Opinión

Wilmito, la revolución y el hamponato venezolano

Diera la impresión de que el desenlace se aproxima y que la dictadura tiene sus días contados. El reino de Wilmito y los pranes, los colectivos, los generales narcotraficantes y los chavistas enriquecidos como en una saga de “las mil y una noches” parece estar llegado a su final. Amanecerá y veremos.

Hay documentos gráficos –fotografías, películas documentales– y reportajes testimoniales que certifican un hecho universalmente conocido, por lo menos para el período de entre guerras: Hitler, el Frankenstein y genocida de la política alemana, podía ser amable, grato, divertido, incluso encantador. Y para muchos de quienes llegaron a ser sus interlocutores, un hombre verdaderamente fascinante. Estudiando Historia en el Instituto Pedagógico de Santiago de Chile, uno de mis compañeros, estudiante de Derecho y secretario de uno de los más cercanos colaboradores del Senador y sempiterno candidato presidencial Salvador Allende, vivió a comienzos de los sesenta el extraordinario privilegio de ser invitado a Cuba y participar en un encuentro privado con Fidel Castro. Recuerdo que me dijo absolutamente deslumbrado: “Es el hombre más encantador, culto, informado y fascinante que yo haya conocido. Es inigualable. Nos identificó a todos”. Lo mismo se lo oí decir a un novelista norteamericano, asombrado porque lo reconoció de lejos y lo tuteó llamándolo por su nombre de pila nada más verlo entre el grupo de admiradores. Claro, era el más alto de todos. Asombroso. (Por supuesto su secretaria le habría preparado un perfil de todos los asistentes, que el hombre tampoco era adivino…). Seres encantadores que provocaron el espanto. Chávez fue uno de ellos.

No conozco testimonios que certifiquen tal dechado de virtudes sociales en personajes como Sadam Hussein o Muhammad Gaddafi, pero es altamente probable que despojados de sus obligaciones dictatoriales hayan sido afectuosos, accesibles y atrayentes. Como Stalin, como Lenin o Trotski. Cabe imaginar risas explosivas en el pétreo rostro del Duce. Un diplomático e historiador venezolano, Caracciolo Parra Pérez, nos lo retrata en sus memorias –Diario de navegación– como un hombre jovial y afectuoso que solía referirse a Venezuela con enorme simpatía. Y hasta el Che Guevara poseía un gesto entre sardónico y burlesco, así haya sido un ser capaz de macabras atrocidades. Como asesinar de un tiro en la sien a un guerrillero por haberse robado una lata de leche condensada. “Debo confesarte, papá, que he comenzado a disfrutar al matar a mis semejantes”, le escribió palabras más palabras menos a su padre. Los cadáveres atribuibles a la crueldad inclemente de todos los personajes mencionados debe bastar como para construir la gigantesca montaña de ruinas, despojos y esqueletos que Walter Benjamin imaginaba aterraba al Angelus Novus de Paul Klee cuando volvía la mirada al pasado, impidiéndole, de espanto, el despliegue de sus alas.

Pienso en todo ello al ver el rostro apacible y sereno de alias Wilmito, Wilmer José Brizuela Vera, dentro del sarcófago, uno de los más feroces delincuentes, asaltantes, secuestradores, ladrones y asesinos del hampa venezolana de esto años hamponiles. Bajo un régimen que no se anda con remilgos a la hora de coleccionar bandas de delincuentes, y que debe contar al presente con alrededor de 20.000 bandas de asesinos, algunas integradas, como acaba de saberse por el asesinato de 2 sargentos de la Guardia Nacional cosidos a puñaladas una de estas madrugadas frente a un bar de Sabana Grande, por niños de entre 7 y 15 años. Son tan pequeños, que a ambos funcionarios uniformados les provocó espantarlos a recriminaciones, cuando se vieron súbitamente asediados por más de 10 niños de la calles –de esos que escandalizaban a Chávez y le llevaron a exigir lo destituyeran si en un año no habían desaparecido de Venezuela. Lo dijo hace 18 años. Fueron quienes sacaron de sus ropas sendos puñales manejados con la pericia de viejos delincuentes y la crueldad más aterradora, desprovista de cualquier consideración moral. Los masacraron como en un filme de terror. Son pequeños monstruos inocentes, los olvidados, parte de ese único, verdadero y aterrador ejército venezolano de criminales, hampones y asesinos que, con la anuencia, el respaldo y el armamento de la dictadura, mantienen en ascuas a la población venezolana, que se refugia en sus hogares en cuanto se pone el sol. Un estado de sitio de facto. Que en 2016, con 26.000 homicidios a sus espaldas, dejara un saldo diario de más de 70 asesinatos. Más de 3 homicidios por hora.

