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Adalber Salas Hernández: “El lenguaje es la muerte”

Serie “Nuevo país de las letras”. Banesco. Adalber Salas Hernández: “El lenguaje es la muerte”. Texto: Keila Vall / Fotos: Kathy Boos

Adalber Salas Hernández

Kathy Boos

 Adalber Salas Hernández

Nacido en Caracas, en 1987, es poeta, ensayista y traductor. Con seis libros de poemas en su haber, ganó en 2015 el XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita con Salvoconducto. Es autor de Insomnios. Ensayos sobre poesía venezolana (2013). Ha traducido a Marguerite Duras, Antonin Artaud y Charles Wright. Junto a Alejandro Sebastiani ha publicado las antologías Poetas venezolanos contemporáneos. Tramas cruzadas, destinos comunes y Destinos portátiles. Poesía venezolana reciente.

Niño pequeño y feliz

Mis recuerdos más tempranos son de un pequeño apartamento, muy entrañable, que quedaba en Quinta Crespo. Allí pasé mis primeros seis años. Quizás porque yo era un niño pequeño y feliz, los trocitos de memoria que me quedan son muy tiernos. Cuando mis padres salían, y mi abuela o mi tío materno me cuidaban, a mí me costaba mucho dormir. Pasé muchas noches acostado, a oscuras, sin poder conciliar el sueño. Recuerdo haber visto alguna vez lo que seguramente sería una cucaracha, un cuerpo oscuro e inmóvil, bajo un delgado haz de luz que entraba desde la sala. Yo me preguntaba fascinado: “¿Cuándo se irá a mover?”. O mejor: “¿Por qué se movería?”. Quizás era un objeto que yo había dejado, quizás un juguete, pero para mí fue muy impresionante. Ese es uno de mis primeros recuerdos.

Mis padres se conocieron en la universidad. Ambos estudiaron Educación, mención Ciencias Pedagógicas, en la UCAB. Ambos también dieron clases desde muy jóvenes. Luego mi papá estudió Derecho, y lo ejerció. Después se dedicó a la política. Primero fue concejal y después diputado por el MAS en el estado Miranda. Fue reelecto varias veces, hasta 2005. Siempre fue un padre muy dedicado y amoroso, a pesar de que durante los días de semana mi hermana y yo lo veíamos poco. A medida en que fue retirándose de la política, comenzamos a vernos más. Siempre se las arregló para dedicarnos tiempo.

Ver la realidad a través de los ojos de mi papá, ha supuesto no solo enmarcar el problema en términos ideológicos, sino entender el engranaje de los distintos intereses, leer los mecanismos internos del poder, preguntarse cuáles son las reglas del juego y quién se beneficia. Al retirarse de la política, él regresó a ser lo que siempre fue: un espectador político. Y de hecho, cuando hoy día nos reunimos o hablamos por teléfono, lo que hacemos es analizar noticias.

Lo que no está

Mis padres me iniciaron desde temprano en la lectura. De pequeño yo leía mucho; todo lo que me caía en las manos. Me fascinaba la ciencia ficción: a Isaac Asimov y Ray Bradbury los leía como desesperado, como si el tiempo se fuera a acabar. Y además en alguno de sus libros el mundo en efecto se acababa. Leía con ese apremio. En otro plano, también me gustaban Quevedo y Garcilaso; me cautivaba su musicalidad, aunque no quería imitarlos. Siempre he tenido mal oído musical: la rima y el metro se me resisten. De hecho, mi trabajo de escritura va en dirección contraria: a prosificar o a desmusicalizar el verso. Las enciclopedias me encantaban. Y también me han gustado siempre los animales. Yo quise ser biólogo, luego arqueólogo, y por último paleontólogo. Siempre me ha gustado lo que no está. Lo que se escapa. Para un muchacho caraqueño leer que una anaconda puede medir diez metros es algo increíble. Yo me paraba en la sala de la casa y calculaba que un metro era más o menos un paso largo. Daba esos diez pasos para calcular la longitud de la anaconda y luego me volvía a ver el recorrido. Entonces me decía: “¡Ojalá que nunca me encuentre con una!”. También me fascinaban unas historietas de Charlie Brown sobre Ciencias, Física, Biología. Eran una maravilla. Hasta el día de hoy me encanta ver cómics de Peanuts.

