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Carta a un valerano en Madrid (sobre “Gemelas” de Juan Carlos Chirinos)

Juan Carlos Chirinos (Valera, Trujillo, 1967), desde hace años reside y escribe en Madrid: novelas, cuentos, biografías, teatro. Su última novela se publicó en España en el 2013, por la Editorial Casa de Cartón, y en el 2016 en Venezuela, por El Estilete. Aquí, la correspondencia que la crítico y amiga Violeta Rojo le escribe a propósito de “Gemelas”

Juan Carlos Chirinos

Vasco Szinetar ©

 Juan Carlos Chirinos

Juance querido:

Las redes sociales las carga el diablo, como dice nuestro común amigo Blanco Calderón, pero son una bendición con tanto cuate afuera. Todavía quedan algunos aquí, aunque a veces una se siente sola y muchas otras preocupada porque cada vez más gente se va y es aterrador pensar que vamos a quedarnos aquí con los niños de la patria y los enchufados.

El caso es que gracias a las redes puedo estar al tanto de lo que hacen los amiguetes regados por el mundo y recordar libros magníficos. Estos días alguien citó a Piglia en Respiración artificial: “La correspondencia es un género perverso: necesita de la distancia y de la ausencia para prosperar”.

Suena muy bien y es verdad, aunque también relativo. Oswaldo Trejo y Antonia Palacios se escribieron cartas diarias durante años, a pesar de que vivían en la misma ciudad, hablaban por teléfono todo el tiempo y se veían muy a menudo, y lo hicieron únicamente por el placer de la escritura y de la lectura.

A nosotros, sin embargo, solo nos quedan los correos electrónicos. Deberían ser una maravilla porque nos permiten un contacto casi inmediato. Quizás por eso mismo, son una forma perversa del género epistolar. No es común que seamos cuidadosos escribiéndolos, así que conforman un procedimiento comunicacional más que un género literario. Los correos pueden no tener principio ni final y son como una conversación espasmódica que se va prolongando. Una escribe: “Juance, guapo, me encantó Gemelas, ya hablaremos”, mas eso no es igual que una misiva decimonónica, en la que en varias cuartillas se explaye sobre las virtudes o no de lo que acaba de leer. Con un correo no hay manera de decir “Perdona que te escriba una carta tan larga, pero no tengo tiempo de hacerla más corta”, como dice Victoria de Stefano que decía Tolstoi, DBU que decía Madame de Sévigné y yo que decía Marx.

En fin, si estuviéramos cerca quizás nos habríamos reunido en algún lugar para conversar, no obstante, ¡alas!, la distancia nos separa. No es igual hablar por teléfono o chatear, no sería lo mismo un mail. Lo que queda es el género epistolar, arcaico y lento, y quizás poco adecuado para hablar de una novela trepidante, nada anticuada y en la que los géneros se desdibujan.

Juance, guapo, me encantó Gemelas. Es una novela negra muy particular. Sigue y no sigue las normas del género y esa iconoclasta es magnífica. Aquí las muertes no son lo que parecieran ser, los asesinos no son los habituales y la investigación no es muy ortodoxa. Entre que uno no observa y es prejuicioso y el otro tampoco porque es pedante y está enfrascado en el Tiberio de Marañón, ya me dirás tú qué indicios iban a buscar los detectives.

Para mí lo más interesante de la novela negra no es el crimen ni la investigación, sino que muestra sociedades y cómo se viven. La tuya en eso también es diversa. Refleja una parte de la de Madrid y al mismo tiempo la sociedad de Venezuela, tan lejana de la ciudad de los gatos. Es como si tu Gemelas fuera un cuadro en el que la imagen principal es un asunto español, y en segundo y en tercer plano estuviera la situación venezolana actual. Si no estás pendiente quizás no lo veas, pero el lector atento percibirá, en pocas líneas, en diálogos subalternos, con personajes que muchas veces no son actantes sino referencias de las que se habla someramente, tu visión sobre lo que pasa por aquí. Es como si Venezuela fuera el trasfondo de un complicado asunto foráneo. Lo que desencadena el argumento es muy europeo y alejado de nuestros muy diferentes problemas, sin embargo, entre grietas y hendijas va apareciendo nuestro terruño. Venezuela se muestra como fondo, un telón lejano que podría obviarse, aunque siempre está allí y dice mucho.

Este espacio novelesco en diferentes niveles y con diversas voces implica que tu novela es multidimensional, y eso es un cambio con algunas de las miradas literarias a nuestro país. Te confieso que a veces me cansa un poco el “realismo bolivariano”, la “narrativa del deterioro”, el “neorrealismo venezolano”, como quieras llamar a ese género narrativo nuestro que cuenta todos los aspectos de lo que nos pasa y lo que sufrimos. Reconozco que cada quien elige sus temas, pero llega un momento en que hay demasiados libros en los que se describe casi literalmente lo que ya leímos en los periódicos, lo que vivimos día a día, lo que vemos con nuestros ojos. En cambio, aquí es como si dijeras: Caracas, allí está, y se vislumbra en un rincón de una esquina de Lavapiés. Es un elemento no evidente mas tampoco escondido.

