Entretenimiento

Con el nombre propio. El libro “Una nación a la deriva” de Tulio Hernández

Presentación del libro en el Gimnasio Moderno, en Bogotá, el 2 de Junio de 2017

Tulio Hernández

Archivo de El Nacional

 Tulio Hernández 

Cuando escuché su voz por el teléfono supe de inmediato que era Tulio Hernández. Solamente él y mi familia más cercana me llaman por mi nombre de verdad, el que me hace saltar las palancas de mi primera memoria. Lo hace además con la fonética entrañable de mi infancia, entre otras cosas porque los dos nacimos en regiones vecinas, unidas por fuertes lazos simbólicos, él en el Táchira y yo en Santander. Ese Gérman de Tulio me suena entrañablemente familiar; se lo he repetido muchas veces, porque muchas veces me ha resonado en esas profundidades del alma en las que viven los nombres y con ellos los recuerdos más vivos.

San Cristóbal era para nosotros la frontera de la fantasía y San Antonio, lo más parecido a un lugar de la felicidad. Como recuerdo en un texto que escribí hace años cuando formé parte del Grupo Académico Binacional Colombia-Venezuela, “mis recuerdos de Venezuela pertenecen a una ancha frontera que se extendía por entonces hasta Bucaramanga, a la que llegaban los jóvenes venezolanos a estudiar en la UIS, en los tiempos en que Jaime Arenas organizaba marchas, huelgas y quemas de la bandera norteamericana, interrumpiendo el reposo de una apacible ciudad de provincia.

Pero mi Venezuela era mucho más que una frontera física. Era claramente un territorio simbólico. Ir a San Antonio del Táchira representaba una aventura de la imaginación, porque los contrabandos de aquellas épocas escondían entre las maletas carros de pilas, muñecas de pasta que entornaban los párpados y que casi siempre eran rubias y aviones que correteaban por las salas de pisos de baldosines prendiendo sus luces. La sorpresa de ver a un automóvil moviéndose por entre los corredores y haciendo giros apenas se tropezaba con las patas de la mesa de centro, es una experiencia inolvidable y definitiva. Tan definitiva como para que el recuerdo de estas máquinas de fantasía no lo asociara una generación de colombianos con los centros comerciales de Miami, sino con el nombre histórico de Venezuela”.

Por eso cuando me propuso hablar en el lanzamiento de su libro Una nación a la deriva, publicado en Caracas por Libros El Nacional, no lo tomé como un compromiso, sino como una pequeña muestra de mi agradecimiento por pronunciar tan bien mi nombre. Es de algún modo un libro que ya conocía, por lo menos parcialmente, porque cada semana, de manera religiosa, me han llegado sus columnas en El Nacional junto con un regalo suyo adicional, o como llaman ahora, un bono plus que he apreciado como una joya semanal y que podría ser un bello vals para cuatro de Hernán Gamboa o una canción de David Bowie, lo que demuestra el espectro cultural en que se mueve Tulio, que es capaz de pasear entre una interpretación de música tradicional y uno de los héroes del rock contemporáneo.

En estos mares lo he conocido durante todos estos años aunque ahora enfrente las turbulencias de un país a la deriva, que le ha exigido, creo que con dolor y evidentemente con pasión, plantar algunos días su tienda en la terrible orilla de la política a la que lo tenemos provisionalmente prestado.

Porque la historia personal de Tulio Hernández es la de un intelectual que se pregunta por su tiempo y que lo ha hecho especialmente desde la comunicación y la cultura, tanto en el gesto como en la interpretación como lo diría el sociólogo francés Bernard Lahire, es decir, en la reflexión conceptual pero también en los proyectos que ha emprendido y gestionado.

Lahire se refiere a la lectura, pero su clasificación es válida para analizar el libro de Tulio Hernández quien interpreta el dramático momento de la sociedad que le tocó vivir y a la vez conecta su reflexión con lo que sucede, con la acción.

