Opinión

Los múltiples dramas de la huida

Ahora mismo, el más complejo y creciente problema común que afecta a América Latina es la llegada diaria de compatriotas venezolanos a países como Colombia, Brasil, Ecuador, Perú, Chile, Argentina, Uruguay, que se desplazan por miles y miles cada día. Esos flujos, menos numerosos, también han causado impacto y preocupación en naciones de Centroamérica como República Dominicana y Panamá, cuyas autoridades han comenzado a tomar medidas para controlar el acceso y evitar que la presencia excesiva se convierta en un problema de opinión pública que produzca consecuencias sociales, políticas y económicas.

Desde hace meses, algunos gobiernos de estos países han creado grupos de trabajo y han implantado estructuras para socorrer a los que llegan. Se han puesto en marcha operaciones para prestar ayuda en materia de salud y alimentación, principalmente. La irrupción de venezolanos, en algunos casos, de familias enteras y con niños, es percibida como el resultado de una catástrofe natural: como si hubiese ocurrido un evento que los impulsó a escapar temporalmente, para salvar sus vidas. Muchas de las declaraciones que se publican, las imágenes y hasta los testimonios de los que han huido, tienen un aire de provisionalidad, de situación del momento, que podría arreglarse en cuanto el gobierno de Maduro llegue a su fin.

Pero estas realidades no son coyunturales. No es atinado pensar que, al derrumbarse el régimen encabezado por Maduro, esos millones de venezolanos volverán al país de inmediato. Es probable que una pequeña parte de la diáspora regrese apenas sea posible. Pero también es muy probable que, dado el extendido estado de destrucción del país y de la economía, bajo un nuevo gobierno, la emigración continúe. Es vital entender que lo que está en el fondo de los sentimientos de millones de venezolanos es que nuestra nación se ha vuelto invivible, es decir, un lugar sin esperanzas, donde estudiar y trabajar, esforzarse y tener una visión de futuro, o no es posible o carece de sentido.

Muchos de nuestros compatriotas, especialmente los jóvenes, no volverán, salvo para visitar a sus familiares y reencontrarse con la cultura de sus afectos. Una parte importante irá regresando, de forma paulatina, a medida que la reconstrucción del país haga posible pensar que Venezuela ha vuelto a ser un país viable y con futuro. Una política pública fundamental de la Venezuela posterior a Maduro será la de generar una nueva promesa, una nueva propuesta de vida digna y con posibilidades reales de progreso.

Cada venezolano que ha huido lleva consigo una historia dolorosa y de dificultades. No estaba en los planes ni en la visión de mundo, de la mayoría, salir de Venezuela. Dejar la familia atrás; sobrevivir y avanzar en realidades, culturas y lenguas distintas; lograr un espacio social y de trabajo; vivir con la conciencia de que estás en un lugar al que no perteneces de forma plena, demanda esfuerzos muy grandes.

A ello hay que añadir el desprecio absoluto del régimen de Maduro, que se ha propuesto denigrar de los venezolanos que han huido, con calificativos como lavapocetas, esclavos y mendigos, lo cual es otra muestra más de su absoluta amoralidad. Al venezolano que ha huido no solo le persigue la ruindad de la revolución bolivariana, sino, a menudo, la incomprensión de quienes se han quedado en el país, sometidos a los padecimientos de la hiperinflación, el hambre, la enfermedad, la delincuencia y la carestía de todo.

El que ha sido calificado como el desplazamiento masivo más grande ocurrido en la historia de América Latina, y que ya ha movilizado entre 2 y 3 millones de personas, podría duplicarse si la tendencia actual se mantiene. Al día de hoy, nada indica que el flujo pueda amainar o revertirse, sino lo contrario: parece un problema que tiende a empeorar cada día. En varios países, las alarmas están encendidas. Las reacciones de los gobiernos han sido desiguales: en algunos casos de amplia apertura y acogida (y a ellos los venezolanos debemos gratitud), en otros, de cautela y repliegue. Por delante, dos riesgos son inminentes: uno, que las capacidades de los gobiernos para socorrer a los que llegan están al borde del límite; y dos, que la presencia masiva y reiterada de compatriotas en algunas ciudades sea fuente de expresiones de rechazo. Como se sabe, en algunos lugares –pocos, por fortuna– se han producido brotes xenofóbicos que, hasta ahora, han sido focalizados y no han encontrado eco.

Hay que entender esto: sin el talento, las energías, las ideas y la voluntad de los que se han marchado, la reconstrucción de Venezuela enfrentará todavía mayores dificultades. El nuevo país no solo requerirá del compromiso y la decisión de los que se quedaron, y de los que regresarán de inmediato, sino de muchos de los que ya han fundado unas vidas en otras partes del mundo, y que solo volverán si nuestro país vuelve a ser un lugar donde las expectativas reales de progreso y la esperanza ocupan un lugar protagónico en el espacio público.