Opinión

El vía crucis chavista

Emiro Rotundo Paúl

El chavismo se desnaturaliza y corrompe aceleradamente. El bien que prometió al país se ha convertido, al cabo de dieciocho años, en un mal terrible que se agrava día a día. Ha liquidado los últimos vestigios de libertad y legalidad que lo diferenciaban del marxismo protervo y anacrónico que aún subsiste en Cuba y Corea del Norte. Ha profundizado su ruptura con la democracia, la misma que juró ejercer con más propiedad que la “cuarta República”, mediante el protagonismo del pueblo y con la nueva Constitución. Eso decía el chavismo cuando gozaba del mesianismo de Chávez, el apoyo popular, la abundancia de dólares y convocaba elecciones constantemente. En nuestros días, sin esos recursos, el chavismo ya no habla de democracia, se quita la careta y muestra su rostro autoritario y radical.

Ha incrementado el intervencionismo estatal en la economía y reforzado su carácter militar. Ha dejado de lado la legalidad y ha alcanzado el punto de no retorno en su acelerado desplazamiento hacia la dictadura. Se ha despojado del fatigoso ropaje institucional que forzada y parcialmente vistió durante diecisiete años (hasta el 6/12/15) y ha quedado desnudo ante la nación, el mundo y la historia. La Constitución, las elecciones, la soberanía popular representada en la Asamblea Nacional, los partidos políticos y los derechos humanos hoy son despojos que yacen abandonados en las cunetas del pedregoso camino por donde marcha pesadamente el chavismo, con los pies cansados, la camisa roja y las botas militares.

El chavismo, como Hamlet, se plantea el perpetuo dilema del ser o no ser y se juega su destino en un duelo existencial con el fantasma del socialismo del siglo XXI. Hoy su finalidad se centra en conservar el poder y ganar tiempo, sin importar el precio que debe pagar. Pretende desesperadamente, con trucos y engaños, reconquistar el afecto popular perdido utilizando para ello, sin ningún pudor, los recursos de todos los venezolanos. Sabe que tarde o temprano tendrá que medirse electoralmente con la oposición y que en las condiciones actuales del país perderá irremediablemente el poder.

Por eso intenta eludir la contienda electoral. Sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo indefinidamente sin perpetrar un golpe de Estado con todo lo que ello significa: proscripción de los partidos políticos, supresión de las elecciones, violencia, represión, encarcelamiento y muerte de opositores, etc. Pretende lograr los mismos objetivos por vías menos rudas, haciendo como que dialoga, como que cede posiciones, como que desea la reconciliación y la paz, pero difiere las elecciones, neutraliza a la Asamblea Nacional, mantiene la represión y los presos políticos, sin dar un paso atrás, sin aceptar ninguna condición de la oposición por más justa y legal que sea y sin abandonar el modelo totalitario de su gestión.

Con ese propósito despliega, además, una actividad desesperada en todos los frentes y lleva a cabo una propaganda política a lo nazi, copando los medios radiales y televisivos con incesantes cadenas presidenciales y mensajes políticos de obligatoria difusión. Realiza innumerables actos públicos y hace toda clase de ofrecimientos demagógicos, ofendiendo la dignidad del pueblo venezolano con las bolsas de comida y el “carnet de la patria” con los que intenta comprar su lealtad.

No obstante, todo ese esfuerzo será inútil si el régimen no mejora sustancialmente las condiciones de vida de los venezolanos, si no revierte la escasez de alimentos y medicinas, si no incrementa la producción industrial y agrícola, si no detiene la escalada inflacionaria, si no frena la masacre que perpetra la delincuencia diariamente en todas partes y si no logra la unidad y la concordia nacional. Pero allí, precisamente, en ese deber hacer que no se concreta nunca, es donde radica el talón de Aquiles del chavismo, que es muy hábil para todo tipo de manejo político rufianesco, pero totalmente incompetente para manejar con eficacia los recursos del Estado y administrar con éxito la cosa pública.