Opinión

El condominio sospechoso

La fuga del alcalde Antonio Ledezma ha sembrado desasosiego en el gobierno. El dictador se burló del sorprendente escape cuando lo comentó por televisión, pero ahora muestra señales de desesperación que descubren muchas de las fallas del régimen en una materia de la cual parecía maestro sin igual: la prisión de los políticos opositores. La aparición del desaparecido en Cúcuta y después en Madrid lo hizo quedar en un ridículo supremo.

Se los regalo con lazo y todo, dijo Maduro frente a las cámaras, quédense con ese vampiro en España, que aquí no hace falta. Bríndenle copas en la Gran Vía, para que se tome las que aquí le quitamos del botiquín. Ese fue el estilo de la reacción del dictador, como si estuviera frente a una minucia doméstica que se resuelve con un simple comentario ocasional. ¿Se ajustó a la magnitud del fracaso que debía asumir, a la trascendencia de un hecho que se burla de la opresión y de la represión que son características de su dictadura?

Ya en la oficina y rodeado de su camarilla, ordenó la prisión del presidente del condominio, del conserje y del técnico de las cámaras de seguridad del edificio en el cual habitaba Ledezma. Sin orden judicial y sin el respeto mínimo de los procedimientos legales, se apresuró a encarcelarlos para que dieran cuenta del fugado. También ordenó la prisión de la administradora de la Alcaldía Metropolitana, supuestamente relacionada con el suceso que pretendió subestimar en una primera aparición pública, pero que lo lleva por la calle de la amargura.

Algo está podrido en la trama de la represión. No todo es matemático y perfecto en el terreno de las ergástulas y los vejámenes, aun cuando sucedan en el domicilio del prisionero. Maduro descubrió que su manera de apersogar a los rivales tiene fallas, que hay goteras de sobra en las Rotundas más encarecidas y mimadas de su autocracia. Se le han escapado detalles que jamás hubieran sorprendido al maestro Juan Vicente Gómez, mucho menos al experimentado Pedro Estrada.

Parece que se perdieron las instrucciones de los esbirros, de esos muchachos tan confiados y tan seguros de la víspera que se olvidaron de seguir los ejemplos admirables de Nereo Pacheco y el bachiller Castro. Tanto que los había ponderado desde su cátedra, en una miserable pérdida de tiempo.

Pero, mucho peor, descubrió que hay personas, aun dentro del mismo sistema opresivo que ha impuesto, dispuestas a participar en la liberación de los presos políticos. Los postigos que apenas aseguró de prisa son quebrantados por ciudadanos comprometidos con la libertad que los burlan cuando tienen ocasión, así actúen como carceleros, o bien porque un sentimiento de solidaridad los pone en movimiento desde la calle.

De allí el exitoso periplo del alcalde Ledezma desde su residencia hasta Cúcuta, después de burlarse de una veintena de alcabalas supuestamente atentas. De allí la absurda prisión de unos ciudadanos cuya función consiste en cuidar la rutina de los vecinos en un lugar de propiedad horizontal. Ya nada es horizontal en su vida, señor Maduro, entre otros motivos porque está buscando en el lugar equivocado.