Ahora resulta que la revolución bolivariana, el G-2 cubano, los chinos de Pekín y los herederos de la KGB soviética no fueron capaces de darse cuenta de los desvaríos de Rafael Ramírez, de sus amigotes y de su extensa familia que, a plena luz del día, controlaban una suerte de mafia multimillonaria que manejaba nuestro petróleo como si fuera su botín particular.

Lo peor de todo es que el núcleo central estaba constituido por viejos amigos de la izquierda revolucionaria que lucharon en las guerrillas y que, de alguna forma, permanecieron unidos ya sea por afinidades ideológicas o por lazos familiares. Padrinos, cuñados, hijos, ahijados y nietos conformaban una cadena familiar interminable. Estuvieron presos juntos durante la cuarta república y la mayoría de ellos cumplió condena en Caracas en la prisión del Cuartel San Carlos, hoy devenido en museo revolucionario.

Por alguna razón la aparición de Hugo Chávez y su llegada al poder los unió por momentos, mas no para siempre. El primero en separarse del grupo fue Douglas Bravo, famoso guerrillero de los años sesenta y setenta. Sin embargo, la historia da muchas vueltas y con la caída de Rafael Ramírez vuelve a salir a la superficie la vieja amistad del grupo, hoy decaído, en prisión o en fuga debido al mayor escándalo de corrupción del gobierno madurista.

Con la honesta excepción de Douglas Bravo, cuyo ahijado es nada menos que Dieguito Salazar, el resto de los amiguitos se siguieron viendo y entraron al gobierno que ellos pensaban que les pertenecía por sus años de lucha. Bien equivocados estaban porque Hugo Chávez los toleraba, pero no los cobijaba sino a medias. De Diego Salazar, el padre, se sabía que sobrevivía vendiendo pólizas de seguro, oficio que enseñó a su hijo, quien sí supo verle el queso a la tostada.

De la mano de su primo Rafael Ramírez fue subiendo peldaños y amontonando dinero gracias a Pdvsa y sus filiales, de donde fue engordando su cartera de clientes. Lástima que no supiera ser algo modesto en sus ambiciones de nuevo rico y terminara haciendo el ridículo al frente de una orquesta de salsa latina. Como la mayoría de los chavistas y maduristas de medio pelo no alcanzó a soñar sino con ese papel de cantante mientras acumulaba dinero hasta debajo de la cama.

Ramírez, más ambicioso y sombrío, prefirió alcanzar un puesto superior en la vida a la sombra de Hugo Chávez, convirtiéndose en un mandadero perrunamente fiel que colocó a Pdvsa ya no en la cúspide del mundo petrolero sino en la caja chica del jefe máximo en Miraflores. “Rafael, dame un milloncito, ordenaba Hugo y Rafael abría la caja y le entregaba no un millón sino todos los millones del mundo”.  En el camino hacia lo que creía su gloria, Ramírez se casó con una joven cuya madre había sido magistrada de fama en la vieja Corte Suprema de Justicia. A la joven le gustaba construir plazas y rehizo tres veces la hermosa Plaza Venezuela.

Todo este cuento de hadas y pillos con cuentas multimillonarias en Andorra sigue su curso ahora en manos del fiscal Tarek, por cierto muy amigo tiempo ha de Douglas, de Hugo, del papá de Dieguito Salazar y de Alí Rodríguez, actual embajador en Cuba y ex presidente de Unasur, donde dejó un verde amor. Historias de amigos y familias, pues.


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