Economía

Salvavidas al cambio del día

La diáspora se ha convertido en una tabla de salvación para más de 3 millones de venezolanos que, gracias a los aportes de quienes han emigrado, pueden afrontar la hiperinflación. Montos que en otras naciones no dejarían de ser modestos permiten comprar comida, medicamentos, repuestos e incluso costear urgencias hospitalarias

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Por Marielba Núñez | mnunez@el-nacional.com

En 2017 el país rompió un récord: recibió más remesas que nunca, un total de 293,27 millones de dólares, de acuerdo con cifras del Banco Mundial. Muy lejos quedaron los 17 millones de dólares que se enviaban desde el extranjero en 1999, cuando era imposible imaginar la magnitud que alcanzaría la crisis actual, que desde hace meses es considerada emergencia humanitaria. Sin embargo, se trata de una cantidad que apenas refleja lo que ocurre con los fondos que reciben venezolanos de familiares que han emigrado.

El economista Asdrúbal Oliveros, director de Ecoanalítica, señala que una de las mayores dificultades para medir el impacto del fenómeno descansa en el control de cambio, que deja en la oscuridad el grueso de esas operaciones. “Si somos estrictos no podemos hablar de remesas, porque nos estamos refiriendo a intercambios que ocurren en el exterior y que tienen una contrapartida en bolívares. No se pueden contabilizar como entradas, y es muy difícil calcular su monto”, advierte.

La experiencia de la familia de Marta Gómez (nombre cambiado a petición de la entrevistada) puede ilustrar la afirmación. Su tío, que vive en Miami, le deposita dinero aproximadamente cada dos meses para la manutención de su abuela, quien cumplió 91 años de edad. No conoce exactamente cuántos dólares le remiten, pues recibe un depósito en una cuenta corriente venezolana. “Sabemos que él tiene un contacto que le compra los dólares a la tasa de mercado, y esa persona transfiere los bolívares a nuestra cuenta”.

Regularmente les envía entre 20 y 30 dólares, suficientes para comprar algunos víveres y cubrir otros gastos cotidianos. En marzo, cuando la abuela debía ser operada por un problema abdominal, les hizo llegar aproximadamente 100 dólares, que al cambio del momento les permitió pagar 60 millones de bolívares en una clínica popular. “Sin esa ayuda no habríamos podido afrontar ese gasto”, relata.

En casa, los sueldos de sus padres, ambos profesores, no llegan a cubrir 10% de la canasta alimentaria familiar, que en junio superó los 378 millones de bolívares, según el Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros. Las remesas que reciben de Estados Unidos son un verdadero salvavidas porque los montos resultan equivalentes a 4 veces el ingreso de la familia.

Cálculos del equipo de Oliveros indican que aproximadamente 2 millones de personas envían recursos de esa manera a familiares en el país: 1,2 millones permanentemente y otras 800.000 de manera eventual. En promedio, cada persona remite 90 dólares al mes, lo cual se traduce en 1,53 millardos de dólares en ese tipo de transacciones. “Este año todo parece indicar que para septiembre habrá un crecimiento de 30% sobre esa cifra”. 

Ello significa que aumenta cada vez más el número de familias venezolanas que logra sortear los embates de la hiperinflación gracias a esos envíos. Una encuesta de Datos Group señalaba en enero que 14% de la población mayor de edad, aproximadamente 3 millones de personas, recibía recursos por esa vía, un crecimiento de 2% con respecto a lo que habían registrado en septiembre del año pasado. Los resultados también precisaban que 42% de los aportes provenía de Europa, 40% de Estados Unidos, 12% de Suramérica y 5% de Centroamérica y del Caribe.

Vía de escape. La emigración desde el país, que era apenas un goteo a principios de siglo, se ha convertido en una marea incontenible. El número de emigrantes se acerca a 4 millones de personas, señala el investigador de la Universidad Central de Venezuela Tomás Páez, coordinador del Observatorio de La Voz de la Diáspora Venezolana, que coordina un equipo que hace seguimiento diario al fenómeno en 300 ciudades de más de 90 países. Esta reciente ola migratoria que se va empujada por la crisis humanitaria, se marcha por tierra, en autobús o a pie, “para escapar de una sociedad empobrecida, en la que el ingreso en bolívares no alcanza para nada y la gente se ha hecho dependiente de las bolsas del CLAP que da el Estado”, diagnostica.

Se trata de un contingente que busca salidas a una situación que se ha tornado desesperada. “Saben que si envían 30 o 50 dólares pueden por lo menos garantizar que su familia coma algo, pueden pagar una operación, pueden comprar medicinas o repuestos”.

El diputado José Gregorio Correa, presidente de la Comisión de Migración y Asuntos Consulares de la Asamblea Nacional, señala que la salida de venezolanos en la actualidad puede compararse con procesos que experimentaron países como España, Italia o Portugal en los cincuenta, o naciones latinoamericanas en décadas posteriores, cuando algunos miembros de la familia se marchaban con el fin de enviar recursos que permitieran, a quienes se quedaban, subsistir. “Con esos ingresos lograban que sus parientes tuvieran algo de calidad de vida”.

