Opinión

Presos políticos sin justicia

Cada día que transcurre bajo la sádica sombra del régimen rojo rojito hiere y maltrata la vida de los venezolanos. El dolor no cesa, se prolonga y aumenta en la medida en que se descubren nuevas fechorías. Ayer el Foro Penal –una organización no gubernamental que todos reconocemos por su incesante labor en pro de los derechos humanos y, en especial, de los presos políticos– señaló ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que en Venezuela había 263 ciudadanos privados de libertad por razones políticas.

Que este gobierno supuestamente revolucionario se dé el lujo de mantener detenidos a tantos ciudadanos en condiciones por demás infames dice mucho de cómo cambia la gente cuando llega al poder. En el pasado, cuando la izquierda era la fuerza predominante en las universidades y liceos, siempre estaba en la orden del día una protesta por la libertad de los presos políticos, muchos de ellos torturados bárbaramente y aislados en condiciones que denigraban de su condición de seres humanos que merecen el debido respeto de las autoridades.

Estos movimientos de protesta a favor de la libertad de los presos políticos iban acompañados de huelgas de hambre, de actos de agitación y propaganda, de mitines en las calles y las plazas de las ciudades de toda Venezuela. Se les exigía a las autoridades el respeto al derecho a una defensa profesional, a recibir visitas de sus familiares, a la atención médica y al suministro de alimentos adecuados.

Desde luego era una lucha constante, dura y permanente, que no podía cesar si no se lograban aliviar en algo las condiciones infrahumanas en que los mantenían sus carceleros. Paralelamente, se exigía a los representantes del alto gobierno que decretaran amnistías o concedieran por lo menos la bondad de una salida hacia el exilio, aunque esto en sí mismo fuera una forma de castigo. No se puede negar que se lograron ciertas reivindicaciones que, en modo alguno, libraron al gobierno de la culpa de sus actos de barbarie.

Pero ahora, cuando tenemos un régimen que habla todo el tiempo de la liberación de Venezuela y de la creación de un hombre nuevo, nos encontramos con la desagradable y tiránica sorpresa de que esta revolución no tiene nada de nuevo sino mucho de lo peor de lo viejo y, para mayor desgracia, ni siquiera cuenta con líderes capaces de sacudirse las prácticas de corrupción, de la ineptitud y la flojera, de la improvisación y el derroche que se suponía iban a desterrar para siempre.

Cuando nos enteramos de que entre esos 263 presos políticos hay quienes no han sido llevados formalmente a juicio, ni procesados ni mucho menos condenados por un juez, entonces sí entendemos la monstruosidad y la fetidez de la justicia bolivariana que tanto pregona la camarilla de civiles y militares que hoy detenta el poder.   

No es posible que se desconozcan las leyes de esta manera tan cruel y bárbara. Basta con observar lo que está ocurriendo con el general Raúl Baduel, de quien sus familiares nada saben de su vida, de su condición de salud y, lo que es más terrible, de qué se le acusa en realidad. Debe ser algo muy grave para que lo escondan en el subsuelo más profundo de una prisión.