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Alejandro Sebastiani Verlezza: “La poesía lo desborda todo”

Serie “Nuevo país de las letras”. Banesco. Alejandro Sebastiani Verlezza: “La poesía lo desborda todo”. Texto: Milagros Socorro / Fotos: Carlos Germán Rojas

Alejandro Sebastiani Verlezza

Carlos Germán Rojas

Alejandro Sebastiani Verlezza

Escritor laborioso, este poeta nacido en Caracas, en 1982, cultiva la frase como en el taller del herrero. La somete al fuego, la enfría, la castiga y del rescoldo saca sus libros. Periodista, ensayista y artista plástico, no se detiene ante géneros o formas aisladas. De nacimiento le viene concebir las fronteras como pasadizos. Da la impresión de que nada podrá detenerlo.

De la metáfora al puñetazo. De la ensoñación al chillido del linóleo. La imaginación de Alejandro Sebastiani Verlezza es como un barco afecto a dos costas remotas. Y así va, infatigable, de un extremo a otro, como un péndulo. Un extremo lo salva de la superficialidad; otro lo pone a salvo de la solemnidad. En su emigración perenne, fortalece el músculo de la gentileza. No pareciera que Alejandro dejará de escribir nunca. Un día recalará en la novela, de la que dice no sentir el hechizo. Siempre tendrá ese aire sereno y caballeroso, que es la marca de los poetas venezolanos de la segunda mitad del siglo XX. Seguramente publicará muchos libros y, después de andar caminos insospechados, volverá a sus raíces, al recuerdo de sus 33 años, que son los que tiene ahora: hombre guapo, con el cabello negro en bloque, completamente cómodo en sus camisas, que mira el mundo detrás de sus lentes para miopía y astigmatismo.

Es un andariego de mantel. Acostumbra caminar por las calles de Caracas, en estos tiempos plenas de malos presagios, pero al llegar a una casa, donde le han dado un refresco sin que le acerquen bandeja, pregunta candorosamente dónde va a apoyar el vaso. En ocasiones, sus anfitriones ven esto como una muestra palpitante de una vida hogareña sólida. Por sus crónicas sabemos que no se arredra cuando la historia está incrustada en recodo de maleantes. Va donde sea. No etiqueta a nadie de mala junta. Pero un vaso sin asiento puede dejarlo desconcertado. La cosas en su lugar, podría decir. En vez de eso, dice: “Todo lo que escribo debe considerarse como un jabón en su caja de agua, como una foto que está revelándose. Antes de entregar algo, reviso y cambio mucho”.

Los muchos nombres

Alejandro es poeta, ensayista, cronista, cultor del diario íntimo, traductor y artista plástico. Lector insaciable, aborda todos los géneros. Es graduado en Comunicación Social, de la Universidad Santa María, y licenciado en Letras, de la Universidad Central de Venezuela. Su padre, Enzo Sebastiani Morale, fallecido a los 63 años cuando el hijo tenía 23, había nacido en un pueblito de Abruzzo. Enzo tenía menos de diez años cuando recaló en la calle Brasil de Catia, con sus padres y un hermano. Interrumpidos sus estudios en Italia, en Caracas sería mecánico de carros, latonero, dueño de talleres y administrador de estacionamientos. La madre, Imma Verlezza D’addio, había nacido en Caracas. Sus padres habían venido de Nápoles, donde el abuelo Vincenzo Verlezza Coppola (emparentado con el cineasta Francis Ford Coppola) era zapatero. Vincenzo fundó su propio taller y formó a muchos en el oficio. Gran aficionado a la ópera, el Coppola de Caracas escuchaba el bel canto en la Radio Nacional y en la Emisora Cultural de Caracas. También iba al Teresa Carreño, al Teatro Municipal y al Nacional, a escuchar óperas y conciertos. Tenía por costumbre contarle al nieto lo que estaba escuchando. He ahí una primera gran escuela literaria y sentimental.

Alejandro fue el primer nieto de dos familias italianas destinadas a ser vecinas en Catia. Y cada uno le tenía un nombre: el abuelo materno lo llamaba Lisandro o Lissá; la abuela paterna lo llamada Alessandro; el padre, Aleandro. La abuela materna no lo rebautizó, pero sí le dio un ejemplo que le sirviera de identidad. Luigia Maria D’Addio Persis era costurera, oficio que había aprendido de niña. Fundó su propio taller y luego tuvo una tienda de ropa en Catia. “Se la saquearon dos o tres veces, a finales de los 80, y la volvió a echar adelante”. La tienda de ropa de Luigia era como un jabón en su caja de agua… Un texto siempre dispuesto a rehacerse.

