Opinión

Pueblo sin cesar

Ya no pueden existir cavilaciones acerca de la voluntad del pueblo venezolano de liquidar la usurpación de Maduro. Ayer de nuevo se volcó en las calles de Caracas, de las capitales de todos los estados, de grandes ciudades y de lugares menos poblados, en respaldo de la gestión interina del presidente Guaidó y de la causa de libertad y justicia que encabeza.

Era Día de la Juventud, pero salieron los más grandes y los más chicos a formar un solo bloque que anuncia la proximidad de una nueva etapa histórica gracias a la cual se restablecerá la convivencia republicana llevada a extremos de postración por el chavismo. No hubo diferencias cronológicas, pero tampoco sociales ni económicas. La Venezuela de los pobres y los ricos, si es que de estos quedan todavía; la sociedad multicolor que nos distingue con un espléndido mestizaje; el conglomerado de extranjeros que se decidió a formar parte de nuestra vida, otro más que no resiste una estrecha clasificación, todos formaron la marejada que nos reúne en una causa común de nobleza y de entereza republicana.

Se ha temido que disminuya el calor social que apoya el movimiento de transición, pero hoy sabemos a ciencia cierta, debido a la manifestación masiva que ahora nos causa regocijo, que se trata de prejuicios sin fundamento. Se ha temido que el paso del tiempo disminuya el énfasis de los combatientes por la libertad y la dignidad, pero estamos demostrando lo contario. Se ha pensado que la dictadura mostrará su indiferencia ante las reacciones populares, pero la marcha de ayer, una más de un rosario de ellas rebosantes de multitudes y de exclamaciones libertarias, le debe demostrar que experimentan horas de agonía.

La necesidad de que llegue ayuda humanitaria, de que el usurpador permita la entrada de subsistencias para un pueblo con severas carencias de alimentos y medicamentos fue el motivo específico de la aglomeración de ayer. Aparte de demostrar a la dictadura la magnitud de las fuerzas de la oposición, las ganas apabullantes de que desaparezca de la faz de Venezuela, la arrinconó ante una solicitud que no puede admitir dilaciones ni vacilaciones en el ánimo de una administración interesada en el bienestar de los gobernados. Cuando se opone al clamor por comida y recursos médicos que ayer retumbó en sus orejas, la dictadura se ubica en el cuadro de honor de los criminales que solo buscan la opresión de la sociedad, que no les importa la muerte o la mengua de los venezolanos, porque solo quiere gobernar por las malas y en perjuicio de normas elementales de civilización y humanidad.

En la culminación de la marcha, el presidente Guaidó se refirió a los militares, y les exigió su incorporación a nuestra cruzada por la democracia y por el enaltecimiento de la vida. Después de esta apabullante presencia popular contra la usurpación, seguramente calcularán la estatura de la indignidad que protagonizan cuando apoyan al usurpador, o la alternativa de honorabilidad y de aprecio popular a la cual pueden acceder acatando las pautas de la Constitución y atendiendo los clamores de la sociedad civil. Es la petición de un pueblo que no concederá tregua a los lamentables especímenes de la mandonería que persisten en su aberrante régimen, ni a quienes los protegen con sus armas.