Porque desde las primeras páginas de su libro queda claro cuál es su inquietud fundamental que define cómo los “mecanismos a través de los cuales una élite política cívico-militar secuestró a Venezuela mediante una compleja operación que consiste en apostar a obtener el control político, económico e ideológico pleno de la sociedad…. Creando una nueva e ingeniosa modalidad de gobierno que ha recurrido a la máscara democrática para ocultar el rostro totalitario” (página 11).

Esta figura del rostro y la máscara atraviesa trágicamente las páginas de su libro y él se encarga de mostrar los dispositivos que permiten esta terrible y falaz mentira.

Sabemos desde los tiempos del teatro griego el camino azaroso y complejo que lleva desde la máscara al rostro, desde la verdad a la impostura. Ese es el camino que decide recorrer Tulio Hernández a través de la escritura periodística y la actitud moral. Y lo hace a través de la fragilidad pero la oportunidad de los textos periodísticos que tienen la virtud de palpar lo que sucede diariamente, que es probablemente una de las formas para percibir las tensiones de una sociedad. Por eso, y como él mismo dice, busca “identificar los móviles, las creencias y el sustrato psíquico profundo de los captores, para entender así la esencia de su lógica y su operatividad”, es decir, intenta atravesar el ambiguo mundo de la máscara. Y pronto se encuentra con un sistema político que tiene “en una mano la Constitución y en otras la pistola apuntando”.

Por qué pasó lo que paso es la pregunta insistente que se hace Tulio Hernández y que se ha propuesto responder de manera consecuente con su condición de sociólogo. Me impresiona su reflexión sobre una suerte de “profecía que se autocumple”, es decir, sobre el camino exacto que lleva al desastre y que él llama la mesa servida para un liderazgo carismático, en el que destaca el desplome de los partidos políticos, el síndrome de la balsa de piedra y el culto a Bolívar. Las tres sinrazones darían para una larga conversación, entre otras cosas porque no parecen realidades excepcionales sino singularidades compartidas por nuestros países, incluido por supuesto Colombia. Con lo que la tragedia es probablemente algo que estamos viviendo como continente e inclusive como mundo como se ve en Turquía, en Polonia, en la Inglaterra del Brexit, en el autoritarismo ruso y en la experiencia tragicómica del gobierno de Donald Trump. Al desfonde de las institucionalidades conocidas, aun las más respetables (la justicia, por ejemplo), la acompañan las fisuras de la representación, la vocinglería de los proyectos populistas, la desconfianza en derechos fundamentales que pensábamos que estaban fuertemente arraigados en el sentido de la democracia (ella también puesta en cuestión) y la tremenda impertinencia de las élites. Y cuando menos lo pensamos crecieron los abismos y las balsas de piedra se alejaron cada vez más, unas de otras. Basta ver en qué lugar está un estudiante de Boston y un habitante del medio oeste norteamericano. Y al final como lo escribe Tulio Hernández sobre Venezuela, las mayorías no quieren saber nada del pasado inmediato y pronto se encuentran frente a un régimen híbrido que no es una dictadura clásica (aunque cada vez se le parezca más), tampoco un estado comunista y menos una democracia. Nuevamente los griegos lo sabían. El juego de las máscaras oscila entre la tragedia y la comedia con solo un movimiento leve de rotación. Los dislates lingüísticos de Maduro que corren a diario con su máscara de comedia por las redes sociales, se encuentran con las amenazas en televisión que hace el presidente de gobierno con nombre propio sobre Tulio Hernández y que se deben leer a través de la máscara de la tragedia.

Es lo que sostiene Fernando Mires en uno de los “plus” dominicales de Tulio. “Venezuela entera está cruzada (y agujereada) –dice– por espacios democráticos y dictatoriales”. Esa es la naturaleza híbrida de un monstruo que se mueve permanentemente y que ahora, en estos días, continúa mimetizándose con los muertos en las calles y una constituyente espurea y desigual. Por eso el autor concluye su análisis con una figura estremecedora: dos jugadores de póker están obligados a seguir jugando, uno con las cartas marcadas frente al otro que lo sabe y no debe fugarse, una especie de “carta robada” de Poe, solo que más avisada.