Con los cuatro abuelos tuvo estrecha relación. Él les hablaba español y ellos le respondían en italiano o en dialecto. “Y muchas veces las tres lenguas se confundían en una misma frase. En fin, desde pequeñito estuve relacionado con la traducción”.

El país en el patio de recreo

Zurdo y curioso hasta lo patológico, nunca fue un estudiante sobresaliente. Hizo la primaria en Colegio Luis de Camoes, en La Candelaria. “Era un alumno distraído. Estaba pendiente de la música, del collage. Empecé a hacer collage de niño, por mi tío Doménico, hermano de mi madre. Yo lo veía pintar y pegar cosas. Y empecé a investigar qué era eso. Además, me metía en muchas peleas. El mundo infantil no es lo que se piensa; puede llegar a ser muy duro. Había momentos en los que tocaba caerse a golpes. Ahí todo el mundo llevaba palo. El colombiano lloraba porque le decían que su familia era narcotraficante. Al peruano le decían indio, que no hablaba español. Que si eras negro, que si eras blanco, que si tu familia tenía dinero o no… Yo me defendía como podía. Unas veces me llevaba mis golpes; otras, yo también daba. En muchas ocasiones, también lloré. Eso era el país: un montón de gente distinta que entra ahí y vive las tensiones. Cada quien trae sus prejuicios”.

“Estas escenas duras de colegio y liceo me hacen pensar en cierta fotografía del país que iba revelándose de a poco. Era muy difícil de ver, porque mucho tenía de intragable. Había algo ahí, en nuestros hábitos cotidianos, en la educación sentimental del país, que ya estaba lanzando duras pistas de división sectaria, de odio. Solo faltaban los intérpretes, los taumaturgos, los que fueran capaces de tomar todos esos bajos sentires, porque los encarnaban, y los pusieran en un altavoz, a todo volumen, todos los días, para que esos malestares se regaran infinitamente bajo la amalgama burda, tosca, de la ideología. Las experiencias de lo indecible, de lo absurdo, del nonsense, son muy concretas: tienen rostro, protagonistas y sufrientes”.

De esos años le vienen, como imagen que condensa una época, “las carreteras largas y anchísimas que recorría cuando niño en los viajes de infancia. Esa sensación de estar ante lo inconmensurable, lo desconocido, la boca del misterio, pero, al mismo tiempo, patinando, a ratos caminando, corriendo, cayendo, saltando, sobre un tránsito, sobre una ruta, sobre una deriva”.

Un día empezó a caminar

Rechazado de los buenos colegios donde intentó ingresar, terminaría haciendo la secundaria en el liceo Instituto Unitario del Centro. “Estudié con malandros, con tipos que vivían en barrios duros, que andaban en malos pasos. La gente que no aceptaban en ningún liceo, caía ahí. Había que embraguetarse. Hice amigos, novias. Los tres primeros años fueron muy difíciles. Tuve buenos profesores. Uno, especialmente, Franklin Naveda, nos daba Historia del Arte, Dibujo Técnico, Educación Artística. Nos hacía visitar los museos, las exposiciones. Y al mismo tiempo, era de los que ponían orden. Lo recuerdo con gratitud”.

En el liceo empezó a jugar fútbol, aunque estaba “muy gordito”. No es que fuera muy descollante, pero tenía el ejemplo de su primo Armando Sebastiani, “que era un crack”. Bajó de peso. Siguió haciendo ejercicio. Hoy en día camina, trota. “Mis procesos sobrevienen caminando. Se me ocurren cosas mientras camino: soluciones de los textos o textos nuevos. No necesito estar sentado en un escritorio para escribir. Desde luego, hay una parte del trabajo que se decide en el escritorio. Pero todo lo anterior a la expresión se puede decidir mientras caminas, das una clase o bebes… Lo mejor es vivir lo cotidiano”.

“Caminando descubro o encuentro las vías para ciertos problemas formales, o de la vida. Caminando me vienen muchos textos, como envueltos en un ritmo. Me gusta recorrer la ciudad, de un lado a otro; atravesar sus esquinas, sus lugares menos transitados, sus trastos; ver sus lados más abandonados, los contrastes. También me gusta detenerme en los lugares más sosegados, más plácidos, donde tengo que andar con menos prevenciones. La oscilación por esa variedad de paisajes me interesa mucho. Me gusta escuchar lo que hablan en la calle, en el Metro; meterle el oído a la polifonía de la calle. Todo eso alimenta mucho lo que puedo hacer y, al mismo tiempo, me hace el retrato de cómo va el país”.

