Sociedad

“Si esto sigue así a quién vamos a educar”

La docente ve con preocupación la reducción de las capacidades cognitivas de los niños por la falta de alimentación y el aumento  de la desesperanza en el país

Trina Bravo

Williams Marrero

 Trina Bajo ha hecho una carrera de ascensos desde que se inició como profesora en el colegio Fe y Alegría Don Pedro de San Agustín

Por FLORANTONIA SINGER fsinger@el-nacional.com

En la Universidad Católica Andrés Bello, donde se graduó como docente de Biología, no aprendió lo que sabe ahora que lleva en la espalda más de 40 años de trabajo como educadora en barrios de Caracas. Trina Bajo ha hecho una carrera de ascensos desde que se inició como profesora en el colegio Fe y Alegría Don Pedro de San Agustín hasta ahora, cuando es coordinadora de la pastoral social comunitaria de otro colegio de la red, el María Inmaculada, en el barrio Unión de Petare, y que recibió el Premio de Derechos Humanos que otorgan la Embajada de Canadá y el Centro para la Paz y los Derechos Humanos de la Universidad Central de Venezuela, por lo que la próxima  semana viajará a Canadá a conocer experiencias de ONG de ese país y compartir parte de lo aprendido.

Esos logros que hay entre un punto y otro de su hoja de vida los mide en experiencias que muestran que es posible construir ciudadanía con todo en contra. Recuerda dos, aún con emoción. Cuando en San Agustín el colegio se convirtió en el punto de encuentro de los vecinos durante la construcción del metrocable y eso hizo que se desactivara la hostilidad que suponía el trasplante de una comunidad habituada a la vida horizontal del barrio a las normas de un edificio. Y una más reciente, en la escuela Manuel Aguirre de La Bombilla, en Petare. “Ahí creamos un proyecto para elaborar acuerdos de convivencia con el fin de educar en contextos de violencia, llamado Quemando las Naves. Lo llamamos así porque una vez los muchachos del barrio se metieron a la escuela y quemaron los libros de las bibliotecas de aula, como una amenaza. Lo hicimos para decir que no nos íbamos a echar para atrás aunque nos quemaran los libros”. 

—¿Cómo se enseñan los derechos humanos en entornos tan precarios y violentos, donde la gente puede llegar a no tener conciencia de que tiene derechos?

—Si uno se cree que tiene todos los elementos y lanza un salvavidas para intentar “salvar al otro”, ese modo de enseñanza no es auténtico. Pero si tienes a una persona en una situación de precariedad, de sufrir violencia y hambre, y ella misma va organizándose para salir de esa situación, eso será un aprendizaje más duradero y que transforme. El salvado también es el salvador, ya que se constituye en sujeto de su propio aprendizaje. Una de las cosas que hace popular la educación de Fe y Alegría es que tiene la posibilidad de transformar el entorno y eso es lo que garantiza que haya algún avance, dado que el medio es demasiado avasallante y vas a contracorriente. Si logras que los mismos sujetos que padecen se organicen puede haber éxito. 

—¿Cómo se da cuenta la gente de que hay que cambiar el entorno? 

—Hace días me preguntaban cuál era el descubrimiento más importante que había hecho como educadora y yo decía que es la experiencia de la compasión y la indignación. Hay dos actitudes fundamentales que aprendí: sentir compasión hacia tu propia gente y luego indignarte, ser capaz de que eso te duela y te mueva. Las dos deben darse para que una module a la otra. Hay mucha gente en Venezuela a la que no le duele lo que está pasando y mucha que se jacta de ser de condición obrera o de venir de un barrio, pero a la hora de la verdad no están compadecidos de la gente que está haciendo cola, pasando hambre o muriendo en los hospitales. Primero es necesaria la compasión, que no es tener lástima, es padecer con, ponerse en los zapatos del otro. Y lo segundo es indignarse. Si eso me duele, no lo voy a permitir, por eso me indigno y me movilizo. La indignación sin compasión se vuelve rabia, que es lo que estamos viendo cada día. La rabia que sientes por lo que está pasando que hace que llegues a quemar cauchos, autobuses, pero eso no es efectivo para el cambio que quieres, ya que va a empeorar más la situación. Porque si quemas los autobuses vas a tener menos transporte, si saqueas al comerciante, luego no tendrás que comer. Esa compasión mitiga y le da cauce a la indignación para que logres cambio. Y eso lo logras aprendiendo a ser hermano del otro.

