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Baltazar Porras, Doctor Honoris Causa de la Universidad de los Andes

El pasado 6 de diciembre de 2017, la Universidad de los Andes confirió al cardenal Baltazar Porras el Doctorado Honoris Causa. Correspondió a José Mendoza Angulo, abogado, ensayista, profesor jubilado de la ULA, ex rector de esa misma universidad, ex parlamentario y ex Ministro de Justicia, pronunciar el discurso de orden, que ofrecemos a continuación

Baltazar Porras

Diario Los Andes

 Baltazar Enrique Porras Cardozo 

Por José Mendoza Angulo

Pórtico

Con el propósito de no someter a un brusco esfuerzo a una memoria que ya muestra señales de cansancio ni de exigir a la razón llegar a límites que pudieran ser extenuantes, revisamos papeles recientes y viejos para preparar estas palabras. Volvimos a leer, por ejemplo, casi todos los ejemplares de la estupenda revista AZUL, órgano divulgativo de la Universidad de Los Andes, fundada en 1981 y que tuvo como director al arquitecto Juan Astorga, como redactor jefe al periodista Roberto Giusti y como consejo directivo a los universitarios Jorge Paredes, Rafael Cartay, Luis Hernández, Gerardo López y Francisco Gavidia. En el número 26, correspondiente a diciembre de 1983 (hace 34 años), se publicaron dos textos que tienen relación con los antecedentes del acto en el que hoy participamos. El primero, una entrevista concedida por el Arzobispo Metropolitano de Mérida para la época, Monseñor Miguel Antonio Salas, anunciada bajo el título siguiente: “No hay antagonismo entre la Iglesia y la Universidad”. De los interesantes asuntos tratados en ese encuentro del equipo editor con Monseñor Salas y ante una pregunta tal vez impertinente de los entrevistadores formulada en estos términos: “¿Qué políticas tiene planteadas la Iglesia para penetrar la comunidad universitaria y para hacer frente a esa ideología marxista materialista que según usted ha penetrado en la Universidad?”, el Arzobispo respondió así, citamos: “Nuestra política no es penetrar la Universidad, pero sí atender al estudiantado en la medida de nuestras posibilidades. La mayoría de nuestros estudiantes son de formación católica y ameritan de nuestra atención pastoral. Precisamente, una de las actividades encomendadas a nuestro Obispo Auxiliar es la organización del apostolado universitario (…)” (fin de la cita). El Obispo Auxiliar que había recibido esta encomienda era en ese momento, y desde hacía muy poco tiempo, el joven Monseñor de 39 años de edad Baltazar Enrique Porras Cardozo, el mismo al que hoy se le discierne en su condición de Académico, de Arzobispo Metropolitano y de Cardenal el doctorado Honoris Causa de la Universidad de Los Andes.

El otro texto publicado en el número 26 de AZUL era la Resolución del Consejo Universitario de la Universidad de Los Andes, aprobada el 4 de octubre de 1983, mediante la cual se declaraba todo el año 1985 como año bicentenario de la institución y se llamaba a celebrar con la mayor solemnidad el 29 de marzo de ese año pues ese día se cumplirían “doscientos años de la creación de la Casa de Estudios que antecedió al Real Seminario de San Buenaventura, origen de lo que es hoy la Universidad de Los Andes”. Se designaba en la Resolución una presidencia colectiva de la cual formaba parte el Arzobispo Metropolitano, y un comité directivo integrado entre otras personas por el Obispo Auxiliar y el Rector del Seminario. El recipiendario de hoy había sido ordenado Obispo Auxiliar del Arzobispo Metropolitano el 17 de septiembre de 1983 y cinco días después de su ordenación episcopal, el 22 de septiembre, había atendido invitación del máximo organismo de gobierno de la Institución para participar en reunión del Consejo Universitario. Con las palabras del Rector, las del Obispo visitante y el respetuoso intercambio de saludos y de buenos deseos entre el Auxiliar y los integrantes del Consejo comenzó la ya larga andadura de una nueva y entrañable relación entre la Mitra merideña y la Universidad que hoy hace un alto para mirar el tramo recorrido, reconocer lo que por justicia merece ser reconocido, tomar una bocanada de aire renovado y continuar.