El don de no limitarse

En 2016 Alejandro terminó un libro de ensayos sobre Armando Rojas Guardia: escogidos, revisados y prologados por él. También concluyó una antología de la poesía de Santos López: también escogida y prologada por él. “Fueron trabajos en conjunto con estos poetas, muy significativos para mí”.

Tiene dos poemarios que se resisten a entrar en imprenta: Partir y Canción de la encrucijada. “Todavía los voy trabajando, revisando, ajustando”. En etapa seminal se encuentra Osservazioni, frammenti, aforismi, un libro que escribe en italiano y español, como una manera de vincularse con la lengua de familia. “El italiano es muy valioso para mí. Puedo pasar mucho tiempo sin escucharlo, pero, cuando lo oigo, siento que hay una parte de mí que se reaviva. Hay momentos de gran compenetración y otros en que lo suelto. No soy un escritor italiano, y no solo porque escribo en castellano, sino porque mi tradición es la venezolana, y la de lengua española. En todo caso, cada quien arma su tradición, y en la mía está el italiano de mi infancia y la cultura que he ido asimilando a mi experiencia”.

Posdatas fue su primera plaquette, publicada en 2009. “Es un conjunto de poemas, reconcentrados, de cierta cerrazón metafórica. Es tal vez una colección de murmullos, de balbuceos, de tanteos sobre el asombro. A finales del 2015 retomé esos textos, los desbrocé, los desarmé, los reordené. Y de ahí salió otra cosa”.

Derivas es su diario de 2010. “Es mi cajón de sastre: textos de variada entonación y ritmo; rodeos, paseos, búsquedas, insistencias, preguntas, variaciones”. Escribe diarios desde 2006. Con esa coartada acumula poemas, cartas, reflexiones y hasta imágenes y fotos. “Mucha descarga, mucho feeling, mucho mood. Lo que voy viendo, sintiendo, pensando, descubriendo. Las cosas de mi vida: las dichas y no dichas. Ahí están todas las fronteras recorridas, traspasadas. Los diarios del 2006 al 2009 están reunidos en uno solo. Tengo siete en total”.

La particularidad de Derivas no es solo que es un libro publicado, sino que con él se graduó en Letras por la UCV. “Este libro se publicó por Armando Rojas Guardia, varios de cuyos talleres tomé, y por Adalber Salas. Armando ha sido mi profesor, mi maestro, una presencia muy importante. Más allá de quita esta coma, de mira esta palabra repetida, de él he aprendido que, aún en las peores circunstancias de vida, hay algo de lo que te puedes asir para seguir adelante”.

Alejandro es poeta, pero los diarios apuntan más a la narrativa. “Creo que la narración se introduce en la poesía. La prosa se metamorfosea en la poesía y en el ensayo, y al revés. El poema se vuelve lírico, conversacional. No quiero pensar en los géneros como compartimientos estancos, como algo rígido. Cada quien elabora las fronteras a su manera. A unos les interesan las fronteras, y a otros no. A mí me interesan mucho las fronteras, pero como lugares de tránsito. Y siempre a partir de la poesía, que permite esa permeabilidad, esa porosidad”.

“Lo que no estoy escribiendo es cuento. Escribo diarios. No vibro con la estructura clásica del cuento. Porque la poesía es una presencia, no un género. Es algo que puede rodar por todas las entonaciones. La poesía puede pasearse incluso por los fueros de la historia. No hay ámbito de la vida y del pensar a la que sea ajena. La poesía atraviesa todas las zonas, todas las regiones. Como decía Ida Gramcko, en Poética, la poesía es “el don de no limitarse”.

Los maestros, los amigos

En 1999 entró en la escuela de Comunicación Social de la Universidad Santa María. “Tuve estupendos profesores: Ramón Hernández, Magaly Ramírez, Domingo García Pérez, María Teresa Villasmil, Roberto Pérez León”. Cuando quiso hacer una pasantía, descubrió que detrás de donde vivía había un periódico: el semanario La Razón. Tocó el timbre. Le tomaron los datos. Y un día lo llamaron. Su trabajo consistiría en hacer entrevistas, reportajes, encuestas. Como en todos los periódicos, por su redacción pasaban intelectuales, poetas, columnistas. Allí conoció a Jesús Sanoja Hernández, por ejemplo. “Estaba empezando a escribir mis primeros poemas. Leía a Juan Sánchez Peláez y a los poetas venezolanos”.