Tu novela, además, no solo se lee, también se mira. Podría ser una película con muertes, violencia, sexo, amor, animales salvajes y domésticos y acción constante. Gemelas es muy visual: jirafas paseando por esquinas madrileñas, gente que salta como un ángel desde un piso cinco, bellas mujeres que se duplican, bandadas de corocoras rojas sobre la estación de Atocha. Cada hecho es más que una suma de palabras, es brochazo, pincelada, dibujo que muestra, no solamente narra.

También hay elementos muy sonoros, por ejemplo las voces. Son muchos personajes de varias nacionalidades y niveles socio-económico-educativos y cada uno tiene su tono específico. Los diálogos de uno no se confundirían nunca con los del otro porque cada voz tiene un lenguaje preciso y propio. Esos no son los únicos sonidos. Hay también mucha música, que se va escuchando en cada ambiente y que va dando texturas narrativas. Gemelas es una novela que se mira y que se oye.

Además, y como suele suceder en tus textos, hay cantidad de referencias intertextuales. Es como irse encontrando cantos peculiares en el camino que uno va reconociendo poco a poco. Pequeños guijarros que pueden ser un bolero, un verso de Gerbasi, una secuencia de Los pájaros de Hitchcock o el recuerdo de Doce monos de Gillian, y es delicioso encontrar esas piedritas, tomarlas con dos dedos y mirarlas ante una luz desconocida en un sitio poco habitual.

Lo que más me asombró de Gemelas es que tú, que amas tanto a esa Valera a la que consideras el centro del mundo, le hayas escrito una declaración de amor a Madrid. Yo no sabía que adorabas tanto esa ciudad. Es un recorrido por calles que se adivinan amadas, esquinas que significan algo para ti, monumentos y edificios que se hermosean por tu mirada. Uno puede decir que Gemelas es una novela negra con animales, aunque a veces pensaba que las muertes y la fauna eran una excusa para recorrer morosamente y con ternura los espacios de una ciudad por la que sientes algo así como el amor absoluto.

Quizás deberíamos hablar de los animales (animales, por cierto, que pueden ser personas, los adolescentes son igualitos a jaurías), pero no me atrevo por aquello de los spoilers. Sí te diré que lo que llamas ibis rojos, y que el criollazo Diego reconoce como corocoras, son algo más. Esos animales destructores no tienen nada que ver con nuestras hermosas Eudocimus ruber, las garzas rojas que tan bien conocemos. Las corocoras son plácidas y dulces, en pareja empollan y crían a los polluelos. En cambio, esas corocoras que aparecen en Madrid, con un rojo violento y no hermoso, de comportamiento destructor, amenazante y atropellador son una personificación de otros bichos espantosos, abusones, devastadores, que persiguen sin cesar y convierten todo en tierra arrasada. Los mismos que hacen que Cristina huya de su casa y que tú, él, vosotros, ellos, se hayan ido de Venezuela. Las corocoras son la personificación de las huestes que nos martirizan aquí y entiendo que tengas miedo de que lleguen allá. Porque no solo las referencias intertextuales son literarias, cinematográficas o musicales, sino también políticas. Leía una entrevista a un biólogo que cuenta de la marabunta, hormigas guerreras que no construyen hormiguero sino que llegan a un lugar, arrasan con todo y cuando no queda nada se van buscando qué más destruir. El biólogo decía, con toda razón, que aquí está gobernando la marabunta. Unas hormigas de las que no habla tu Susana y que son más peligrosas que las hormigas argentinas que guarda en su formicario.

Mejor dejamos el fukú, una nunca sabe. Y aquí pasamos a otro elemento diferente: es una novela negra con toque fantástico. Y lo fantástico como nos dijo Todorov que debe ser: en el mundo que conocemos se da un elemento que no se puede explicar, que deja espacio a la incertidumbre. Y en esa incertidumbre están los dobles de mujeres maravillosas, o elementos extraños y aterradores como la anciana con la chica y el perrito en un transportín; o la letanía de los puntos, que no me atrevo a repetir porque trae la muerte. Muerte, por cierto, que a veces parece castigo, ya sea por abusar de los hombres, los animales o las ciudades, pero sobre todo por la deslealtad, que es el peor pecado.

Así que Gemelas sería una novela negra en la que el amor lleva al castigo de la muerte. Muertes que son investigadas por detectives tan ensimismados que son incapaces de ver lo que verdaderamente pasa, con animales con los que hay que tener conmiseración mas también mucho miedo, con países en desgracia a miles de kilómetros de distancia que terminan impactando en las tranquilas calles de Madrid.

Por supuesto, entre tanto dolor y tantos malos malísimos, se salva el gato. Y es que Siro, marqués de Colagorda, minino maravilloso, empático mas indiferente, que juega al póker y se emborracha con sus amigotes es el único personaje con el que es fácil relacionarse afectivamente.

En fin, Juance, guapo, me encantó Gemelas.

Esta carta no te la podré enviar por la red, ni tampoco por correo porque se perderá irremediablemente. La pondré en una botella que tiraré al mar, quizás te llegue.

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Juan Carlos Chirinos. Gemelas. Caracas: Editorial El Estilete, 2016.