Opinión

Venezuela: la deriva totalitaria

Rafael Rattia

Lo que el país ha presenciado en los últimos días a raíz de la cocción en los hornos de la venganza y la retaliación política contra los factores democráticos que adversan el logos y la praxis autoritaria de la revolución bolivariana, anticapitalista, antimperialista y profundamente chavista, no tiene precedentes en la historia republicana.

El pase de factura contra el primer vicepresidente de la Asamblea Nacional democráticamente electa, diputado Freddy Guevara, ha significado un paso adelante en la obsecuencia filotiránica del Estado revolucionario en su propósito de instaurar por vías de facto el modelo de Estado proletario basado en el anacronismo ahistórico de los soviets latinoamericanos bajo los eufemísticos corolarios de la resemantizadas figuras de los CLAP y los consejos comunales o las comunas cívico-militares de la ya, a estas alturas de su devenir socio-histórico, moribunda “revolución” bolivariana.

Lo que el mundo observa con ojos de estupefacción y de inenarrable asombro se veía venir desde que el acorazado buque insignia de la revolución comenzó a revelar las graves grietas en su postiza observancia de la juridicidad político-institucional. Mientras el chavismo fue una inocultable mayoría catapultada por la petrochequera del rentismo neopopulista y del big brother asistencialista, la oligarquía roja hizo malabarismos y fintas de su falso apego al juego democrático de la concurrencia a los comicios tutelados por el Partido Socialista Unido de Venezuela; pero cuando la oposición comenzó a remontar la cuesta de la aceptación del electorado nacional y, literalmente, a la revolución “obrero-campesina” se le volteó la tortilla en el espectro de la amplia mayoría legislativa en el Parlamento nacional, el ogro filantrópico del chavismo neopopulista presa de ira comenzó a mostrar los violentos colmillos de su fauce totalitaria. Las palabras que una vez dijo el “insepulto”: “No se equivoquen, esta es una revolución pacífica, pero armada” hoy adquieren una espeluznante vigencia. Y es que las revoluciones tienen, de suyo, ese defecto de origen; su delirante vocación emancipacionista y su futurismo irracional e insomne las llevan a edificar un desquiciado milenarismo que solo los tarados mentales pueden darle crédito y rendirse a los pie de barro de las estatuas de su imposible (por quimérica) redención.

La súbita aparición con vida del cuerpo aporreado y con evidentes signos de tortura del periodista Jesús Medina Ezaine en la carretera Caracas-La Guaira da la medida del déficit democrático que padece eso que sus adláteres continúan llamando “revolución socialista”. Lo que sufre la sociedad venezolana es una auténtica deriva totalitaria, la venezolana es, sin el más mínimo ápice de dudas, un experimento neomalthusiano de izquierda al más puro estilo soviético. La hambruna generalizada e inducida por el Moloch del “Estado comunal” no tiene nada que envidiarle a los procesos de exterminio llevados a cabo por Iosif Stalin en la Rusia posleninista o en la Polonia ocupada por los ejércitos hitlerianos del tardonazismo alemán.