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Contemplar al mago

El año pasado, Francisco Javier Pérez publica su estudio sobre Julio César Salas, Laceración y salvación. Aquí presentamos la cuidadosa lectura de Miguel Ángel Campos sobre la investigación de Pérez y sobre “el esfuerzo de mago” que representa la “labor enciclopédica” e “interconexión de disciplinas de saberes” en la obra del intelectual andino

Julio César Salas

Francisco Maduro

 Julio César Salas 

La reivindicación de la obra de Julio César Salas viene a constituir en Venezuela un cierto paradigma de revisión y estudio no ya de un autor, sino del proceso representado por él en nuestra vida intelectual. Postergada y un poco al margen de la interpretación académica, la pasmosa gestión que adelantó durante aquel tiempo difícil adquirió forma en investigaciones acabadas, hoy solo parcialmente editadas. Sin embargo, la difusión e impacto de los libros publicados en vida del autor aseguraron la continuidad de una discusión y fijaron un horizonte de lectores lo suficientemente sólido como para integrar aquel pensamiento a una tradición de interpretación de las tesis canónicas de la venezolanidad. Por lo demás, sus estilos de análisis y métodos parecen hoy lo suficientemente aireados como para emparejar con orientaciones validadas no solo en la academia, también desde la más solvente expectativa intelectual; así, sus libros se leen con interés entre autodidactas y estudiosos, profesores y escritores, lo cual nos advierte de cómo su autor proyectaba sus tesis en medio de una realidad más críptica que dinámica.

Figura excepcional por muchas razones, Salas, hombre de acción, es a la vez conjuro contra el pragmatismo. Heredero de una familia emprendedora, lleva esta voluntad hasta límites superiores a lo permitido por el medio, pero no se trata de un capitán de empresa, es antes un intérprete angustiado del legado social; quizás sea aquella responsabilidad de llevar adelante una vocación de bienestar y lucha contra la fatalidad y el atraso lo que da a la visión de mundo de su actividad intelectual esa impronta de ágil contemporaneidad. Salas otorga al Positivismo venezolano un aire de civilidad y diligencia, alimenta aquella doctrina con datos de la observación y elabora objetos nuevos, se aleja de los determinismos biogeográficos e integra a sus explicaciones los accidentes históricos. Quizás sea en su visión de las lenguas indígenas donde mejor encaja esa potencia sintetizadora, de búsqueda de unidad armónica, rasgo sobresaliente de su pensamiento.

Su renacimiento parece haber sido previsto por él mismo: el impresionante volumen de la obra inédita (no escribía para publicar quien había dado con claves de largo alcance), sus respuestas de polemista, la disciplina en el uso absolutamente eficiente de tiempo, recursos y relaciones, así parecen indicarlo. No era un hombre obsedido por la gloria del día, y sí por la certidumbre de estar obrando en un medio primitivo, donde ideas y experiencia espiritual debían ser resguardados de la ausencia de escenario. Si conduce sus negocios desde el sentido común que enlaza conocimiento de necesidades y trabajo, sentido social del circuito producción-consumo, queda claro el rol que asigna a esa dinámica en una estructura dominada por el gamonalismo y las condiciones generales de la población (analfabetismo, sumisión, al margen del estado de derecho).

Su esfuerzo redentor se concentraba así en develar la esfinge, explicar el espanto revelando los mecanismos de su funcionamiento, y no en persuadir a los indiferentes. Pero no deja de asombrar la capacidad de ese hombre multidimensional interactuando con las urgencias del día, enfrentando una relación tormentosa con lo público y ejecutando una obra intelectual de inventario, metodológica y teórica, lejos de toda diletancia y más bien propia de una sociedad urbana de gabinetes y Royal Society. El consenso y aceptación de sus argumentos y conclusiones ha ido perfilándose con serenidad en este tiempo de reconocimiento y hasta de hallazgo. Es la consecuencia prudente de grupos organizados y tutores del haber mental de nuestros procesos, ensayistas, académicos y estudiosos instalados en una noción amplia del conocimiento y la cultura. Afortunadamente, todavía queda en las universidades una reducida vanguardia de profesores que no han sucumbido a esa risible racionalidad de burocracia y legitimación documental.

Pero la condición ciclópea y el variado inventario de la obra de Salas nos desconcierta. Estamos en presencia de una potencia escritural: por un lado, piénsese que los 16 tomos de Orígenes americanos los dejó su autor listos para la imprenta, y por otro, la interconexión de disciplinas resulta una proeza del discurso mismo. Un solo universo resuena en sus exploraciones de etnología, clasificación de lenguas y explicaciones sociológicas de la barbarie; extravío e inconsistencia podían acechar en una labor enciclopédica de saberes donde las ciencias sociales eran estiradas hasta encontrarse en los límites de las naturales, botánica, medicina, mineralogía. Vista en perspectiva, la tarea en que se juntan prospecto, programa de vida, tiempo borrascoso y práctica escritural, no parece sino el esfuerzo de un mago.