Un día, un profesor le encargó una entrevista de personalidad. Escogió a Adriano González León, quien lo citó en el restaurante El Maute Grill. “Esa conversación me hizo entender que yo estaba más cerca de la literatura que del periodismo. Yo había organizado un cuestionario, y Adriano muy pacientemente me fue respondiendo todo. Muy sensible, con mucho vuelo. Y nunca se mostró apurado”.

Se graduó en 2005 y, un año después, se inscribió en la Escuela de Letras de la UCV. “Fue una experiencia del otro mundo. Mis amigos, mis compañeros de estudios, mis maestros. Todo lo que me dieron, todo lo que yo di. Fue un momento de inflexión. Allí encontré gente que ha sido muy importante en mi vida”.

Los maestros, los amigos, las influencias literarias, los escritores de otros tiempos y lugares parecen confundirse en un solo grupo. “María Fernanda Palacios, quien fuera mi tutora de tesis, Rafael Castillo Zapata, Armando Rojas Guardia, Santos López, Octavio Armand, Alfredo Chacón, Victoria de Stefano… Son mis maestros porque los conozco y los he leído; con sus vidas me han enseñado cosas importantes. Ha habido intercambio, interpelación y crecimiento. La experiencia de la amistad es muy importante para mí. Yo agregaría también a Cadenas, Palomares, Hanni Ossott, Gabriela Kizer, Ida Gramcko, Yolanda Pantin, Guillermo Sucre, Antonia Palacios, Clarice Lispector, Walt Whitman, Pavese, Eliot, Pasolini, Marguerite Yourcenar, Marguerite Duras, Virginia Woolf, José Lezama Lima, Eugenio Montejo…”.

“Todos tienen en común una altísima sensibilidad, la cualidad de llegar a grandes caminos expresivos. Toda vida contiene la mayor amplitud de lo humano, lo bello y lo terrible, pero solo los grandes artistas logran encauzar su sensibilidad. La obra es la trasmutación de lo que tienen dentro y es, a la vez, un estadio distinto. La conciencia de las formas es lo que hace definitorio todo. Esa es la lidia. Y por eso es tan difícil y estimulante. En el fondo, uno está solo en la confrontación con lo que va a decir y cómo lo va a decir. Se pueden tener interlocutores, pero hay un punto en el que siempre estamos solos”.

“Maestros como José Emilio Pacheco, Ezra Pound, María Zambrano, Baudelaire, Rimbaud, Denise Levertov, Anna Ajmátova, Marina Tsvietáieva, Brodsky, Connolly, Walcott, Ponge, Omar Kheyyam, Pitol, Camus, Picón Salas y Nabokov, entre otros, me han transmitido cosas invalorables. Me han tenido gran paciencia cuando ha tocado, pero sus vidas, su benevolencia cómplice, aunado al conocimiento de sus obras, me ha dado una enseñanza más profunda e intransferible. En toda el agua que ha corrido, hay un hilo que ha permanecido. Desde mis primeros poemas hasta los textos en prosa y collages de ahora, esa línea sigue ahí, vibrando, tal vez porque contiene la respuesta a lo que me mueve a mantenerme activo… Esa consciencia ambivalente, oscilante, de sentirse acompañado, pero a la vez, en un punto, solo, tiene que ver con la consciencia: cómo se expande, hacia dónde va. De la experiencia de la comunidad a la experiencia de la soledad, y de la experiencia de la soledad a la experiencia de la comunidad. Ese columpio…”.

“Las voces de los otros se abren paso en la propia experiencia, porque en el fondo estamos hablando de amistad. La amistad es la experiencia del intercambio y también de la interpelación. Es la apertura, la disposición a escuchar, incluso lo que no siempre nos gusta escuchar. En ese sentido, la experiencia con mis contemporáneos es muy valiosa. Con Adalber Salas, por ejemplo, tengo una gran complicidad: las antologías que hemos publicado, las que tenemos preparadas, las que no sacamos por la falta de papel. Valoro mucho su poesía, como la de Néstor Mendoza, Franklin Hurtado, Graciela Yáñez Vicentini, Raquel Abend, Jairo Rojas, Samuel González-Seijas, Ricardo Ramírez Requena, Francisco Catalano, Alejandro Castro y tantos otros…”.

