Opinión

El buque hospital chino

La agencia de noticias AFP anuncia a los venezolanos la inminente llegada a Venezuela de un buque hospital de la República de China. Es, dentro del caos en el área de salud provocado por el gobierno del señor Maduro, algo especialmente significativo para los ciudadanos que padecen y mueren por la desidia de una burocracia civil y militar no solo incapaz sino en extremo voraz con los dineros públicos.

Los lectores se preguntarán por qué siempre citamos a las agencias internacionales de noticias en estos editoriales. La razón es muy simple y tiene que ver con la campaña orquestada por la  inteligencia cubana, en el sentido de acusar a los demócratas venezolanos como agentes dedicados a deformar la verdad sobre la tragedia que ocurre en este saqueado país. A las agencias internacionales de noticias, que obedecen a un estricto código de ética y a un manual de estilo en extremo profesional, no se les puede citar al Sebin “porque me da la gana”.

Pero volviendo al tema inicial, valga decir, la llegada de un buque hospital enviado por el gobierno comunista chino nos trae muchos recuerdos sobre otras ofertas de ayuda médica que nunca fueron aceptadas por el galáctico, en especial durante la gran tragedia que le partió el alma y escondió la vida en las costas y pueblos de nuestro hermoso litoral central. Ese drama espantoso, ese castigo inmerecido de la naturaleza contra una de las zonas más pacíficas, cálidas y acogedoras de las cercanías de Caracas, motivó una inmensa solidaridad no solo nacional sino internacional.

De todos los rincones del país y de todas las regiones del mundo se iniciaron programas tanto de los organismos oficiales como de las organizaciones vinculadas a las Naciones Unidas y, por supuesto, de los gobiernos europeos. Todo marchaba urgentemente y sobre ruedas, el amor hacia los venezolanos golpeados tan arteramente por un fenómeno de la naturaleza surgió sin exigencias ni condiciones. Incluso hasta el gobierno de Estados Unidos, que en esa época se tiraba besitos con Chávez, pues movilizó sus equipos que estaban entrenados para ayudar en medio de las grandes calamidades que, por desgracia, siempre surgen en América Latina.

Al frente del Ministerio de la Defensa estaba un general de excepción, Raúl Salazar, un hombre que acompañaba a Chávez en tanto pensaba que era necesario cambiar ciertas cosas y que el esfuerzo de todos era necesario por encima de cualquier sospecha. Asumió la descomunal tarea de atender a miles de los habitantes de la costa afectada, muchos de ellos errantes, hambrientos y acosados por la sed.

Los caminos estaban destruidos, las comunicaciones  precarias, los auxilios llegaban a cuentagotas, la población civil se unió en una cadena para tratar de ubicar a sus familiares, desde Caracas se enviaron miles de cajas con comida y botellas de agua mineral.

Ese amor solidario y humano naufragó cuando Fidel Castro, de cuya crueldad no hay duda alguna, llamó a Chávez y le dijo: “No dejes que los gringos monten un campamento en tu tierra. No se irán nunca”. Con esa mentira acrecentó una tragedia venezolana que debía ser enfrentada sin egoísmo ni mezquindades políticas. ¿Cuántos venezolanos murieron después de esas despiadadas palabras?