La vastedad del horizonte le aseguraba temas y novedad, pero también los riesgos del caos en ausencia de medios académicos organizados y la presión misma de la expectación, el destino del trabajo creador en un tiempo de infamia. De todos modos, la gigantomía ya era un problema en términos de alcance de un método; alguien ha sugerido la idea del fracaso asociada al laberinto (Strozzi) para entender el sentido del acopio, fracaso apoteósico, y que signa a Salas como un Jasón en busca de todas las respuestas. Su hazaña no puede ser sino individual, el país demorado y ausente solo será motivo de amargura y pesimismo en una tarea de interrogación de lo vestigial. Prefiere buscar afinidades en aquel otro orden de la naturaleza enmarañada pero enigmática, no en el de la sociedad imposible. “Comparable es la maraña lingüística precolombina de América, a la flora prodigiosa de sus lujuriosas e intrincadas selvas, donde las lianas o bejucos que enlazan unos con otros los árboles y las plantas trepadoras y las parásitas que por todas partes cuelgan...”. La comparación es casi directa, y parece solazarse en ella, es la suma de todo cuanto hay por hacer y reconocer, inventario y programa.

Es claro cómo Salas había separado su tentativa de las veleidades del país, emancipado cabría decir, pues solo en un contexto de gratuidad sería posible sostener aquella tensión dinámica necesaria para llevar a feliz término todos los objetivos que eran materialmente posibles. Pienso si acaso no sea esa disposición cósmica, envolvente, el atractivo principal de la obra de Salas entre las nuevas generaciones, esa variedad de entradas e intereses reposando en una acumulación fértil de referencias, datos e información a la espera de intérpretes y exégetas. Renace con su muerte misma, justamente a un año, la familia diligente saca a la luz, y a manera de homenaje, la edición de Estudios americanistas, libro inédito (1934). Habrá que esperar más de veinte años para ver la edición de Etnografía de Venezuela, Universidad de los Andes (1956), acompañada con prefacio de Salcedo Bastardo; el tercer hito viene con el centenario de su nacimiento, y nuevamente la familia le hace la mejor ofrenda con la segunda edición de Civilización y barbarie (1970).

Aquella sería la protohistoria de su definitiva instalación en el panteón de nuestros tutores de la nacionalidad. Creada la Fundación que lleva su nombre, muy poco después es convocado el concurso de ensayo sobre su vida y obra en el marco del I Coloquio. Ese año de 1998 recibe ya a un grupo discreto de nuevos admiradores; un conjunto de doce trabajos presentados en aquel acto aparecen publicados con prontitud. No por azar, el trabajo premiado corresponde a un autor que se convertirá en su decidido divulgador y promotor: el fervor que Francisco Javier Pérez ha mostrado en estos años que van desde aquel primer Coloquio hasta hoy es solo comparable a un rendido amor. Encara el examen y revisión de su archivo documental, organizador entusiasta de los siguientes coloquios (cuatro hasta ahora), cuidador del conjunto de sus reediciones, en número ya sustancial para la investigación, ha dedicado varias monografías al análisis y situación de su pensamiento.

Haber conservado en óptimas condiciones sus archivos y manuscritos ha sido una especie de gracia con que ha contado el revival. Pérez es quizás su mejor conocedor, donado a la nación, llega resguardado a la disposición de los estudiosos, y es una lección de responsabilidad de sus herederos. Al núcleo pionero compuesto por el profesor Márquez Carrero, de la Universidad de Los Andes, Susana Strozzi y Domingo Miliani, se une Francisco Javier Pérez como un grave albacea: ampara documentos, organiza grupos de investigación, adelanta gestiones de edición y reedición, difunde insumos entre los entusiastas. En cuanto a su valoración, esta apunta de manera especial a las áreas de su especialidad, la lexicografía, y, sin embargo, el prospecto mismo de Salas parece hecho a la medida de Pérez, su obra personal se nutre de esa amplitud de las humanidades que las hace eco del juicio de valor, lo cual obliga constantemente a razonar para entender, y no tanto a explicar para convencer. Literatura, música, artes plásticas, historia, forman parte de los intereses de este lingüista decidido a dotar su disciplina del encanto de la ilustración, a arrancarla de las equívocas pretensiones de la cuantificación y las fórmulas generativas.

Su personal valoración de la obra de Salas lo encara con el sociólogo, si bien admira la pulcritud de su comparatística y la consecuencia de sus analogías, es en la irrupción de sus paisajes culturales donde hace los mayores encarecimientos. “El logro más obvio, entonces, sería la destrucción de Babel (un símbolo de la confusión en el entendimiento entre leguas, y un sinónimo siempre nefasto de lo antilingüístico), en tierra venezolana...”. No es poca cosa diríamos, es una donación al estatuto mismo de la disciplina, blasón para el estímulo, también para fundar desde las veneraciones del prestigio, organizar habiendo previamente desencriptado las claves, de eso se trata en medio del laberinto y, sobre todo, ante la vastedad de las muestras.