Si se le apura en cuanto a una definición del oficio, echa mano de una frase de Hölderlin: “El camino no está marcado para nadie”. Lo suyo, entonces, es buscar, indagar. “Explorar fronteras a partir de la poesía, que a mí me ha llevado a los diversos registros que logro. Si no fuera lector de poesía, no podría hablar de nada de lo que he hablado. La poesía da forma. La poesía es una educación del alma. O mejor, la poesía es la forma como intentamos sondear en el alma”.

Por la alegría de vivir

“La alegría de vivir, de estar aquí, ahora, y aprovechar cada día. La alegría de disfrutar lo que tengo a la mano, lo que aparece, lo que llega. La gente que me quiere, los amigos. De eso me agarro en los momentos de tristeza, de desazón, que no son pocos… Soy dinámico, cambiante, poroso. Busco la fluidez, aún en las trabas del trabajo, de la vida, pero también voy hallando los espacios para detenerme, para no hacer nada, para tenerme paciencia, para atender todo lo que no sea ‘proyecto’, sino vida interior, que en el fondo es lo más importante, que en el fondo es lo que alimenta e irradia todo lo demás. Sin vida interior, no hay nada que decir, que tantear, que bucear. Los duros acertijos que cada día nos arroja no es poca cosa. Buscar que la vida interior vaya pareja con el fluir, con el movimiento, con la irrupción del entusiasmo y sus sorpresas. Hay que buscarse la vida; ganársela. Y esto es un gran trabajo, una faena muy intensa, muy demandante, pero muy necesaria. Años de metamorfosis, adentro y afuera”.

“Diría que para mí este es un momento paradójico, lleno de dones y exigencias, de muchas ramificaciones, expansiones, movimientos. Es un momento rapsódico, veloz, de irrupciones. Siento que estoy andando por donde me toca, salga lo que salga. El campo está minado, pero hay que seguir. Me preocupa el rumbo del país: el predominio de la insensatez, del fanatismo; la falta de generosidad, la mezquindad, los bajos sentimientos, para decirlo en palabras de Yolanda Pantin. Me preocupa el culto al poder, la veneración por lo providencial, los caudillos, los “fuertes”, lo fácil. Me preocupa tanta grandilocuencia, tanta mentira. Eso se mete en lo que escribo, y mucho”.

“Hay al menos dos polos de tensión inmensos: la de quienes queremos un país más justo, más creador, más plural, más caleidoscópico, más pacífico, más armonioso, más real, más democrático, más expansivo y más abierto al mundo; y la de quienes quieren un país para defender sus podercitos, sus prebendas. No hay una corriente política, pienso, que se haya detenido en esto. Demasiada militancia, demasiada cerrazón, demasiadas guerritas. Me preocupa tanta frase lapidaria y tan poco acento en la laboriosidad. Echo de menos la meticulosidad, el método, los caminos por recorrer para ser un poco mejores, para tener algo de sentido cívico. Es importante ir conociendo la intimidad de nuestra historia: para no dejarnos engatusar, para dar con las posibles claves de comprensión de este momento y de los que vienen”.

Irrupción, no voluntad

“El oficio tiene muchas estaciones. El oficio es un tránsito largo, de mucha espera. Los poemas van saliendo, a su ritmo, y los voy llevando, poco a poco, bajo una lenta poda. El poema casi siempre es lo restante, lo que se salva de la criba. Es un tempo muy exigente, largo, demorado, que a veces aturde. Es como una larga prueba de paciencia. Porque eso es también la poesía: la vuelta y la metamorfosis de lo vivido, la transmutación, y no lo crudo, no lo que sale a la primera. En todo caso, algo se rasga en la consciencia y el poema se mete ahí, en esas fisuras, en lo que salta, en lo que va como incompleto y ya cortado de uno”.

“La poesía es lo que desbarata la experiencia, lo que te obliga a verla de otra manera, como una pintura cubista, como un ojo en fuga, por allá, lejos. Esa visión dislocada la da el poema. Pero eso exige su tempo: entrar en lo que el poeta quiso, o parece que quiso, o asumimos que quiso, decir. Después está la música, la relación con la música, que es lo más cercano a la poesía, que es lo que más la roza…”.

“Todo tiene que ver con la poesía. La poesía lo desborda todo. Es una irrupción, no una voluntad. Es una vocación, no una decisión proyectada. Te supera, y solo sigues esa intuición que te supera. Está en ti y no está. Es escurridiza. Como también la vida, que es salto, discontinuidad, temblor y movimiento, perplejidad y asco, fascinación y asombro, embeleso y huida”.

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*La entrevista forma parte del libro Nuevo país de las letras, publicado por Banesco Banco Universal, Caracas, 2016. Compilación: Antonio López Ortega.