La urna de Wilmito no recibe coronas ni flores. Recibe una ofrenda testimonial de armas largas y cortas, de todo calibre, metralletas y pistolas 9 mm puestas sobre el vidrio del ataúd por sus secuaces, vivos, sonrientes y en libertad y a los cuales nadie importuna. Policías y guardias nacionales están ocupados reprimiendo manifestantes. No falta la botella de anís, que una mano amiga pone en la cabecera. Si bien al parecer no se cumple con el rito que ha sacudido las redes en el entierro de otro malandro, que es llevado al camposanto como ya es de rigor y muy tradicional, entre disparos, rapeando y salseando la urna: muchachas semidesnudas que se montan sobre el féretro y escenifican un coito con el cadáver, digno de una película pornográfica XXX. El muerto debe irse a la tumba disfrutando de sus últimos placeres.

Pero Wilmito, el pran de Tocorón, es de mayor alcurnia. No sé si fue de él que la prensa del corazón comentó un tórrido romance nada más y nada menos que con la ministra de Estado para asuntos penitenciarios, doctora Iris Varela. Pero de que los unía una sólida amistad, labrada seguramente en el penal de Tocorón, en el estado Aragua, hasta hace nada gobernado por el actual vicepresidente de la República, Tareck Zaidan El Aissami Maddah, donde terminaría sus días abaleados por cuatro otros delincuentes encarcelados, dan fe fotos que los muestran abrazados, sonrientes y satisfechos, cual amantes luego de un fogoso encuentro amoroso.

Wilmito era lo que desde la ascensión al poder del teniente coronel Hugo Chávez, idolatrado en los medios hamponiles venezolanos luego de que santificara el robo si lo motivaba el hambre, recibiera el nombre de pran. “Pran: líder carcelario. En algunos penales hay un pran principal y varios secundarios, por sectores que le rinden cuentas. También le llaman “Papa” –nos cuenta la periodista Tamoa Calzadilla. Lo que ella no cuenta es que esa alianza forjada por el teniente coronel con el ya temible hamponato crecido en los estertores del ancien régime le fue recomendada y bendecida por Fidel Castro, quien le aconsejó protegerlos “que un día podrían serte útiles”, según cuenta un ex gobernador presente en la entrevista–. El poder que detentan estos zares de las sórdidas prisiones venezolanas, armados hasta los dientes y con herramientas de matar muchísimo más sofisticadas que las que poseen sus guardianes y las fuerzas armadas venezolanas, alcanza tal nivel que han terminado por administrar sus reclusorios. Instalando en su interior casinos, bares y promoviendo saraos multitudinarios organizados por agencias de festejos, animados por orquestas de salsa y participación de famosas artistas de la farándula venezolana. La alianza establecida por estos pranes, que controlan el hamponato nacional y desde la cárcel proyectan y ordenan los crímenes de asaltos, robos, asesinatos y secuestros ejecutados por sus secuaces en libertad es tan insólito y la línea de sombra que separa las prisiones de la vida en libertad tan tenue, que han llegado a utilizar las cárceles controladas por el ministerio de la Dra. Varela como hoteles de recogida.