Apenas unos meses después del momento al que estamos haciendo referencia, el 29 de marzo de 1984, con motivo de la conmemoración del 199 aniversario de la Universidad y con ocasión de la ofrenda floral ante la estatua de Fray Juan Ramos de Lora, en el patio central del Rectorado, de paso para esta misma Aula Magna en que nos encontramos hoy, invitado a decir unas palabras, el Obispo Auxiliar Porras Cardozo se sintió animado a evocar en los siguientes términos un pasado que todo universitario ulandino debe tener siempre presente, citamos: “(…) a solo un mes de haber llegado a la sede episcopal, el Obispo Ramos de Lora decreta las Constituciones del Colegio Seminario y pone en marcha un proyecto que no las tenía todas consigo. Sin local, un viejo y destartalado convento franciscano le sirvió de asiento. Sin renta, la no muy abundante mesa episcopal hace de fiador. Sin concesión regia, se suplica y obtiene la Real Cédula correspondiente. Sin profesores, borlados de Santa Fe y Caracas le darán prestancia. Sin alumnos, el propio Obispo los busca y selecciona. Era una obra de titanes. Y el viejo franciscano andaluz sacó energía del rico bolso de su experiencia y la regó con la esperanza de su fe inquebrantable. Y logró una obra de arte”. Termina entonces Monseñor Porras su breve intervención con palabras de Mariano Picón Salas: “Y el artista es fundamentalmente adivino. Abre sobre la compacta realidad, sobre el ciego mundo, aquella grieta y chorro de luz que permite explorar lo inadvertido” (fin de la cita).

El personaje

Como Obispo Auxiliar y como Arzobispo, el Cardenal Porras ha dado cumplimiento a la encomienda que le trazó su guía más próximo, Monseñor Salas, de organizar el apostolado universitario. Los testimonios de este empeño son muchos pero el logro mayor es haber conseguido reemplazar el aire enrarecido de los prejuicios mutuos acumulados durante años por la atmósfera fresca y limpia de la confianza y el respeto de dos instituciones que, sobre todo hoy y de cara al mañana, no tienen más alternativa que convivir en armonía. Por supuesto que mucho ha tenido que ver en este desenlace el talante personal de Monseñor Porras, pero no podríamos dejar de mencionar otras dos circunstancias que completan la explicación de los resultados. La primera, que Su Eminencia Reverendísima es un intelectual. Como ha tenido oportunidad de recordárnoslo el Rector Emérito de esta Universidad, profesor Genry Vargas Contreras, en la semblanza que leyó del Cardenal, cuando llegó a Mérida apenas habían pasado seis años de haberse doctorado en Teología Pastoral en el instituto madrileño correspondiente de la Universidad Pontificia de Salamanca, institución en donde también se había licenciado en Sagrada Teología en 1966. Venía con la sed insaciable de las lecturas, de la escritura, de la investigación y de los libros. Además de los asuntos de la religión y de la Iglesia, la Universidad era su otro medio ambiente natural. Razón y visión había tenido Monseñor Miguel Antonio Salas. Hace tres años, en el Aula Académica del Palacio Arzobispal de Mérida, en ocasión de presentar ponencia “acerca del lugar que le corresponde en el tiempo al trabajo cumplido hasta ahora por Monseñor Baltazar Enrique Porras Cardozo a la cabeza de la Mitra merideña” expresamos un criterio que nos parece apropiado subrayar en este momento: el hoy Cardenal Baltazar Enrique Porras Cardozo ha sido, en los 232 años de vida episcopal merideña, el más ilustre e ilustrado prelado que ha tenido esta Iglesia. Pero es que, además, ha sido un intelectual y un líder religioso con pensamiento de avanzada que cuando cierre su ciclo merideño va a dejar una Iglesia renovada, rejuvenecida y con un alto nivel de formación profesional de sus ministros, un verdadero acicate para la Universidad.