Rango restringido

Terminé secundaria y como buen bachiller no sabía qué hacer. Tenía un rango restringido de habilidades: cierta afinidad con los idiomas, me gustaba leer, me gustaban las materias humanísticas. Así que apliqué a Idiomas Modernos, Letras, Psicología y Filosofía. Me aceptaron en todas, pero nada me gustaba tanto como leer literatura. Quise ser sincero conmigo mismo y elegí Letras. Pensaba estudiar algo más adelante, pero no. Me quedé con literatura.

La tristeza también

Ser papá es aprender a vivir con el terror y el asombro más puros. Descubrir que hay un punto en el que el miedo y el amor son lo mismo. Jamás pensé que podía experimentar algo así. De pronto llegó al mundo una criatura minúscula, indefensa, fascinante, que cualquier día podría desaparecer. Uno también podría desaparecer, pero aprendemos a ignorar. Cuando se trata de cuidar a alguien más, toda amenaza es abrumadora, proporcional al amor. Male hace cosas que nunca pensé posibles: la manera en que descubre el mundo, la manera en que lo codifica simbólicamente. Cada minuto con ella es un minuto de maravilla. “Todos los niños dicen cosas increíbles”, suelen decirte. ¡Y claro que es verdad! Malena es inmensamente alegre. Todo es un chiste, todo la sorprende. Y también es profundamente insurrecta. Una vez me dijo : “A mí no me gustan los policías. Me parece que todos son feos. Los policías siempre regañan a la gente”. Tendría unos cinco años y volvíamos a casa tardísimo, agotados después de correr todo el día en un cumpleaños. Subiendo las escaleras de la estación de metro, Male me dice: “Papá, la tristeza también es una vida”. Y yo: “¿Qué?”. Y ella: “Sí. Mira. La luz”. Y señalaba una lámpara halógena. “Esa es una vida. Y la razón es una vida. Y estar contento es una vida. Y la tristeza también es una vida”. Yo no lo podía creer. Pero le dije que tenía toda la razón, porque creo que la tiene.

En Mínimo, un libro que le dedico a Male, busco que el poema sea vehículo para la ternura. La ternura es una forma de sabiduría, de entender el mundo, de acercarse a los fenómenos, a los objetos, a los otros, siempre desde un vínculo sensible, afectivo, que supone el reconocimiento de la propia debilidad, de la propia necesidad por el otro.

Destruir mis manuscritos

Empecé a escribir a los trece años. No estoy muy seguro de qué era, pues no hacía distinción entre géneros. Eran papeles de adolescente falsamente hipersensible y francamente ridículo. Y los tenía en dos cuadernitos que destruí. He destruido sistemáticamente todos mis manuscritos, incluso los de libros publicados. No me gusta que existan. Me pesan. La noción que tenemos de un fantasma, desde el Romanticismo hasta las películas de Hollywood, es una figura atrapada en un tiempo circular, siempre señalando un mismo hecho lamentable. Destruyes un libro porque es un fantasma. Te señala tendencias propias que son obsoletas, marcas de un pasado con el que ya no comulgas, fallas que estás intentando superar desesperadamente. Porque no te reconoces en él, o porque reconoces cosas horribles en él. Lo destruyes para que deje de señalarte, de acusarte. Sin embargo, aquellos cuadernitos me permitieron hacer pulso, ejercitarme, descubrir que no tengo una sola voz. Esos libros eran muy distintos entre sí: tenían grietas y tensiones fuertes, pero me enseñaron a no ceñirme a una sola modalidad. Ese es uno de los rasgos definitorios de mi obra. Creo que los borradores son males necesarios.

Como un botánico

Mi voz va mutando, migrando. Tiene existencias simultáneas. Establezco vasos comunicantes entre la poesía, la traducción y la investigación. Como un botánico que se encarga de cruzar especies. A fin de cuentas, son parte de una sola voz, pero como son distintas, aprovecho su fricción. Ahora tengo un texto titulado A Love Supreme en el que traduzco varios sonetos de Shakespeare desde presupuestos distintos: a la manera de Lope, o de Góngora, con neologismos, luego como una silva, o en verso libre, o como poema en prosa. Es una actividad creativa y, al mismo tiempo, exigente en sentido estricto. Me permite investigar los límites de la traducción: hasta dónde llega, qué ofrece, qué quita, qué añade al texto.

