Opinión

Venezuela y la desesperanza

El mundo está mal. Pero Venezuela está infinitamente peor.

Me resulta imposible identificar otro país con tan fastuosos recursos potenciales y tan abismal miseria. Con tantas posibilidades materiales y humanas y tanto desperdicio, tanta abuso, tanta pobreza. Tanta corrupción y tanto descaro. Un país gangrenado moralmente, devastado materialmente y ocupado militarmente por una isla miserable, como si fuera la farsa de una colonia congoleña de tiempos de Leopoldo I y Joseph Conrad. Y yo, que sufrí en carne propia la dictadura militar del general Augusto Pinochet, afamada por su crueldad y su infamia, no puedo menos que reconocer que aquella fue un juego de niños en comparación con este esperpento de revolución castrocomunista. En 17 años esa oprobiosa dictadura que me condenara a seguir mi vida arrancado de cuajo de mis raíces logró pacificar el país, modernizarlo y desarrollarlo económica y socialmente hasta situarlo a la cabeza de América Latina. Sólo un imbécil o un retardado puede compararla con la satrapía que Cuba recibiera de regalo de un teniente coronel sin el más mínimo sentido del honor y el patriotismo. Y unas pandillas de desalmados que saquearan las arcas públicas como jamás en la historia de América Latina. Desde los tiempos de Hernán Cortés. Pues  los 3.000 muertos a cuenta de la dictadura pinochetista, son 1% de los 300.000 homicidios causados por la irresponsabilidad, la incuria y la complicidad de un régimen cuyos dos principales aliados han sido el hampa, que ha impuesto un toque de queda sobre las eventuales fuerzas sociales opositoras, y las fuerzas armadas, que a cambio de privilegios de enriquecimiento a costillas del hambreamiento de los venezolanos respaldan toda suerte de tropelías del régimen imperante. Caso único en el planeta.

El mundo está mal. Pero Venezuela está infinitamente peor.

La clave del espantoso deterioro que nos afecta es la palabra desesperanza. Causada por factores de todo orden. Exhausta por el esfuerzo de años por imponer la vigencia de la Constitución vigente, a la que una oposición de vocación profundamente pacifista, legalista y constitucionalista – sin un ápice de tentación, historia o tradición  violentista – se ha atado de pies y manos, la aplastante mayoría democrática de la Nación, que alcanza por lo menos al 85% de la población ciudadana, ha terminado ante los portones clausurados de un callejón sin salida. La Constitución, como ya se hiciera proverbial en la historia constitucional del país durante toda su historia republicana – con la notable excepción de la que, inaugurada en 1961, llegara al colmo de permitir el asalto al poder de quien jurara que venía a liquidarla, es papel mojado. Como sucediera en períodos dictatoriales del pasado, sirve para aplastar a la oposición y blindar a quienes detentan el poder.

El mundo está mal. Pero Venezuela está infinitamente peor.

Quienes nos formamos a la vera de las enseñanzas del alemán Karl Marx y la práctica político social del ruso Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, y la implantación del socialismo en la Unión Soviética y sus satélites, seguimos la evolución de las revoluciones marxistas del siglo XX, participamos en alguna de ellas, como la del chileno Salvador Allende y hemos venido acompañando la sistemática entronización de una dictadura con pretensiones totalitarias en Venezuela, tenemos perfecta conciencia de que el asalto al Poder de quienes pretenden implantar un régimen totalitario de sesgo castrocomunista, es definitivo, irreversible, sin retorno. Quienes han terminado por hacerse con el poder, auxiliados por la ingeniería revolucionaria institucional cubana – amos y señores de esta satrapía – no quieren ni pueden entregar el Poder, del que se hicieran por las buenas, ayer, y muy por las malas, hoy. De su sobrevivencia depende la de Cuba y sus pretensiones coloniales en el resto del continente.  La única fuerza capaz de haberlo impedido se ha sumado a la comparsa de la satrapía y sirve, objetiva y subjetivamente, al mantenimiento de la dictadura. Me refiero a los ejércitos venezolanos. Bastaría que asumieran sus obligaciones constitucionales y pusieran las armas al servicio del desalojo de la dictadura y la reconstitución de la democracia, para que esta espantosa pesadilla, causa de la desesperanza a la que venimos refiriéndonos,                 desapareciera como por encanto. Se abrieran los portones del futuro. Volviera a reinar la paz y la reconciliación entre los venezolanos. Nos abriéramos a un futuro de prosperidad y progreso. Y asumiéramos una nueva andadura en el concierto de las naciones libres del hemisferio.

Tengo las más serias y fundadas razones para pensar que ello, en un tiempo previsible, no sea más que una utopía. La oposición, salvo muy contadas y minoritarias excepciones – María Corina Machado, Antonio Ledezma y Leopoldo López -, aún no comparte esta visión estratégica de las cosas. Por fundada e irrebatible que parezca.. Sigue prisionera de añejas certidumbres, mezquinas ambiciones y miopes esperanzas y cree, posiblemente de buena fe, que éste no es más que un mal gobierno o una dictadura tradicional, como las que sufriéramos en nuestro pasado. Que dejándola transcurrir en paz terminará hundiéndose en sus inexorables contradicciones,  prisionera de sus garrafales errores y hará mutis, de buena voluntad, el día menos pensado. Espera con una insólita ingenuidad e inconsciencia por las elecciones del futuro, cualesquiera ellas sean, y que finalmente alguno de sus líderes tomará el relevo y abrirá Venezuela al futuro: Henry Ramos, Julio Borges, Henrique Capriles, Manuel Rosales o el inefable Henry Falcón. Con lo cual se han constituido en el obstáculo principal al desalojo y en aliados privilegiado de la satrapía.

Es la razón última de la amarga desesperanza que ensombrece la vida de millones y millones de venezolanos. Constituye el gran triunfo de la tiranía: hacernos creer que esta dictadura es inmutable y nada ni nadie logrará su desalojo. Una brutal falacia que debemos combatir por todos los medios. Se sustenta en las bayonetas. Y como lo dijese Talleyrand: las bayonetas sirven para todo, menos para sentarse en ellas.