Opinión

Carcajadas en la OEA

Ayer, para vergüenza de la diplomacia venezolana, en la sede de Organización de Estados Americanos y en presencia del secretario general, Luis Almagro, se presentó de repente al final de la rueda de prensa una señora más fea y peor vestida que Iris Valera, que es algo superior a lo normal en el circo chavista. Pero la ministra que inventó la “pranificación” de las cárceles tiene su estilo inimitable y no lo esconde, a mucha honra.

Es parte de su personalidad porque su trabajo es en cárceles que no son precisamente hoteles 5 estrellas. No así su imitadora, la diplomática que ayer entró en acción en la OEA para sabotear una rueda de presa en la cual uno de los temas en agenda era nada menos que los presos políticos del régimen de Maduro y su entorno militar. No había motivo de escándalo ni de sorpresa porque la violación de los derechos humanos en este continente forma parte diaria y permanente de la cárcel, de la represión y la tortura, y por tanto de la agenda de una organización como la OEA.

Pero la representante venezolana ante la OEA, de aspecto común y silvestre (la imagen en Google no la favorece), Carmen Luisa Velásquez, consideró que su deber como funcionaria era montar un show para ganarse alguna vez el sueldo y atornillarse más en el puesto que no es nada malo y sí muy rentable. Doña Carmen, haciéndose la cara de gallina, ya lleva casi una década chupando dólares en su oficina de Washington: nada menos que 15.000 dólares mensuales y no hay manera de que la trasladen al suelo patrio. Ni de vaina.

De manera que eso explica muy bien que, de pronto, le dé por ganarse el sueldito (saquen la cuenta en bolívares) pegando un par de lecos contra Almagro en una rueda de prensa. Por la forma en que manoteó a los asistentes y por la manera escasamente diplomática de expresarse, se notó a leguas que la coreógrafa del show era nuestra mini canciller, la misma que quedó rollizamente atrapada en una ventana en Buenos Aires y hubo que llamar a los bomberos para extraerla sin causarle mayores daños.

Lo que sí quedó hecho añicos fue su ya escasa reputación diplomática y la convirtió en una invitada indeseable. Aunque como animadora de reuniones internacionales está más que mandada a hacer. Pero para desgracia de la diplomacia venezolana, Delcy sólo hay una, irrepetible.

La señora Carmen Velásquez no tiene la culpa pues ha ido envejeciendo 10 años detrás de un escritorio y luce fuera de forma, olvida los parlamentos y se desinfla ante el primer obstáculo. Y Delcy se la puso difícil: por un lado Almagro, un toro corrido en siete plazas, y por la otra Lilian Tintori y Patricia de Ceballos, dos mujeres perseguidas por una dictadura militar, con sus maridos presos y, por si fuera poco, con la mayoría de la opinión pública mundial a su favor porque internacionalmente se sabe que estos políticos son víctimas de juicios amañados.

La señora Velásquez, dentro de todo, tiene suerte en su desgracia: era una funcionaria del montón, no una diplomática de carrera sino de carreritas detrás Roy Chaderton y Delcy, tan opaca que nadie la iba a recordar jamás. Ahora sí: Carmen, la que odia a los presos políticos.