Opinión

Brasil: un futuro indescifrable

Hasta el último minuto los votantes del Partido de los Trabajadores, el famoso PT del expresidente Lula (hoy en prisión bajo cargos de corrupción), expresaban la esperanza de que su candidato Fernando Haddad descontara la ventaja que mostraban las encuestas a favor de Jair Bolsonaro, el líder de la ultraderecha en Brasil.

Tales ilusiones no se hicieron realidad (la derrota de Bolsonaro) porque era imposible borrar de la memoria de los brasileños y del mundo entero el escándalo de corrupción protagonizado por Lula da Silva y su equipo de gobierno, un escándalo de tales proporciones que en la medida en que salía a la luz pública la inescrupulosa trama nacional e internacional que había tejido Lula, en esa misma medida se abría un profundo abismo en la confianza popular por los políticos y sus partidos que había colaborado y protegido esa telaraña de engaños y pillerías.

Si bien Lula seguía contando con el cariño de los mejores años de su mandato, al mismo tiempo se le veía como parte de un pasado que no podía ni debía volver porque, según la sabiduría popular, quien engaña una vez engaña dos veces. Resultaba muy cuesta arriba aceptar que, desde el poder, el Partido de los Trabajadores se reformaría profundamente al punto de limpiarse de tanta porquería que se había echado encima en medio de una interminable borrachera de poder.

A Lula y sus colaboradores (endiosados por los éxitos alcanzados en los años de poder) un simple candidato de derecha con un perfil político tan imperfecto y atrabiliario como Bolsonaro, no era ni podía ser un contrincante de valía. Por si fuera poco, el espantoso recuerdo de la última dictadura militar seguía presente entre los votantes brasileños, muchos de ellos testigos de la represión brutal con que los militares acabaron con la guerrilla urbana y la oposición en general.

Pero como ha venido ocurriendo en América Latina, con escasas excepciones, los gobiernos de izquierda ya no escapan a la sensación de cansancio y desencanto que postran hoy esas organizaciones que alguna vez eran potentes, dinámicas y transformadoras. Se eternizan en el gobierno, devienen en inmensos semilleros de corrupción, tienden a copiar el mil veces fracasado modelo cubano con la sola intención de retener el poder hasta la muerte del líder y más allá.

Al presidente electo Jair Bolsonaro hoy se le ven las costuras y muchos pegan el grito en el cielo, pero por maldades de la vida con los ingenuos venezolanos nadie le vio a tiempo las costuras al comandante Hugo Chávez. Si buscamos las similitudes nos llevaríamos varias sorpresas porque si Bolsonaro propone sandeces y gasta tiempo en asegurar propósitos que no va a cumplir, Chávez también las hizo y de una manera más que amenazadora: “Voy a freír las cabezas de los adecos en aceite hirviendo”.

No olvidemos que el primer viaje de Chávez como presidente electo fue a La Habana, que además como un réferi de fútbol con un pito en la boca expulsó de Pdvsa a 20.000 empleados, que la política de intolerancia sexual no ha cambiado en los organismos militares y que en su gobierno el machismo se expresó con una sola frase: “Marisabel, esta noche te doy lo tuyo”.

¿Será que Brasil tiene ahora su Chávez de ultraderecha? Tiempo al tiempo.