Opinión

Margarita aislada

Sabiendo que en el de Maiquetía y en todos los aeropuertos del país puede suceder cualquier cosa, los pasajeros que el pasado domingo 5 de junio contaban con embarcarse en el primer vuelo de una de esas líneas aéreas –tal vez todas– que explotan con un solo avión la ruta Caracas-Porlamar-Caracas, comenzaron a hacer su cola en el mostrador correspondiente para chequearse y facturar sus equipajes.

Una vez que tenían sus correspondientes tickets de abordaje, se dirigieron a la puerta indicada para aguardar pacientemente el arribo de la aeronave que habría de trasladarles al Aeropuerto Internacional del Caribe General en Jefe Santiago Mariño: mayor pomposidad, ¡imposible!

La puerta de salida señalada en las pantallas informativas no coincidía con las de los boarding pass y allí comenzó la desazón general. Interpelado un empleado de la línea, confesó no saber nada al respecto y prometió averiguar. Después de lo que pareció una eternidad, se limitó a dar por cierta la anotada en las pizarras electrónicas. ¡A correr que ahí viene el avión! En efecto, el avión ya había aterrizado y se dirigía hacia el jet way que le tocaba y nunca fue adivinado por el personal técnico de tierra. La gente comenzó a organizarse, aliviada con la esperanza de que, por una vez, saldría a tiempo para su destino.

—¡Es mejor que permanezcan sentados!– dijo con un dejo de sadismo en su autoritaria voz, un malicioso parpadeo de su mirada y una sonrisa que nada bueno presagiaba, quien parecía estar oficialmente a cargo de las malas nuevas. Explicó que un ave –¿una gaviota, un zamuro?– se había introducido en una de las turbinas del aparato y, probablemente, aunque no puedo asegurar nada, o sea, vean, a lo mejor, no sabemos, puede que la cosa se componga y entonces ya veremos, y patatín y patatán (consternación general); pero vamos a ver si agenciamos unos cupos en otros vuelos para las personas incapacitadas, madres portando bebés y mujeres embarazadas.

En total 10 pasajeros a los que se les consiguió asientos en un vuelo pautado para las 2:30 de la tarde (salió pasadas las 3:00). Proliferaron los comentarios. “Eso no es nada”, decía alguien. “En diciembre nos tocó esperar dos días y al final nos enviaron en autobús, pero cuando llegamos a Puerto la Cruz no había ferry y tuvimos que improvisar una cena navideña en Lechería”. Conversación para matar el tiempo y aplacar la rabia.

Esta historia, que se repite con pasmosa asiduidad, ilustra el desprecio que la dictadura roja tiene por Nueva Esparta. No satisfecha con haber asaltado, mediante el fraude, todas las alcaldías del estado para cercar a Alfredo Díaz, cuyo triunfo era imposible impedir sin que se formase una de Padre y Señor Nuestro, decidió incomunicar a Margarita. Segregarla y desvincularla de tierra firme para que los isleños pagaran por su desafección a Maduro y el nostálgico apego a lo que fue el puerto libre y alegre extensión de la República. Hoy, Margarita es, valga la redundancia, una isla aislada.