“Hoy, a través de un estudio metódico de más de veinticinco años, podemos afirmar que teogonía y lengua, palabras equivalentes, son una para la raza humana, y que cualquier investigación etnográfica, para ser fructuosa debe basarse en la comparación simultánea de mitos y palabras”. De alguna manera hace suyo este enunciado de Salas, sabe cómo sin los ecos del hablante cuando su lengua enmudece no sería posible producir un bosquejo de la horda, menos aún proyectar su universo. Y tal vez sea su mayor aporte a la comprensión de la obra el de afianzar en la lingüística de Salas sus resonancias etnológicas y míticas, explicar sus hallazgos y ordenamiento desde el perfilado objeto de los grupos humanos y su cultura, superando así la pura función comunicacional. “En esta obra se van armonizando los ámbitos de la historia, la religión, la magia y el lenguaje en una compleja escritura etnográfica que privilegia el documento lingüístico como posibilidad certera de entender y retratar el origen, progreso y evolución de los pueblos”. Capta muy bien la aspiración de totalización presente en Salas, generalismo conciliador procurando no las forzadas simetrías, sino atar lo recurrente en la consolidación de la aventura humana, lo llama “lingüista de montaña” y a veces “dios”, eufórico signa y ciñe a su autor con adjetivos que lo fijen a unas emociones.

Y si Salas evadió los condicionantes del medio físico, en formidable distancia de los determinismos biológicos del Positivismo, su estudioso descubre un nicho para su quehacer y el florecer de su ciencia, y montañas, los hábitos de recolectores y pastores, cercanía de nubes y la cúpula del cielo, hombres y elementos conformando un universo. “Andinismo”, denomina sin apremios la diligencia de aquellos organizadores entre los cuales hoy sobresale por su insistencia y la pulcritud de su devoción Julio César Salas.

Arcaísmos, endogamia, aislamiento, caracterizan una región expuesta como reliquia ante la observación de arqueólogos y etnólogos, los estudiosos de las lenguas indígenas hallarán en ella un mundo sin hollar, aunque extinto en su significación societaria. “Las montañas andinas suponían un aislamiento (...), condicionaban la noción de que se vivía ajeno al transcurrir del resto del país...”, es una primera constatación de Pérez para fijar el determinismo histórico, tras lo cual señala el advenimiento de un estilo marcado por lo confinado, reclusión de unas comunidades vueltas sobre sí en una contemplación de las posibilidades cósmicas del entorno y no aplastadas por él. “Toda la andinística registrará esta situación. En otro sentido, las montañas marcarían la orientación del trabajo lingüístico y aportarían una ideología de la ciencia del lenguaje...”. Atrapado en un inventario que él mismo acreció, y en la certidumbre de haber dado con una manera de redención de aquella teratología, Salas dedicó veinticinco años a estructurar una obra en particular como quien alimenta una especie exótica.

Esa especie es el diccionario de 16 volúmenes, aún inédito, como se ha dicho, pero está lejos de ser solo un depósito de datos. Fascinado por la paradoja de la imposibilidad, Francisco Javier Pérez ha ponderado aquella obra en sus arcones y relicarios; su autor parece haber insistido más de una vez en la elección del género, el diccionario: razona su pertinencia cuando se trata de un objeto vasto, diseminado y frente al cual se carece de referentes estructurales. El diccionario resulta, pues, el instrumento apropiado y no es solo un continente susceptible de rellenarse con cualquier clase de datos, estos deben reflejarse entre sí, poseer una condición palindrómica. Ser el todo y las partes a la vez, ser continente y contenido, tales son las exigencias de una obra como Orígenes americanos, “el más oceánico y polifónico diccionario venezolano de todos los tiempos”, como anota Pérez.

Justificar la elección, razonarla y encarecerla es un acuerdo que Salas comunica a los lectores del futuro, nadie como él para dar con un formato discursivo apto para representar las lenguas indígenas del continente americano en contraste y diálogo con otras del resto del mundo, pues no era asunto de alinear palabras y sellar entradas como en un censo sin fin, era antes como un Arca de Noé filológica. Él mismo lo explica: “Ese análisis comparativo debe abarcar todo el campo sociológico, no solo cuestiones religiosas y filológicas, sino todas las manifestaciones de la humana evolución, y no puede hacerse de otra manera que en forma de diccionario”.

El fracaso como apoteosis da ahora paso al universo como refugio, todo puede ser contenido en él, pues se presume la filiación de todos los seres que lo habitan, el diccionario es ese universo, contiene los rasgos de todo y, por tanto, la posibilidad de reconstruir su génesis. El irresoluto problema de la cantidad queda así desestimado, tenemos entonces el diccionario de todas las lenguas y no las palabras de una lengua. Finalmente, su amoroso contemplador elabora la imagen perfecta de su dios, en ella no caben discrepancias, pues lo representa en el acto inicial de la creación. “Con la conciencia de que construía el laberinto en forma de diccionario se introdujo en él para sugerir un camino que conduce a otros caminos que, como las ramas de un árbol, se ramifican siempre en otros caminos sin solución de continuidad”.

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Laceración y salvación. Sobre Julio César Salas

Francisco Javier Pérez

Fundación Julio César Salas y Consejo de Publicaciones de la Universidad de Los Andes

Caracas, 2016