El ambiente propiciador

Hablar de la segunda circunstancia nos demandará una explicación previa más amplia. Por esa condicionante intelectual de la que no podemos desprendernos quienes hemos sido formados dentro de las coordenadas de los estudios históricos y a quienes, además, la actuación pública nos ha dejado marcas, creemos necesario referirnos, así sea con brevedad, a los momentos que han servido de marco a la historia que estamos contando. Nosotros estábamos concluyendo las tareas que el Claustro Universitario nos había encomendado en 1980, tareas que se habían vuelto difíciles, pesadas y a veces francamente muy poco gratificantes. La administración y el manejo de la Universidad habían entrado en un camino tortuoso. Los universitarios, supuestamente formados en buscarle explicación racional a los fenómenos y a los problemas, escondían su sorpresa ante lo que estaba pasando en la Universidad en la línea de menor resistencia de atribuir las incomodidades que los afectaban a errores o incompetencia de la dirección institucional antes que pensar en que lo que ocurría tenía su origen o podía ser explicado en el cambio que se estaba operando en la realidad socio-económica y política del país. Por cierto, y porque nadie escarmienta en cabeza ajena, a la sociedad venezolana le pasó lo mismo un quinquenio más tarde. Seguramente también el espíritu del joven prelado que era en 1983 nuestro doctorando de hoy estaba dominado por sentimientos asimilables a los de los universitarios, como por ejemplo la ilusión de la misión que le había trazado el Arzobispo Salas en la Universidad de Los Andes, el entusiasmo de ser el Rector del Seminario Mayor Arquidiocesano y muy probablemente hasta el natural temor de no saber aprovechar a cabalidad todos los aspectos y detalles del exigente aprendizaje que lo llevaría a ser más adelante la cabeza de la Iglesia merideña. Lo cierto es que durante los años 1977 y 1978 del siglo pasado, Venezuela había entrado en barrena en lo que nosotros hemos llamado otra crisis histórica general de fin de siglo, en este caso entre los siglos XX y XXI, de la que todavía, hoy, 39 años después y a 17 de haber comenzado la nueva centuria, nos cuesta comprender sus causas y de la que tememos estar distantes de salir. Por eso nos atrevemos a sostener que la maduración intelectual del hoy Cardenal Porras Cardozo ha tenido lugar en medio de la dura pero rica combinación de fuerzas, tendencias y circunstancias que configuraron la realidad venezolana de los años que han enmarcado su ejercicio episcopal en Mérida, que lo perfilaron como la indiscutible figura nacional que es hoy y que, como telón de fondo, permitieron que se expresara la armadura espiritual con la que había sido dotado y preparado en los primeros 39 años de su vida.

La maduración intelectual

Creemos que puede decirse que lo que hemos llamado el proceso de maduración intelectual del Cardenal Porras siguió tres caminos interconectados: su trabajo dentro de la Iglesia una vez ordenado Obispo; la carrera académica posterior a su doctorado en Teología, y su conversión en la notable figura pública que es en estos momentos en Venezuela. Nuestra observación de esos caminos se hizo desde dos miradores. Uno, la perspectiva de ser nosotros actores y testigos de la vida pública venezolana de este tiempo en sus manifestaciones más diversas. El otro, más cercano, la del trato próximo condimentado por la amistad y el afecto recíprocos, y la del ambiente crítico de “La Tertulia de los Martes”, grupo plural para el examen de los asuntos públicos del país y de la Universidad, animado por cuatro ex-rectores de esta Casa de Estudios al que Su Eminencia le ha acordado su generosa amistad y un reconocimiento que todos los contertulios tenemos en la más alta estima.