Cuando se empiezan a leer los artículos de La nación a la deriva se van teniendo varias sensaciones: por una parte la convicción anticipada de que una serie de cataclismos van a ocurrir y por otra la prefiguración del tamaño y la naturaleza de esos cataclismos. Lo plantea muy bien esta frase de Tulio: “Si un dios griego hubiera estado mirando a Caracas desde el cielo, se habría cubierto el rostro con sus manos en un gesto de dolorosa impotencia” (página 49).

Pero lo que más llama la atención es el análisis, o digámoslo mejor, la mirada que propone quien escribe. Porque desde los hechos –el caracazo, la caída de Carlos Andrés Pérez, los sucesos de abril de 2002 y muchos otros– el autor va componiendo una perspectiva comprensiva y explorando una especie de panorama de los sentimientos de lo que vive la nación. La subestimación de unos y otros, la sensación de que todo se pudo haber evitado, la creencia en la salida violenta, los demonios del militarismo o la voluntad de no convivir, forman parte de este paisaje moral del desastre.

Más que un sociólogo clásico, Tulio Hernández es un sociólogo de las mentalidades y de lo simbólico, que ayuda a descifrar la situación que se vive en Venezuela, que a la vez es una gran lección para lo que ocurre o puede ocurrir en otros países. Porque lo que más me emocionó de este libro es su perspectiva, la carga explicativa de fenómenos que trascienden lo puramente político, pero que son indispensables para entenderlo.

El secuestro de la psique de los venezolanos, las patologías compartidas de los colectivos sociales, la construcción de la imagen del héroe para tratar de resolver las crisis de identidad de la sociedad se agregan a la exploración de la condición fanática, el pensamiento totalitario y la lógica fundamentalista. Ya solamente esta lista sería un programa de pensamiento que respetando las coyunturas se dirige a los núcleos más profundos de la crisis que vive Venezuela.

Pero hay otras claves de comprensión como la procacidad oficial como problema político, los rituales de la violencia camisarroja (“la agresión física, la paliza, el escupitajo, el disparo, la bofetada, el tubazo en el rostro, la puñalada en el vientre”) y la creación del estado malandro, que nos recuerdan que existen otros caminos para comprender los desastres sociales y políticos de una sociedad hechos de lenguajes, de semióticas del cuerpo y su agresión y de la bandalización del ejercicio del poder.

Aunque es un libro sobre una tragedia, Tulio Hernández no renuncia en ningún momento al humor. Su actitud me hizo recordar el discurso que sobre “La risa de Dios” pronunció Milan Kundera en Jerusalén, en el que recordó que Rabelais creó el neologismo de “agelasta”. Ellos son los que “están persuadidos de que la verdad es clara, de que todos los hombres deben pensar lo mismo y que ellos son exactamente lo que imaginan ser. Pero es precisamente al perder la certidumbre de la verdad y el consentimiento unánime de los otros, cuando el hombre deviene individuo”.

El libro se cierra con un guiño cultural, y una combinación entre la tristeza y la esperanza. El primero es una columna sobre los oficios de la desgracia como el alquilador de desodorante, los voceadores de ruta, los daleros y el bachaquerismo que califica como “la política de redistribución del ingreso más exitosa del gobierno de Maduro” (página 166), y en la segunda, la triste realidad de la basura y de quienes comen de ella se encuentra con la alegría compartida de cientos de miles de manifestantes de la oposición que fluyen por las calles de Caracas.

Como lo sabemos, también desde los griegos, cuando se abre la caja de Pandora, salen de inmediato catástrofes, desastres y tragedias. Pero si alguien se asoma al final de las desolaciones siempre se encontrará con la esperanza.

Un libro lúcido, diferente y esperanzador el que ha escrito Tulio Hernández a través de su experiencia de estos años terribles.

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Germán Rey es profesor de la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá), fue Defensor del lector del periódico El Tiempo, miembro del Grupo Académico Binacional Colombia-Venezuela y de la Comisión Presidencial de Integración y Asuntos Fronterizos Colombia-Venezuela. Forma parte de la Junta Directiva de la Fundación Gabriel García Márquez de Nuevo Periodismo Iberoamericano.