Opinión

Antes y después de Hugo

Tienen razón en parte quienes, desde el “chavismo puro”, dicen molestarse porque los críticos de este gobierno dirigen sus dardos contra el hoy santificado y a la vez excomulgado comandante Chávez, pero olvidan que de aquellos lodos llegaron estos polvos. Nadie en política puede pretender que un país que siente en sus carnes las consecuencias de errores garrafales en la conducción económica de la nación pierda también el derecho de patalear y pase, como si nada, a dar aplausos absolutamente inmerecidos.

Toda acción humana es susceptible de cometer errores y de allí la vigencia de la crítica constante para enderezar el rumbo, pero lo que sí es inconcebible es que con los años estas acciones se vuelvan intocables, sagradas e indignas de una reflexión crítica. Con ello no se hace otra cosa que insistir en las equivocaciones y, peor aún, empujar más hacia el abismo a esta quinta república que envejece ahogándose en sus propios errores y perjudicando con ello esa mejor calidad de vida que tanto le prometieron y que nadie cumple ni hace el esfuerzo para que se cumpla.

La revolución bolivariana que llegó al poder el 6 de diciembre de 1998 tuvo a su favor el desprestigio de los grandes partidos democráticos; la resistencia a remover y mandar al descanso merecido a quienes habían ejercido por largo tiempo el poder y disfrutado de sus bondades y que, guiados por una actitud absolutamente irracional, se negaron a renovar sus cuadros dirigentes, a darle paso a gente joven que refrescara las esperanzas y las ilusiones de una masa popular que, si bien había logrado mejores condiciones de vida, no estaba del todo satisfecha porque apenas le tocaba una miserable parte de la totalidad del pastel.

Los partidos se olvidaron de las discusiones, de los debates, de la formación política de sus cuadros y del avance de las ideas que sacudían al mundo. Se concentraron –y hacían alarde irracional de ello– en la llamada “maquinaria”, valga decir, en perfeccionar sus mecanismos cada vez más inhumanos y mecánicos a la hora de conducir a los militantes y simpatizantes hacia los centros de votación y, por si fuera poco, también a la salida para medir la eficacia de su “operación electoral”.

También fueron torpes cuando boicotearon la renovación a fondo de la Constitución aprobada en 1961 que el mismo Congreso Nacional había estado discutiendo con meticulosa frecuencia y que, a no dudarlo, hubiera sido una válvula de escape a la olla de presión que estaba a punto de estallar.

Ya Rafael Caldera había servido la mesa en espera de la tormenta que se aproximaba cuando decidió abandonar Copei y montar tienda aparte con el famoso “chiripero” que aglutinó, contra todos los pronósticos, a todos los desencantados políticamente desde la derecha hasta la izquierda derrotada.

Los partidos tradicionales ni siquiera fueron capaces de escoger un candidato presidencial, tal era su desconcierto histórico, y los pocos que postularon no alcanzaban la altura necesaria para renovar el país de arriba abajo. ¿Por qué nos extrañamos hoy de lo que nuestras torpezas y cegueras propiciaron? Porque el remedio ha resultado ser peor que le enfermedad y lo están sufriendo hasta los propios chavistas. Y es que no hay peor cuña que la del mismo palo.