Opinión

Santos malandros

En una sociedad de sálvese quien pueda abundan los salvavidas, pero de forma insólita. O quizá todo lo contrario, de la manera más normal, porque la orfandad a la cual está sometida la ciudadanía debido al escandaloso desgobierno puede abrir caminos extraordinarios que se hacen habituales para conservar derechos elementales, como son la vida y la propiedad privada. La rutina convertida en un riesgo, o dependiente solo del azar, conduce a salidas como la que se comentará a continuación, que puede ser considerada como una calamidad en otras latitudes, pero que aquí son el pan de cada día.

Como no hay manera de que el régimen usurpador se ocupe de cuidar los pasos de los gobernados, han surgido sustitutos de gran ayuda, remplazantes que se convierten en bálsamo de las angustias y en bendición de las comunidades. Pero no hablamos de asociaciones caritativas, ni de instituciones dedicadas de buena fe a la solidaridad con el prójimo, sobre todo con el prójimo más desvalido y desamparado, sino de grupos delictivos que hacen armas contra los cuerpos de seguridad del Estado para que no penetren en zonas humildes en las cuales causan pánico y cometen infinitas tropelías que incluyen el asesinato y el robo de los habitantes. Los venados contra los cazadores, las palomas persiguiendo a los zorros, las víctimas supuestamente levantadas contra su depredador, tales son las escenas que se están volviendo corrientes y que reclaman urgente modificación.

En el barrio José Félix Ribas de Petare, un grupo de delincuentes encolerizado por los desmanes del grupo policial denominado FAES, ordenó un toque de queda para protestar contra la descomedida penetración de los sabuesos. Pidió la soledad de las calles para enfrentarse con unos policías aberrados, en caso de necesidad, orden que se cumplió cabalmente de inmediato. Los vecinos se encerraron en los domicilios, los comerciantes cerraron los negocios, las zonas convertidas en desierto fueron el resultado de la conminación. Pero no se trató de una orden seguida a regañadientes, sino de una conducta colectiva ejercida con alivio y beneplácito. Por mandato de un todopoderoso pran los demonios se convirtieron en ángeles, el vicio se volvió virtud, el tomar la justicia por propia mano se recibió como maná del cielo en medio de clamorosas ovaciones.

El episodio resume la magnitud de la tragedia venezolana, una inversión de valores y una metamorfosis de conductas provocados por las falencias y la indiferencia del oficialismo que ha conducido a unas escenas que son elocuente muestra de los curiosos senderos que se transitan para sobrevivir en medio de una jungla calamitosa. Que los malandros llamen la atención sobre unos individuos que compiten con ellos uniformados y armados hasta los dientes, y que les declaren la guerra ante el regocijo de los vecindarios, obliga a preguntar sobre qué clase de convivencia existe en Venezuela, sobre si existe de veras un gobierno digno de tal nombre, sobre si debe continuar semejante catástrofe.