Opinión

Zootopía Venezuela

Adriana Villanueva

Entre las películas animadas nominadas al Oscar 2017 está Zootopia, película de Disney que nada tiene que ver con las típicas historias de princesas, es un policial protagonizado por una ambiciosa conejita decidida a enfrentarse con los inevitables estereotipos para llegar a ser policía.

Zootopia (Zootrópolis en español) es un microcosmos donde cada quien parece tener que resignarse a seguir el camino indicado por su supuesta naturaleza: los zorros siempre serán astutos y oportunistas, las perezas lentas y dispersas, los leones acostumbrados a ejercer el poder, y las conejitas mansas y crédulas. Sin embargo, la conejita Judy está dispuesta a romper patrones, aunque la vida insista en demostrarle lo contrario, como cuando recién comenzada su carrera policial cae en la trampa de un zorro timador que apeló a sus buenos sentimientos y a su ingenuidad de coneja, para sonsacarla en una heladería donde no le querían servir helados por zorro.

A principios de enero 2017 me sentí la conejita Judy en la heladería de Zootrópolis cuando fui al Mercado de Chacao para hacer mis compras posdecembrinas. Esperando turno frente a una de las carnicerías, impresionada por cómo habían subido los precios en menos de un mes, a mi lado se paró una ancianita suplicando que le brindara “un poquito de carne”.

Viviendo en esta Venezuela donde se está pasando hambre, donde parte del paisaje urbano se ha vuelto ver a hombres, mujeres y niños hurgando la basura en las urbanizaciones para ver qué consiguen para comer; en esta Caracas de miseria palpable, si una ancianita me pide un poco de carne de mi compra, yo no tengo corazón para negársela, por eso pedí para ella medio kilo de carne molida porque mientras se pueda, por mí una viejita no se quedará sin almorzar ese día.

Atendiendo mi pedido el joven carnicero se dio cuenta de la presencia de la ancianita: “Ahí está la vieja del caraj otra vez –le dijo a su colega–. ¡Sale vieja, no estés martillando a la clientela!”.

En ese momento me sentí con la rabia de la conejita Judy enfrentada al heladero que espanta al zorro: “Déjala tranquila que yo le brindo su bojotico de carne a la doña”.

“Si eso es lo usted quiere –me dijo el joven carnicero conteniendo la rabia–, pero ahí donde usted la ve esa doñita es una rolo de viva, mire la bolsa que carga, en esa bolsa tiene más carne de la que usted se está llevando porque a todo el que viene por acá a comprar le pide, y con el cuento de pobre viejita, nadie le dice que no”.

La verdad es que la señora llevaba al hombro un enorme saco de compras que a duras penas podía cargar, pero ya yo le había ofrecido su paquetico de carne molida, y como soy mujer de palabra, no me quedaba sino cumplir. Cuando le entregué el bojotico de carne molida a regañadientas del carnicero, la doña sonrió dando las gracias con su sonrisa desdentada, mientras sus ojos decían burlones: “¡Coneja! ¡Coneja!”.

El carnicero me entregó el resto del pedido en una bolsa como dos veces más pequeña que la que se llevaba la doña. No se ahorró un comentario entre sarcástico y triste mientras le entregaba una propina en devaluados billetes de a cien: “Para la próxima si quiere regalarle carne a alguien, regálemela a mí, que tengo hijos en casa, trabajo todo el día como un burro, y apenas me alcanza para llevarles de comer”.

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