Oliveros apunta que el fenómeno de las remesas sigue siendo un factor nuevo en una Venezuela que nunca había sido un país de emigrantes. “Está teniendo un efecto dinamizador en la economía, porque logra sostener el consumo”. En los últimos tiempos esto también ha incluido a los sectores más pobres de la población, que hasta hace algunos años no formaban parte de la corriente migratoria, que estaba constituida sobre todo por personas provenientes de estratos con más recursos económicos.

El país se encuentra, sin embargo, aún muy lejos de naciones donde las remesas representan un importante porcentaje del producto interno bruto. En Haití, por ejemplo, constituyen  33% del PIB; en Honduras, 19,5%; en El Salvador, 18,3%; en Jamaica, 16,7%, y en Nicaragua, 10,2%, según un boletín de la ONG The dialogue. Oliveros destaca que en el caso venezolano no superan 2% del PIB. “Es previsible que eso se pueda multiplicar en unos 4 o 5 años, hasta alcanzar 6 millardos de dólares, pero el ritmo al que va a crecer, más que económico, será pautado por la política y la crisis”, apunta.

Desigualdades y retos. No todos los dólares de los que echan mano los venezolanos para tratar de capear el temporal provienen de las remesas. Hay casos en  que se utilizan ahorros en el extranjero, y otros en que se reciben pagos en moneda extranjera por trabajos para el exterior, o porque  empresas radicadas en el país han decidido cancelar algún porcentaje de sueldos o bonos en dólares.

Páez considera que debe sumarse lo que llama un movimiento migratorio pendular, que incluye a la población que sale, generalmente a Estados Unidos, Colombia o a algunas islas del Caribe, para hacer algo de dinero y luego regresa al país.

Yubirixay Guerrero, camarera de un hospital público, es uno de esos casos. Aprovechó las vacaciones de agosto para viajar a Cúcuta, donde vende arepas en asociación con otros venezolanos. Gana diariamente 14.000 pesos (4,6 dólares) por preparar cerca de 300 arepas. “Lo que quiero es reunir suficiente dinero para pagar los útiles que mi hijo necesita el año escolar próximo”, indica. Su sueldo mensual en Venezuela es de 5 millones de bolívares, que equivaldrían a 1,2 dólares en las casas autorizadas.

Bien sean provenientes de sueldo o de remesas, la mayoría de esos ingresos se negocia en el mercado paralelo, pese a los intentos del gobierno de hacer atractiva la tasa de cambio en las casas autorizadas oficialmente, que esta semana pagaron el equivalente a 4,01 millones de bolívares por dólar, un aumento de 82% desde mayo, cuando el entonces vicepresidente Tareck el Aissami anunció que se les permitiría operar. Oliveros calcula que 90% de las remesas se maneja mediante transacciones no oficiales. “Se trata de un fenómeno que suele ser común en el dinero que manejan los emigrantes de todo el mundo. Se suele fijar en 30% lo que se negocia en el mercado negro, pero en el caso venezolano la cifra es mucho mayor”.

Para Páez, aparte de que el rendimiento en el mercado oficial es menor, muchas personas eligen aquella vía para el cambio de moneda –aunque preferirían canales regulares– porque no confían en el uso que se dará a sus datos, pues temen que esa información pueda ser utilizada como mecanismo de represalia o control por el Estado o que llegue a manos del crimen organizado.

Con el fin de recibir los dólares, como explican los operadores de Zoom casa de cambios, hay que suministrar el número de cédula, de RIF y de cuenta bancaria, que debe pertenecer a una persona natural, y no a una jurídica o a un pensionado. Olivares apunta que la tasa de las casas de cambio autorizadas puede, sin embargo, ser atractiva para un porcentaje de la población emigrante que no está bancarizada o que no tiene cuentas en el exterior.

En todo caso, dada la crisis, la población que emigra no hará más que crecer y no necesariamente los planes de quienes se han ido implican continuar enviando remesas, pues aumentarán los casos de quienes tomen la decisión de intentar la reunificación de la familia, indica Correa. Entre esa población están los adultos que han dejado a sus padres mayores en Venezuela y que los ven en peligro ante la agudización de la crisis. “Los mayores decían ‘prefiero que mis hijos se vayan a otro país a que mueran por causa de la violencia’, y ahora los más jóvenes expresan que prefieren llevarse a sus padres con ellos que verlos morir aquí por la falta de medicamentos o de atención hospitalaria”, señala Páez.

Alivio desigual

No siempre la ayuda de venezolanos en el exterior se traduce en dinero. Además del envío de cajas con productos de primera necesidad adquiridos fuera, que se han hecho frecuentes, otro mecanismo al que recurren emigrantes es la compra mediante transferencia a empresas locales. La familia de Marta Gómez, aparte de una asignación regular en dólares, recibe verduras, carne, pollo y embutidos, que se pagan desde el exterior a negocios en Venezuela.

Las remesas se han convertido en un factor de desigualdad, sobre todo entre los más pobres, han advertido expertos, pues la diferencia de ingresos entre familias que las reciben y las que no puede ser abismal. Gómez resta importancia a quienes critican los gastos. “A mi hija, que tiene 4 años de edad, le regalaron 40 dólares por su cumpleaños, y nosotros decidimos usar el dinero para hacerle una piñata”, dice.