Opinión

Después de la avalancha

A la oposición venezolana le gusta buscarle no cinco patas al gato sino treinta. Cuando las cosas parecen marchar mal adopta un entusiasmo desbordado, produce adrenalina hasta para regalar y se impone unas metas por demás ambiciosas. Y cuando se lleva a cabo lo previsto y se obtiene una victoria, entonces se desinfla, empieza a confundirse sobre el destino que va a seguir, le entra un pesimismo absurdo, paralizante y cae en una cruenta guerra de crítica y acusaciones.

De estas debilidades, de estas desconfianzas y de esta perpetua negación hay que liberarse si, tal como está a la vista, los venezolanos le siguen ganando terreno al oficialismo día a día y le dan batalla con éxito en cualquier campo. Las pruebas están a la vista no solo en el territorio nacional sino en el escenario mundial, como ha quedado de manifiesto el domingo 16 de julio. Jamás una simple consulta a los votantes venezolanos había captado el interés de tantos gobiernos y de tantos y tan diferentes medios de comunicación.

Presidentes y ex presidentes, políticos europeos y latinoamericanos, cancillerías y embajadas desde el norte hasta el sur de nuestro continente mostraron no solo su interés, sino que elevaron la voz más allá del tono usualmente diplomático. Las Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos, la Unión Europea, y un sinnúmero de organizaciones de singular importancia hicieron presencia con declaraciones y decisiones públicas nunca antes pronunciadas con tanto vigor y resonancia.

En pocos meses se derrumbó una intensa campaña elaborada en Cuba y guiada por mercenarios españoles, que calificaba a los demócratas venezolanos de “ultraderecha”, una basura política que había que barrer y desaparecer. Lo cierto es que la ultraderecha nunca ha existido en Venezuela. No somos proclives a esos movimientos ultraextremistas ni de la derecha ni de la izquierda.

Lo que sí somos proclives es a agarrar el toro por los cachos, con calma pero con coraje. Con los ojos del mundo puestos en nuestra Venezuela saqueada y acuchillada por el hambre y la miseria, la sociedad civil organizó una consulta popular que tomó a todos por sorpresa, empezando por la camarilla gobernante compuesta por militares y civiles enriquecidos a la sombra del poder. Como son torpes, ineptos y cegados por su avaricia, jamás pensaron que lo mejor del país que ellos creyeron haber destruido seguía vivito y coleando.

Cuando por fin se percataron de que ante sus propias narices se había organizado subterráneamente una consulta popular impecable, modesta en recursos pero rica en recursos humanos provenientes de todos los sectores sociales, ya era muy tarde para reaccionar y coordinar un bloqueo oficialista que impidiera lo que era y será siempre una acción perfecta de la sociedad contra los matones rojitos y sus narcoaliados. La gente pobre se decidió por la esperanza y el sueño de una vida mejor, como el resto de la sociedad.

Este episodio no ha terminado. Comienza una épica, la del rescate, la de impulsar un puente humanitario no solo del exterior, sino desde nuestros propios hogares y sitios de trabajo para que a nadie le falte una medicina, un alimento, un abrazo de solidaridad.