Entre lenguas

Una traducción es buena si el lector, su último juez, se emociona al leerla. Se hace demasiado énfasis en el original, cuando más bien se debe agradecer que las traducciones den una vida nueva, distinta, insospechada, al texto. La tergiversación ofrece un nuevo impulso al original. Vale la pena leer la traducción como una obra independiente, tanto del original como de su propia condición como pieza traducida. Hay mucha fuerza creativa en ese paso: cuando nos movemos entre lenguas surge una mirada desplazada muy enriquecedora. Igual ocurre con la lectura, que debe ser lúcidamente incorrecta para revivir el texto, para darle una vida nueva e inesperada. Cuando un texto nos afecta, si le damos entrada a nuestro mundo intelectual, afectivo, imaginario, la tergiversación es inevitable. Ya no es el texto; es el texto más uno. Un lector responsable debe tergiversar lo que lee. Algo similar ocurre al escribir sobre arte: otra forma de lectura y traducción que falsea el original al ofrecer una vida paralela a la obra. Puede haber desacuerdos, pero esa es la idea. Trátese de música, literatura, artes visuales, su lectura, su traducción, ofrece una vida alterna. Quien no esté de acuerdo puede crear otra. Así la obra se reproduce: su potencialidad semántica se vuelve inagotable.

La teorización

En primer año de la universidad, comencé a escribir con conciencia de oficio, de manera consecuente y con cierto grado de autocrítica. El Premio Nacional Universitario fue importante, porque me confirmó que era posible publicar aquellos textos que había pulido y trabajado tanto. No me gusta la idea del mentor; he tenido demasiadas influencias dispares para endosar culpas. Armando Rojas Guardia es uno de los seres que más quiero en el mundo; ha influido sobre mi obra en estilo, en manera de pensar, afectivamente. Miguel Marcotrigiano, que dictaba un taller de poesía, y Carlos Brito, que lo suplió cuando Miguel hacía su doctorado en Salamanca, también han influido sobre mi trabajo. Ese taller me dio conciencia de oficio y me proveyó de mucho material teórico. La propia discusión sobre qué diablos era un poema y cómo debíamos lidiar con él fue importante. La teorización no es inútil; tiene un efecto directo sobre el texto que vas a producir ese día o dos días después. Pero así como ellos, hay mucha gente de valor, viva y muerta. Leer a Silva Estrada fue fundamental. A T.S. Elliot, a Mark Strand, a Charles Wright. Cuando tenía diecisiete años, me interesé por Mallarmé, lo cual está muy bien a esa edad. Mis amigos también me han enseñado; han cambiado mis ideas sobre la escritura. El doctorado también ha sido muy enriquecedor: más que jerárquica, ha sido una experiencia más bien orgánica.

Desorientación y euforia

Si tuviese que usar dos palabras para describir mi experiencia como inmigrante, diría desorientación y euforia. Nueva York supuso un cambio drástico; más allá del factor geográfico muchos hábitos se volvieron inviables. Por otro lado, cursar la maestría en NYU con una beca que me liberara de responsabilidades y me asegurara la tranquilidad de estar cerca de Malena, fue muy provechoso. Trabajé y estudié al máximo. Tomé talleres muy útiles. Terminé mis traducciones de Artaud, hice la antología de Charles Wright y completé tres traducciones de Marguerite Duras. También escribí varios libros de poesía: SalvoconductoRío en blancoEl ojo de la piedra y Mínimo. Pude avanzar una investigación académica sobre la obra de Rojas Guardia. Tenía tiempo para traducir, investigar y leer. No hubiese tenido fuerzas para más.

La noche es mi taller

La noche es mi taller. Y sobre todo la madrugada, porque trabajo de diez de la noche a tres de la mañana. Cuando me levanto, a golpe de nueve, también aprovecho. Es como leer con dos estados de conciencia distintos. La mirada de la noche capta relaciones insospechadas, quizás porque uno está cansado y sale algo del inconsciente. La de la mañana traza relaciones más nítidas, al menos en apariencia. Esas relaciones pueden estar erradas y no llevar a nada. Tras las asociaciones emocionantes de la madrugada, uno puede decir luego: ¡Esto no sirve para nada! Son miradas igualmente legítimas, pero diferentes. Paro de trabajar cuando mi cuerpo no da más, cuando rallo en la incoherencia. Me fascina estar exhausto. Empujar el límite de la propia energía me resulta muy seductor.

