Opinión

Entre Sai Baba y Guarulla: Maldiciones

No es sencillo en estos turbulentos días editorializar sobre determinadas cuestiones sin que escribientes y lectores no piensen que se obviaron otros asuntos, merecedores de ser abordados en este espacio. Hoy quizá hubiese convenido referirse a un estado de excepción irregularmente concertado entre la jefatura de gobierno y el Poder Judicial, cuyas prórrogas compiten en número con las del billete de 100 bolívares.

O, tal vez, tendríamos que haber tratado lo concerniente al escrache, tema que ha provocado controversias, más por iniciativa de los afectados que por el interés de los observadores; sin embargo, nos decantamos por un acontecimiento que, en otras circunstancias, habríamos delegado en antropólogos y folkloristas, pero que en el drama nacional tiene incontestable significación política.

La inhabilitación por 15 años de Liborio Guarulla ha sido una más de las previsibles trastadas de un gobierno tan marrullero cuan elemental y hasta infantil en sus reacciones. Desasistido de razón legal hace uso de la trampa tilinga creyendo que vendiendo la cama o el sofá evita el adulterio. Y cuando cae en cuenta de su bobería no atina con otra vindicación distinta al revanchismo.

Esta extraña manera de gobernar, que nos ha conducido a la caótica situación que padecemos, ha encontrado una réplica sui géneris de parte del gobernador amazonense que, convocando a consejos tribales depositarios de arcanas sabidurías y chamanes conocedores de secretas artes de encantamiento y hechicería,  sopló “cenizas ancestrales” y lanzó sobre Maduro y sus cómplices la terrible maldición del dabucurí (o dabokurí).

El conjuro supone que los anatemizados “no morirán sin tormento y, antes de morir, comenzarán a sufrir y sus almas vagarán por los sitios más oscuros y pestilentes antes de que puedan cerrar los ojos”.

Probablemente el maleficio de Liborio no les quite el sueño a los que “no son supersticiosos porque eso da mala suerte”, ni a los que alimentan su saber misceláneo con leyendas urbanas y lo saben todo sobre la maldición de Tutankamon; pero seguramente no dejará dormir tranquilo a quien fue blanco específico del sortilegio, pues ese sujeto alguna vez confió sus cuitas a Sai Baba y, cuando se dejó de eso y se sacó la lotería sucesoral, en lo que entonces (7 de abril de 2013) se estimó era un “giro surrealista” de su campaña,  amenazó a los electores que no votasen por él con la maldición de Maracapana (sic); es decir que para Nicolás de que vuelan… ¡vuelan!

Lo que interesa destacar y es objeto de estas líneas es que la respuesta de Guarulla a su exclusión forzada ha sido, más allá de su valor simbólico, amén de creativa, incontestablemente política, pues, colocó en primer plano y en primera plana lo que prevaricadores y oficiantes tarifados del derecho venal, que pisotean las Constitución con espurias magistraturas, han trocado en moneda corriente y despachan como un expediente cualquiera.

Y es que, ¡camaradas!, estamos en revolución y lo extraordinario, ya ustedes saben, se hace cotidiano, ¡he dicho! Así es, pero Liborio le dio la vuelta a la tortilla para que sus enemigos recuerden el fin que, por jurungar los huesos del Libertador, tuvo el eterno.