Opinión

Washington y Pekín frente a Pyongyang

Estados Unidos ha asumido posición ente el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y Corea del Norte –presente por primera vez en este conciliábulo– no se ha quedado atrás. No existe coincidencia alguna en sus posiciones belicistas y, aunque el impase sigue anunciando más tempestades, por primera vez se habla de diálogo entre las dos partes.

Mientras Estados Unidos considera que está siendo objeto de un comportamiento amenazador en el sensible terreno de lo nuclear, Norcorea sigue proclamando a los cuatro vientos su ánimo militarista y su derecho de armarse nuclearmente, todo ello con el fin de hacerle contrapeso al gigante norteamericano en las sanciones y el aislamiento con que está siendo penalizado el díscolo joven del Estado.

El tema abarca mucho más que un desencuentro entre personalidades extremas. Es cierto que Trump y Kim no están cerca de comer en el mismo plato y que las amenazas subidas de tono de ambos lados se han convertido en el elemento más protuberante de su relación, pero a los observadores de los hechos militares no se les escapa la inmensa desproporción que existe en cuanto a la capacidad nuclear de uno y de otro.

Además de la inconmensurable diferencia en talla y capacidad nuclear, Estados Unidos sería capaz de acabar con cualquier intento nuclear de Pyongyang mucho antes de que se dirija a suelo norteamericano. Por su lado Japón, su gran aliado en estos avatares, podría igualmente terminar con un ataque de esta naturaleza antes de que los misiles abandonen sus inmediaciones.

Si la situación es la que acabamos de describir y si realmente en el lado coreano la capacidad de atacar nuclearmente a Estados Unidos no existe, cuál es la razón por la que se está planteando a estas horas desde el propio Consejo de Seguridad un diálogo que permita desmontar las amenazas belicosas? La razón es sencilla. La participación de China y de Rusia de un lado y de Japón del otro, haciéndose parte solidaria de uno de los dos extremos de la ecuación, complicaría la paz planetaria y pudiera ser el inicio de un proceso armamentista creciente e indeseado en esa región.

No debe por ello sorprender que los asesores del presidente Donald Trump, después de la gran batalla verbal que los dos jefes de Estado han protagonizado en los meses pasados, hayan motivado una declaración oficial de la primera potencia mundial en el sentido de hacerse favorable a un diálogo para dirimir sus diferencias con Norcorea.  Le tocó, pues, al secretario de Estado, Rex Tillerson, afirmar ante el Consejo de Seguridad que unos diálogos con Corea del Norte podrían comenzar si el país asiático renuncia a su “comportamiento amenazador”.

China no tardó en secundarlo, lo que es solo demostrativo de la importancia que el titán de Asia concede a la paz dentro de su entorno geográfico inmediato. En Pekín se han estado sumando a la propuesta para dialogar aun después de haber endurecido sus sanciones económicas en contra de la vecina Corea del Norte. Las relaciones de China con el otro gran coloso mundial, Japón, tampoco admiten tensiones adicionales.

En definitiva, todo el entorno estratégico de estos tres países estaría influyendo a favor del establecimiento de una distensión estable en la región. China, una vez más lleva la voz cantante y es ella, sin lenguajes altisonantes, la única capaz de doblegar las fanfarronerías de Kim Jong-un.