Opinión

La violencia

Rodolfo Izaguirre

Acostumbramos calificar de buenos a los desprotegidos y de malos a los poderosos. No advertimos que puede ocurrir lo contrario. La tendencia en el cine venezolano es la de asegurar que el obrero, por serlo, es merecedor de aprecio y confianza y, contrariamente, el burgués, el magnate, el industrial exitoso debe merecer nuestro desprecio.

El obrero puede, sin embargo, llegar borracho a casa y apalear a la mujer y a los hijos y el burgués, en cambio, puede ser exigente en su empresa, pedir lealtad y disciplina a sus empleados o servidores, acompañar a la hijita al colegio y soplar las velas del cumpleaños.

El ser humano es amigo de estos espejismos, se lanza de cabeza al pozo de las aventuras equivocadas y se confunde confundiendo también a los demás. Ocurre con el sátrapa en sus andanzas políticas. ¡Hoy es bueno, mañana no lo es! Juan Vicente Gómez te miraba a los ojos y con solo verte ya te sentías en La Rotunda. Pero era un amoroso padre de familia y paternal abuelo cariñoso. El torturador clava astillas en los dedos de sus víctimas, pero igual celebra sus momentos de dicha con los amigos y acompaña a la esposa al cine.

Cuando descansa de cocinar trampas y desventuras ajenas, ¿cuáles son las dichas familiares del sátrapa venezolano a pesar de los sobrinos enjaulados en Nueva York por ser narcos de buena estirpe? Alguna debe tener y verse satisfecho en el espejo seguro de que los malos somos nosotros; que el infierno (lo creo capaz de decirlo sin saber muy bien quién es Jean Paul Sartre) son los otros. La tradición política exige que el mandatario sea magnánimo, tolerante, que abraza a niños y ancianas, protector: bondades que se fortalecen a medida que sus ataques de iracundia estremecen los cortinajes del palacio. Las rabietas lo hacen temblar y con ellas, tiembla el país. Entonces, la policía política muestra la eficacia de su legendaria violencia, la Tumba se llena de quejidos de muerte y se dan los últimos toques smartmáticos al nuevo fraude electoral, los poetas enchufados se entretienen en sus versos a veces laudatorios y los opositores al régimen salen a marchar entre gritos, consignas, bombas lacrimógenas, perdigones y balas de verdad. Terminada la manifestación y el trancazo volvemos a la realidad de la verdadera hora: los niños mueren al nacer, no encontramos pan en las panaderías, la muerte me espera a manos de la Guardia Nacional convertida en el malandro que ayer no más me asaltaba en la esquina y me exaspera la indiferencia de algunos cancilleres de la OEA.

No otro es el país venezolano bajo el agobiante régimen militar del que ansío desembarazarme. Entiendo que frente al perverso juego de las dos caras de la satrapía: diálogo sí, diálogo no; papa sí, papa no, debe establecerse otro. Que la violencia que sufro debo hacérsela sufrir a quien me ofende y lacera. Llegó el momento de decir: ¡No los perdones, Señor, ellos saben lo que hacen!

El enardecimiento, el odio cumplen distintos ajustes según la personalidad de quien los alimenta. Unos tardan más que otros, pero todos terminan subiendo el Ávila, al pico oriental y tocan la cruz de los palmeros.

Uno de mis vecinos, pacífico, practicante de la oración onomástica y abrazado a una iluminada tradición litúrgica, al escuchar el nombre de uno de los mandatarios chavistas se tocó la frente con el índice y dijo: ¡Una bala aquí!

Yo, en cambio, tardo más. Sopeso, reflexiono, pondero, hago como es costumbre hacer cuando estamos frente a los cuadros expuestos en los museos o galerías de arte: tomo distancia, me acerco cautelosamente, me alejo, vuelvo a acercarme. Termino considerando que el régimen militar y sus mandatarios no valen lo que vale mi propia vida y hago como el vecino: me toco la frente con el índice del furor de mi descontento.

¡El régimen militar ha hecho de mí un ser violento! Ha logrado modificar mi talante. ¡Si hay algo que no puedo perdonarle es que haya convertido mi vida y la vida en un infierno!