Cuerpo doliente

Mi cuerpo me vive con dificultad. Crecí viviendo el cuerpo como una región inhóspita, desconocida y amenazante. Desde los cinco hasta los trece años, sufrí de alergias y de ataques de asma que requirieron hospitalizaciones. Nunca me llevé bien con las actividades físicas, con los deportes; solo hice natación para combatir el asma. Y esa relación con el cuerpo supuso experimentarlo como una instancia ajena, amenazante, frágil, que en cualquier momento podía quebrarse y desaparecer. Al mismo tiempo, crecí con la hipersensibilidad de los niños enfermos, que me ha servido muchísimo. Al ver el cuerpo como algo raro, inesperado, impredecible, todo lo relacionado con él se volvió fascinante: olores, texturas, sabores, incluso los desagradables. Cuando el asma desapareció, a aquella hipersensibilidad se agregaron las hormonas adolescentes: el cuerpo que padecía se transformó en cuerpo para el placer. Y así se quedó. Sigue siendo un cuerpo enfermo. Mi sistema inmunológico me ataca, pero simultáneamente me provee un cuerpo para el disfrute. Saca una energía maníaca por saberse enfermo y se aboca al placer. Los líquidos que se desbordan del cuerpo, que se despliegan y derraman, pertenecen al cuerpo doliente, y dan testimonio de su extrema fragilidad y desintegración. Desde niño asocio placer y culpa. Y como he intentado desvincularlos sin lograrlo del todo, disfruto esa asociación. Vivo el placer como fuerza destructiva.

Dejarse fascinar

Para mí la palabra espíritu, o nociones como alma, no tienen peso. Soy rigurosamente ateo. Toda forma de trascendencia me resulta opresiva. No creo en la trascendencia religiosa, en energías. Tampoco en ese fenómeno tan convulso que llamamos conciencia. No creo que el yo sobreviva a la muerte. Entonces si esto es lo que hay, no aprovecharlo es pecado. Hay que dejarse fascinar por el mundo, por lo que entra por los ojos, por la piel, por el paladar. Soy omnívoro y omnímodo. El cuerpo entero es una esponja para percepciones y sensaciones, y malgastarlas es pecado. Yo creo que soy medio epicúreo. Hay que saber cuándo el exceso es necesario, darle su lugar y espacio.

Sin fe

La fe es una fuerza inmensamente respetable, pero yo no tengo fe ni en las palabras. La palabra siempre se queda corta. Es solo un atisbo, un destello. Su trabajo es traicionarlo a uno, traicionar el sentido, desplazarse, hacer que la materia semántica circule, que los significados no se apuntalen. Tener fe en las palabras es una apuesta peligrosa. Ellas mutan, dicen algo distinto, siempre y cada vez.

Lo dicho ya está fuera

El lenguaje, el hecho de que existan palabras articuladas, es un fenómeno distintivamente humano, y al mismo tiempo siniestramente lejano de lo humano. Las palabras nos definen, nos permiten establecer comunidades, sociedades; vincularnos con otros miembros de nuestra especie. Al mismo tiempo, señalan nuestro límite: tienen vida propia. Lo que acabas de pronunciar ya está fuera, en ondas sonoras, moviendo partículas del aire. Eso ya no eres tú. Las palabras te indican dónde acaban la subjetividad y el cuerpo. El lenguaje es la muerte, entre otras cosas. Y así como lo dicho ya está afuera, las palabras también vuelven para decirte: “Tú eres esto”. La lengua permite la indecisión, permite el fallo; se basa en la grieta, en lo que uno no termina de nombrar nunca.

Acto legible

En mi tesis de grado, investigué el suicidio de Paul Celan como parte de su obra. No me interesaba el trabajo detectivesco –dónde sugiere el poema que su autor se va a suicidar–, sino descomponer el acto como significante y desde allí leer la poesía. En el suicidio no hay nada dejado al azar. Incluso quienes se matan en un arranque, entre comillas, eligen un método. Y eso implica que hay un significado. El suicidio es un acto límite del lenguaje; lo empuja a su non plus ultra. Es un acto legible, cuya finalidad es el fin de todos los actos, cuyo destino es el lugar donde el lenguaje no llega. Y a la vez, la muerte es radicalmente incomprensible. Cuando en 2014 Domingo Michelli se suicidó, yo quedé emocionalmente tapiado, y aún hoy, a pesar de tanto pensar en el asunto, vuelvo a esa especie de trabazón afectiva. Ahora soy otro ser humano: todos los días estoy con Domingo, hablo con él, pienso en el acto, en cómo lo hizo, en el hilo de significado que vincula su muerte con su escritura. Él fue un escritor de inteligencia y agudeza arrolladoras. Dejó ocho libros inéditos, en los que maneja un lenguaje literario del futuro, en sintonía con la situación venezolana, con la crudeza, con la violencia, con la hostilidad que nos recorre. Creo que la tradición venezolana no está lista para procesar lo que él hacía con el lenguaje. Él era como un sismógrafo, y solo será asimilado en un futuro. Yo creo que él lo intuía. Vivir con esa certeza duele.