Cuando después de su ordenación como Obispo Auxiliar se incorpora a las labores de la Conferencia Episcopal de Venezuela y al poco tiempo es designado Secretario de esta Institución no faltó quien pensara benévolamente, como decimos coloquialmente entre nosotros, que ese primer paso representaba el pago de su noviciado como obispo. A esa responsabilidad se asoció al poco tiempo otra trascendental, la de ser Presidente de la Comisión Organizadora de la visita de Su Santidad Juan Pablo II a Venezuela. Si alguien llegó a tener alguna, esta misión no dejaba dudas. Las tareas encomendadas no eran el pago de un noviciado sino el primer gran reconocimiento de una personalidad que desde el interior de la República, desde bien adentro de la Iglesia, sin tener que darle codazos a otros, se hacía un espacio en la colectividad católica nacional y más allá de nuestras fronteras. Después de su preconización como VI Arzobispo de Mérida y de la toma de posesión correspondiente, acontecimiento del que ayer, por cierto, se cumplieron 26 años, y de coordinar la segunda visita de Juan Pablo II al país, el Obispo Porras Cardozo se convirtió, como Secretario, Vice Presidente, Presidente y Presidente Honorario, tal vez en el más constante integrante de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal de Venezuela; descolló en tareas latinoamericanas y universales de la Iglesia, hasta que el 19 de noviembre del año pasado, por decisión del Papa Francisco, fue incorporado al Colegio Cardenalicio de la Iglesia Católica como sexto Cardenal venezolano y primero en la condición de Arzobispo de Mérida y Metropolitano de una buena parte de la Venezuela católica.

Su carrera académica ha continuado después de su ordenación episcopal pero desde una perspectiva que no se concentra en lo personal. El Cardenal Porras Cardozo, además de su producción bibliográfica y de su actividad en la Asociación de Cronistas de Venezuela, de haber sido incorporado a la Academia de Mérida, a la Academia de Historia del Táchira y a la Academia Nacional de la Historia; de haber recibido los doctorados honoris causa de la Universidad Católica Andrés Bello, de la Universidad Nacional Experimental del Táchira y de la Universidad Católica Cecilia Acosta de Maracaibo, se ha impuesto la tarea de lograr que la calidad académica sea parte de las estructuras y de la curia arquidiocesana. El archivo de la Arquidiócesis, fundado hace alrededor de un siglo, ha dejado de ser el cementerio de infolios de la Iglesia merideña para convertirse en un organismo vivo, abierto a los investigadores, promotor de publicaciones y organizador de eventos científicos. Y el Seminario y la formación intelectual de los sacerdotes de la Iglesia Merideña se han convertido en preocupación y pasión constante del Arzobispo.

El hombre público

Ahora bien, sin desmerecer la importancia de los dominios que terminamos de mencionar, el Cardenal Porras Cardozo ha pasado a ser, desde los acontecimientos políticos del año 2002, parte del grupo de venezolanos de cuya opinión y acción depende, en buena medida, la suerte futura de nuestro atribulado país. Cuando, como escribe en sus memorias, el 12 de abril de 2002, faltando 30 minutos para la una de la madrugada, recibió llamada de Miraflores del atribulado Presidente de la República y este le dijo, cito: “perdóneme todas las barbaridades que he dicho de usted. Lo llamo para preguntarle si está dispuesto a resguardar mi vida y la de los que están conmigo en Miraflores... lo que quiero es salir del país... le pido a usted que me acompañe hasta la escalerilla del avión o incluso que me acompañe si es el caso” (fin de la cita), e independientemente de los sucesos que siguieron, el prelado Baltazar Enrique Porras Cardozo, Arzobispo de Mérida y hoy Cardenal de la Iglesia Católica, se convirtió en una referencia nacional para todos los venezolanos y en un testigo de excepción para la opinión mundial acerca de lo que pasa en nuestro país. En buena parte de los documentos emitidos durante los últimos años por la Conferencia Episcopal de Venezuela, institución que se ha convertido en estos comienzos del siglo XXI en el más importante núcleo orientador de la conciencia nacional, está el pensamiento del Cardenal Porras. No corremos ningún riesgo si afirmamos que en las determinaciones del Papado sobre Venezuela se ha escuchado la opinión del Cardenal Porras. Y somos testigos de las intermediaciones del Cardenal Porras sobre los grandes diferendos existentes en la sociedad venezolana y de los comparativamente de menor cuantía que han afectado o afectan a nuestra Universidad.