Hace algún tiempo, un policía fue asesinado y despojado de su motocicleta en una de las autopistas del oeste caraqueño, sin saber que la moto en cuestión estaba dotada de un mecanismo de seguridad que permitía localizarla por un sistema de rastreo celular. Alertada la policía, logró dar con la moto, estacionada en el interior de un penal sito al otro extremo de la ciudad. El asesino se había recogido al anochecer en su cárcel de privilegio sin la menor precaución. Lo hacía diariamente. Sobran casos semejantes. Pero el de Wilmito no deja de ser extravagante. Condenado a treinta años de cárcel y por lo tanto legalmente impedido de recibir cualquier tipo de privilegios, se encontraba en una muy visitada playa de la isla de Margarita disfrutando de sol, mar y arena con su esposa y su hijito. El asaltante fue asaltado cuando dejaba el lugar en su camioneta, siendo herido a balazos, debiendo ser auxiliado por la policía y llevado a la clínica más cercana. De ese modo se supo que Wilmito, el famoso pran de la cárcel de Tocorón, gozaba del privilegio de salir los fines de semanas y desplazarse libremente por todo el país. Una gracia que le concediera su amiga, la ministra. ¿Por qué no se escapaba? Por la sencilla razón de que la cárcel, además de ser su hotel, era su centro financiero de negocios.

Cada preso debe pagar una suma semanal por recibir la protección del pran respectivo. Si se opone o se retarda en los pagos, habitualmente resueltos por los miserables miembros de su familia, es asesinado. Usualmente descabezado, descuartizado y enterrado en fosas comunas abiertas en los patios de la prisión. De esas tumbas ya se descubrieron varias en la penitenciaría de Tocorón. La ministra en cuestión recomendó a quienes nada saben de sus familiares presos apersonarse en la morgue adonde fueran a parar los restos encontrados. Y si los encuentran, darse por satisfechos. La mayoría no los encuentra.

De ese mismo estilo y tan cruentos y sanguinarios, son los llamados colectivos chavistas. Grupos de choque tan siniestros como las SA nazis, pero hamponiles, provistos de motocicletas y de un sofisticado armamento, regalados por el gobierno con el fin de ser auxiliado en su mantenimiento, y que ante la desafección aparente de sectores uniformados han comenzado a cargar con el peso principal de la brutal represión a los jóvenes de la oposición que manifiestan pacíficamente. Esos grupos hamponiles cuentan con la protección y el respaldo de la Guardia Nacional, con la cual coordinan sus ataques. Pero el drástico cambio en la percepción internacional de la crisis, la preocupación de los medios internacionales que tienen puesta la lupa sobre lo que acontece hora a hora y minuto a minuto en las calles de Venezuela, y muy probablemente el temor a las consecuencias de sus actos ante el Estatuto de Roma –los crímenes de derechos humanos no prescriben– ha abierto importantes brechas en el parapeto del terror. El régimen se encuentra a la defensiva, al parecer sufriendo de la disgregación de importante sectores de apoyo que, tras la denuncia de la fiscal general por la interrupción del hilo constitucional y el respectivo golpe de Estado intentado por el Tribunal Supremo de Justicia, encuentran razones para el desamor. Las mismas fuerzas armadas parecen encontrarse capitulando. En tanto que los diputados opositores parecen haberse unido tras exigencias perentorias que ponen en jaque a Nicolás Maduro. Exigen la inmediata destitución de los siete magistrados del espurio Tribunal Supremo de Justicia e irán más lejos. Exigirán la liberación de los presos políticos y la renuncia de Nicolás Maduro. Y elecciones generales que permitan una rápida transición a la democracia. Es el pulso que en estos mismos instantes se juega en las calles de Venezuela, comienza a cosechar cadáveres y los seguirá cosechando en tanto una acción enérgica, nacional e internacional, no le ponga fin al régimen dictatorial que nos oprime. Mártires de una lucha que solo ha sido posible tras el respaldo internacional de la OEA, el apoyo de las naciones más importantes de la región y la amplia difusión internacional de los medios radiales, impresos y televisivos, que han puesto la crisis de Venezuela en el centro de la atención mundial.

Diera la impresión de que el desenlace se aproxima y que la dictadura tiene sus días contados. El reino de Wilmito y los pranes, los colectivos, los generales narcotraficantes y los chavistas enriquecidos como en una saga de “las mil y una noches” parece estar llegado a su final. Amanecerá y veremos.