Opinión

En cámara lenta

No hace tanto tiempo atrás denunciamos los planes de la camarilla civil y militar entronizada en el poder para levantar un muro de silencio que los protegiera de la verdad y evitara que la realidad, pura y simple, llegara a la gente y, de esa manera, los protegiera de la furia popular que se va a desatar cuando se sepa la extensión y la profundidad de la barbarie que estos sujetos han cometido con esta nación pacífica, trabajadora y abierta a tanta gente que ha llegado de afuera no solo para rehacer sus vidas, sino también para ayudarnos a mejorar sustancialmente la nuestra.

Esta camarilla se cree con derecho de ensuciar el nombre de Simón Bolívar usándolo para justificar sus tropelías y, de paso, destruyéndolo como moneda internacional. Nunca se había hundido a nuestro Libertador en tan asqueroso lodazal, jamás usado como careta barata para disfrazarse de héroes cuando en realidad no son más que malhechores que nos desprestigian como nación al haber construido este maloliente monumento a la rapacidad y al saqueo descarado de nuestras riquezas en que ha terminado siendo la fulana revolución bolivariana. ¿Cuánto más aspiran a robar o es que no les da vergüenza que el mundo entero los mire como aves de rapiña que nadie en el mundo quiere tener a su lado? 

Es tiempo de cortar por lo sano y exigirle a lo poco que queda del PSUV un gesto de valentía y de sacrificio para sacar entre todos los venezolanos a los mercaderes del templo. Esto no se parece en nada a lo que se planteó, se discutió y se llevó a las páginas de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Pueden levantar por todo el país centenares de bustos y estatuas del héroe de Barinas con la espada en alto, pero a todos estos descerebrados que dicen ser sus herederos ya la gente se les acerca con asco y con el pañuelo en la nariz. Como diría un campesino, pasan los días y los muertos hieden más, siempre más.

Hoy la fetidez es inaguantable, el alto gobierno ahora está en manos de un cuarteto que no acumulan entre todos diez gramos de materia gris. Militares que se creen animadores de televisión, presidentes que hablan para hacer reír y solo lo logran cuando se equivocan, un general que solo obtiene éxito cuando sus soldados confunden campesinos con delincuentes y tratan de borrar el error enterrándolos en fosas comunes, y un joven civil que a la chita callando crea una infinita cadena de inversiones en el corazón del imperio, solo para lavar dólares.

Solo falta la publicidad oficial con un simple lema: “Don Nico lava su ropa y la deja bien rojita”. Pero nada de esto es motivo de risa, y no lo puede ser porque este país, esta Venezuela que hace hoy el ridículo mundial, tenía un futuro mejor. Con sus fallas, con sus errores, con sus presidentes juzgados y encarcelados, pero un país que nunca fue una guarida del crimen internacional organizado. Hoy lo es.

El cierre del acceso venezolano para los televidentes del canal CNN no sorprende a nadie. Han perseguido a los diarios medianos y pequeños, a las revistas y a los semanarios, a El Nacional y a sus directivos, a las radios del interior y sus programas, al Correo del Caroní, El Carabobeño, y no pare usted de contar. Porque los cobardes cuando tienen poder gritan y sacan un garrote, pero luego lloran.