—¿Por qué tanta pasividad en un momento de crisis tan prolongada? ¿La gente se acostumbra a vivir mal?

—Puede haber un acostumbramiento. Recuerdo a una profesora de Gumilla que nos decía que no nos acostumbráramos al olor de la basura, cuando le decíamos que después de un rato ya no olía, porque eso es claudicar. Pero ciertamente la gente tiene una actitud sabia. ¿Hasta qué punto sacar la rabia o rebelarse le va a traer una consecuencia positiva? Lo más probable es que haya represión, que si dices algo puedes terminar con un peinillazo en una cola. La gente no es tonta. La gente sabe nadar y guardar la ropa. Y eso no es una actitud de tonto o resignado. Lo que no parece encontrarse todavía es el camino para reclamar tus derechos sin hacerles daño a otros, porque al final no le haces daño al que te está oprimiendo, porque ese está muy lejos todavía. Mucha gente está consciente de que debe haber un cambio, pero es más callado, más lento, y claro que eso lo pueden aprovechar los que no quieren cambios. Sin embargo, ese es el riesgo de vencer el mal a punta de bien. No tenemos superpoderes, pero la gente popular está usando otras armas, que no se escuchan.

—¿Cuáles armas son esas?

—La bondad y la resiliencia para mantener la vida y cuidarla. En el colegio María Inmaculada la mitad de los niños de primaria no se está alimentando bien. La ayuda oficial no se está consiguiendo, los comedores no están operando, pero la misma gente se está organizando y está dando algo para comprarles una meriendita a los chamos. Eso es bondad. La gente aprende a ser solidaria y eso no hace ruido. Quizás hay quien diga: ‘Qué tontos, eso se les va a acabar pronto’, y en efecto se acaba la comida, pero queda la posibilidad de seguir haciendo más redes de solidaridad. El milagro de la multiplicación de los panes no es que Jesús mágicamente multiplicó el pan, sino que cada quien se atrevió a dar de lo que tiene. Si cada quien se arriesga a dar los 1.000 bolívares semanales para comprar las verduras de la semana, funciona. No tenemos que esperar al gobierno ni la ayuda de afuera, que fuera lo ideal en una situación normal. Pero como no estamos en una situación normal la solidaridad es lo que está funcionando. Los muchachos están comiendo gracias a eso. Estamos en muchos aspectos mal y de verdad son muchas más las razones para el desánimo, pero cuando uno va a las comunidades y encuentra estos brotes de vida sabes que hay esperanza. Y uno tiene que mediar para que ocurran estos procesos.

—¿Qué es lo que más le preocupa de la generación que se está formando en este momento?

—La mayor preocupación es esta que tiene que ver con la falta de alimentación que están viviendo los muchachos, que los especialistas dicen que tiene consecuencias irreversibles en el desarrollo de nuestros niños, especialmente los más pequeños. Hay una amenaza real a nivel cognitivo con la desnutrición que están sufriendo algunos sectores, que alarma. Si esto sigue así a quién vamos a educar, porque cada vez disminuyen más las capacidades intelectuales, la gente está más cansada y eso también es un obstáculo porque cuando quieras hacer algo por el otro no vas a tener fuerza; los límites se van achicando. También me preocupa el desánimo y la desesperanza porque parece que está generalizada. La idea de que no se puede hacer nada, de que estamos en un callejón sin salida, de que hay que buscar una respuesta violenta. Cómo alimentamos la esperanza es una de las grandes preocupaciones que tenemos todos en Fe y Alegría. No obstante, lo hacemos con estos pequeños brotes de solidaridad que te contaba. Por ahora esto es lo que podemos hacer para mantener la vida. 


El dato

Además de Trina Bajo, el jurado del Premio de Derechos Humanos de la Embajada de Canadá otorgó menciones especiales a cuatro defensores de los derechos humanos por su trabajo con las comunidades: el abogado José Gregorio Delgado, de la Escuela de Vecinos-Uniandes; William Requejo Orobio, de la Unión Vecinal para la Participación Ciudadana; Kerlys Hernández de Parra, de Fe y Alegría-Centro Gumilla-Cesap Barquisimeto; y a Henderson Colina, de la Asociación Ecologista para la Preservación Ambiental del Estado Falcón.