, etcétera. Ha sido Premio de Ensayo de la Bienal Mariano Picón Salas, del Conac y de la Bienal Latinoamericana Enrique Bernardo Núñez

Roldán Esteva-Grillet
Por Miguel Gomes

País en vilo: arte, democracia e insurrección en Venezuela (ABediciones/Konrad Adenauer Stiftung, 2017) de Roldán Esteva-Grillet, profesor, historiador y crítico de arte de amplia trayectoria, se suma a la serie de asedios universitarios a la vertiginosa reestructuración del campo cultural venezolano de entre milenios que la UCAB ha venido editando. En medio del tráfago de polémicas característico de la vida pública, este tipo de revisión se vuelve cada vez más necesario y anuncia, por su mayor capacidad de permanencia en los círculos pensantes, los juicios que la posteridad se hará de acontecimientos demasiado cercanos para su objetiva apreciación sin el instrumental reflexivo adecuado.

Lejos estamos, no obstante, de un tratado aséptico e impersonal. En la escritura de Esteva-Grillet se verifica una encrucijada donde la labor del erudito en ocasiones se funde con el imperioso testimonio suscitado por las circunstancias presentes. El resultado es un mestizaje de géneros donde elementos propios del estudio conviven con otros más bien esperables de un ensayo, modalidades argumentativas que actúan, respectivamente, desde la elisión del sujeto privado y desde la conversión de este en piedra de toque de las operaciones del criterio.

Lo anterior ofrece analogías con el horizonte examinado, donde se contempla la tensión perpetua entre una ansiada independencia creadora y la franca entrega al entendimiento transitivo del arte, o sea, la obra considerada como denuncia o herramienta de intervención. Me parece que estamos ante una prueba –sospecho que se repite en muchos críticos– de que en los expertos en el arte venezolano se registran ecos de la lógica que en el campo cultural actual dispone a los artistas a ignorar los deslindes entre la creación y cualquier otra práctica social. El quehacer crítico, para emplear la metáfora clave del libro, igualmente está en vilo.

Ahora bien, una pregunta legítima una vez que acompañamos a Esteva-Grillet en su diligente revisión histórica de las relaciones de las artes plásticas venezolanas con el poder sería si alguna vez se ha consolidado tal independencia, concibiéndose los dominios del artista en total aislamiento. La respuesta, creo, es negativa. Desde tiempos coloniales hasta hoy, pasando por las feroces guerras decimonónicas, las dictaduras, la insurgencia guerrillera y el mecenazgo petrolero de la democracia –o el del chavismo–, capítulo a capítulo, observaremos los tres contextos en que se inserta el arte para acabar dependiendo de intereses materiales o ideológicos en teoría ajenos. Se trata, precisamente, de las zonas que País en vilo cartografía: “el tema político en las imágenes que produce el artista, sea de manera directa o sugerente”; las carreras individuales de quienes son también funcionarios gubernamentales, votantes que expresan su opinión o militantes en partidos; y, por último, “la política dirigida a las artes, vale decir, las doctrinas o iniciativas que afectan al desenvolvimiento de los artistas”, incluidos el coleccionismo, la organización de exposiciones, los premios y la censura (p. 13).

Si los incisivos y memorables análisis de Esteva-Grillet no bastasen para diluir las ingenuidades, debería recordarse lo que la sociología de Pierre Bourdieu, muy en consonancia con el panorama descrito en País en vilo, enfatizó acerca de la paradójica autonomía del arte. Lejos de existir por oposición, la sensación autonómica solo se incrementa en correlación a un deseo de eficacia política posterior, tras la proyección de los ideales estéticos sobre los comunitarios. No otra cosa hace un intelectual, cuyo paradigma veía Bourdieu en el Zola que intervino en el caso Dreyfus. Teniendo en cuenta la historia de la plástica venezolana esbozada por Esteva-Grillet, cabría concluir que el artista de una tradición como la nuestra tarde o temprano, quiéralo o no, se transforma en intelectual. No ha habido para él un fuera de la política. Al menos hasta ahora, la autonomía de su oficio ha sido relativa, intermitente, asaltada o cortejada por los desafíos de lo colectivo o de lo estatal.