Los de Salvoconducto

Salvoconducto forma parte de un proyecto mayor, en diálogo con la Divina Comedia de Dante. Allí construyo un paraíso, un purgatorio y un infierno muy sui generisSalvoconducto es el infierno: nuestra historia. El libro está obsesionado con la violencia, está poblado de muertos. Busco encabalgamientos incómodos: cortar el verso en lugares extraños. Que el lector pierda el paso, que no haya eufonía sino más bien cacofonía. Son poemas que te dejan huérfano, pero es inevitable: son mi respuesta a la violencia en Venezuela.

Autodestrucción

Venezuela tiene de todo, culturalmente hablando. Nuestro imaginario está poblado de cosas muy diversas, contrastantes, que se mezclan. Tenemos altísima movilidad social, que permite una cierta fluidez: siempre hay alguien pasando de una clase social a otra. Pero hay racismo, clasismo; esa erosión del sentido del prójimo nos ha hecho daño. Venezuela no es uno de los países más felices del mundo: no somos alegres ni solidarios. Tenemos una serie de mitos de bolsillo, pero estamos tan dañados en el núcleo. Del mismo modo, somos uno de los países jurídicamente más civilizados del planeta. Sin pena de muerte, con un largo historial de políticas sociales, educación superior pública de calidad, salud pública competente. Al mismo tiempo, ese sistema jurídico, estas instituciones, son una ficción. En Venezuela poder y ley están disociados: el Estado de Derecho es un lujo. El poder se ejerce, se conquista y se intercambia con violencia. Estos fuertes contrastes se han agudizado en los últimos diecisiete años, pero existen desde tiempos de la Colonia. Nuestra economía está destruida porque nosotros la destruimos. Estamos plagados de criminales que nosotros mismos aupamos. Tenemos uno de los países más violentos del planeta: de piratas y saqueadores. Venezuela es un país dedicado a su autodestrucción, que no se termina de decidir. Tenemos tareas pendientes. Y eso puede ser terrible, pero también excitante.

Despellejar el poder

Es momento de reevaluar nociones como lucha de clases y revolución. Conviene pensar en una revolución no violenta, en un Estado no intervencionista. Hay que entender que el poder económico, político, religioso –el Estado por un lado y las empresas por el otro– no están naturalmente al servicio de la sociedad; más bien buscan su propio beneficio. El discurso nacionalista también nos ha dañado. Debemos revisar nuestra fascinación con los “grandes personajes de la historia venezolana”, con el hombre fuerte, con el culto bolivariano, con los próceres. Debemos entender que diferir la responsabilidad ciudadana nos ha pasado factura. Esta clase gobernante despellejó al poder. Lo dejó en los huesos. Nos mostró quiénes somos. Ahora debemos aprovechar este momento éticamente.

Estar en falta

A pesar de todo lo que he escrito, nunca he logrado sentirme escritor. Encuentro una presunción desagradable en decir: “Hola. Soy escritor”. Así que no digo que lo soy. Digo que soy editor, estudiante, investigador. Digo que soy traductor, que me parece el oficio más noble del mundo. Creo que siempre estoy preocupado por lo mismo. ¿Qué puede hacer el lenguaje poético y qué no? ¿Hasta dónde alcanza? ¿Cuándo cae exhausto? Tal vez por eso cambio tanto de registro. Trato de escarbar en lugares distintos, ver hasta dónde da el poema en prosa, descubrir el vínculo con lo narrativo, sentir el poema que lidia con materias abstractas. Escribo tanto porque ser escritor es estar en falta continuamente. Es darte cuenta con cada libro que no escribiste el libro que querías escribir. Es siempre perder el paso, es siempre pelar el escalón. Es decir, esto no es, esto nunca es.

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*La entrevista forma parte del libro Nuevo país de las letras, publicado por Banesco Banco Universal, Caracas, 2016. Compilación: Antonio López Ortega.