El lugar de la ciudad

Con lo dicho hasta ahora creemos haber dado cumplimiento al encargo que nos dio para este acto la señora Decana de la Facultad de Humanidades y Educación, profesora Mery López de Cordero. Vamos a poner término a estas palabras, pero por no ser de ninguna manera lo usual, solicitamos la benevolente comprensión de todos los presentes, y en primer lugar de quien preside el acto, el señor Rector, para formular lo que sin serlo pudiera parecer una crítica. En un acto tan solemne, tan trascendente como este, en particular por lo que subyace a lo que vemos y oímos, no podemos dejar como una simple referencia la presencia de la ciudad. La participación de los señores Alcalde y Presidente del Concejo Municipal del Municipio Libertador del estado Mérida en este acto compensan el vacío pero no lo colman. En el momento en que la Universidad honra y se honra al distinguir al más alto representante de la Iglesia merideña con el otorgamiento honorífico de su más elevado grado académico, no es posible omitir que la acción que hoy ejecutamos concierne a dos hermanos, casi de la misma edad, el episcopado merideño y la Universidad, que nacieron en una ciudad doscientos años más antigua que ellos. A pesar de que la Universidad nació de una semilla que sembró la Iglesia, nadie ha dejado de reconocer la impronta de la ciudad, vale decir de los ciudadanos, en su nacimiento y destino. Mariano Picón Salas, tal vez el más ilustre intelectual merideño con una visión universal de los hechos históricos, llegó a decir en Las nieves de antaño que al nacer la Universidad “el destino de Mérida se asocia desde entonces e indisolublemente, al de esta casa universitaria que ha sido, tal vez, nuestra mayor empresa histórica”. Y el merideño del Páramo y primer Cardenal de Venezuela José Humberto Quintero Parra, en los años en que comenzaba a brillar por sus discursos, asentó categórico en una de sus alocuciones que “razón sobrada tiene Mérida para considerar este Instituto como obra plenamente suya, vinculada a todos sus gremios y clases, para agradecer en consecuencia, como dispensados a ella los elogios y beneficios hechos a este Centro Educativo y para tomar también como inferidos a toda la ciudad los vituperios con que mediocridades engreídas, pasiones regionalistas, rivalidades estúpidas y envidias inconfesables han algunas veces apedreado a este sobresaliente baluarte intelectual de la montaña andina”.

Colofón

Señor Rector

Señora Decana de la Facultad de Humanidades y Educación

Con la realización de este acto académico la Universidad de Los Andes cierra un ciclo que la parsimonia institucional había prolongado demasiado. Está haciendo hoy el reconocimiento merecido a un prelado valiente, a un ciudadano ejemplar, a una persona sensible que se duele del cuadro de pobreza que asola al país, a un defensor intransigente del respeto a los derechos humanos, a una personalidad convencida de la superioridad de la democracia, de la justicia y de la libertad, a un obispo solidario con la Universidad y abierto a los universitarios, a un hombre optimista que no cae en el panglosianismo sino que cree firmemente que el futuro hay que hacerlo con las manos, con el cerebro, con la fe y con el corazón, a un intelectual de ideas avanzadas que, en un lugar destacadísimo, honrando sus creencias y sus responsabilidades religiosas, forma parte en este tiempo de dificultades del liderazgo espiritual de la nación que encarna la Conferencia Episcopal de Venezuela.